Capítulo seis
CAPÍTULO SEIS
L a policía no detuvo a Maureen, pero se la llevó de forma algo brusca, a pesar de sus quejas vehementes, a la cocina del salón de té, donde Ryan y Estrada pudieron interrogarla en privado. Un agente montó guardia en la puerta para mantener a los curiosos a raya.
Por desgracia, yo formaba parte de los curiosos.
—¿Por qué no te vas, Gemma? —me preguntó Estrada—. Ya sabemos dónde encontrarte.
Apreté los dientes y no respondí.
—Puedes irte a casa —dijo Ryan—. Te llamaré cuando terminemos aquí.
Jayne negó con la cabeza.
—Estaré en la librería con Gemma. Esto…, no tocaréis la comida, ¿verdad?
—No creo que sea necesario —respondió Ryan—. En principio no tenemos que hacer nada en el comedor ni en la cocina. Todo ha ocurrido en el almacén. No veo razón alguna para abrir ningún recipiente si están todos cerrados.
Salimos por la puerta que daba a la calle y saludamos con la cabeza a la agente Johnson, que seguía apuntando nombres y números de teléfono.
Dan Lamb había insistido en quedarse hasta que se llevaran el cuerpo. Estaba sentado solo en una mesa para ocho, encorvado, con la cabeza entre las manos. Su esposa, enfadada, se había marchado con el primer grupo de gente.
—¿Qué demonios está pasando ahí dentro? —exclamó Ashleigh cuando Jayne y yo entramos en la librería—. La gente dice que alguien ha muerto.
—Por desgracia, sí —dije, y me dirigí a la mujer que estaba a su lado—. Buenas tardes, Irene. ¿Hace falta que pregunte qué te trae por aquí?
—No hace falta —respondió Irene Talbot, la mejor y única reportera del West London Star —. Mis fuentes me dicen que Kathy Lamb ha muerto en circunstancias sospechosas mientras presidía la subasta del museo. ¿Te gustaría hacer alguna declaración?
—¿Era Sherlock Holmes un espía ruso? Por supuesto que no voy a hacer ninguna declaración. Lo único que quiero decir es que esto no tiene nada que ver conmigo. Ni conmigo ni con Jayne. Sería mejor que metieras las narices…, quiero decir, que hicieras tu trabajo en otra parte.
—El callejón está lleno de coches patrulla y hay vehículos de policía aparcados en la acera. No paran de entrar y salir agentes, incluidos los de la científica, del salón de té. ¿Dónde quieres que esté?
—En la acera. O quizá puedas merodear por el callejón e intentar sacarle una declaración a Ryan Ashburton —le abrí la puerta.
—¡Ni hablar! Es aún más hermético que tú. Jayne, ¿te gustaría hacer alguna declaración para la prensa?
Mi amiga apretó los labios.
—Si averiguas algo, Gemma, me darás la exclusiva, ¿verdad? —preguntó Irene.
—No tengo ninguna intención de averiguar nada que no lea en tu periódico, Irene. Buenas noches.
Irene y yo éramos amigas, pero cuando se ponía en modo periodista entrometida y yo en modo no-quiero-saber-nada, nuestra amistad saltaba por la ventana.
—Por cierto —dijo—, he decidido no aceptar ese trabajo en Misuri. Tengo la sensación de que, en los últimos tiempos, West London se ha convertido en la cuna del crimen.
Se marchó.
La tienda estaba llena de clientes y todos habían dejado de lado lo que estuvieran haciendo para mirarnos.
Moriarty estaba agazapado en su sitio favorito, encima de la estantería de literatura victoriana, con las orejas tiesas, meneando los bigotes en tensión y moviendo la cola lentamente. Le encantaban los cotilleos del pueblo.
Ashleigh se inclinó hacia mí y susurró:
—Nada como que se haya cometido un crimen al lado para que se llene la librería.
—Ya lo creo —dije—. Jayne, ¿por qué no subes si necesitas descansar?
—Estoy bien. Te ayudaré aquí. Siento que Kathy Lamb haya muerto, pero no la conocía y no tiene nada que ver conmigo.
—Salvo que ha pasado en tu local —dije.
Me lanzó una sonrisa tensa.
—Salvo por eso.
—Por suerte, no conocemos a la mayoría de esa gente, así que esta vez podemos mantenernos bien al margen —acto seguido, alcé la voz—: ¿alguien necesita ayuda?
Varios de los clientes agacharon la cabeza fingiendo examinar algunos de los artículos a la venta, mientras que los demás se pusieron a curiosear libros.
Una madre y una hija parecían absortas en la sección de literatura juvenil, mientras que una mujer de avanzada edad se había sentado en el sillón del rincón de lectura para hojear About Being a Sherlockian , editado por Christopher Redmond.
Moriarty bajó del estante de un salto para hacerle compañía.
Se sentó en su regazo y la mujer se rio y acarició su denso pelaje.
—Veo que no has parado quieta —le dije a Ashleigh—. Se han vendido varios libros. Y también tazas. Tendré que pedir más. ¿Qué ha pasado con Benedict Cumberbatch?
—Lo ha comprado una mujer. No ha querido que se lo envolviera ni nada, se lo ha llevado tal cual, un metro ochenta de Sherlock. Espero que le quepa en el coche.
—Puede que no le resulte fácil. Al estar hecho de cartón, no se puede doblar por las rodillas.
—¿Ha estado alguna vez en Cabo Cod? —preguntó una clienta que nos había estado escuchando.
—¿Benedict Cumberbatch? No que yo sepa —respondí.
—Sería fantástico si pudiera traerlo a la tienda —me dijo en tono soñador—. Podría firmar todos los artículos que tienen su imagen. —Añadió un calendario de la serie Sherlock de la BBC al montón de objetos relacionados con el actor. Supuse que era más fan de Benedict que de Sherlock.
En la librería podemos satisfacer todo tipo de gustos.
—Veo que hay un hueco donde estaba A Perilous Undertaking —dije.
—Se ha agotado —afirmó Ashleigh.
—Fantástico. Hoy mismo nos habían llegado varios ejemplares de la distribuidora, pero aún no había abierto la caja.
—Ya me encargo yo —dijo Jayne—. ¿Están arriba?
—Gracias. Junto a la pared del fondo. La tercera caja contando desde la derecha. Baja también alguno de A Curious Beginning , por favor.
—Disculpe —nos interrumpió la joven madre—, estoy buscando alguna novela con una protagonista fuerte para mi hija. Tiene trece años. ¿Puede recomendarme alguna?
—Seguro que encontramos algo. —Me acerqué al estante de literatura infantil y juvenil—. Una de mis favoritas es…
El flujo de clientes fue constante. A pesar de contar con la ayuda de Jayne, Ashleigh y yo no pudimos descansar ni un segundo durante una hora.
Cada poco echaba un vistazo a la puerta corredera, aún cerrada, que daba al salón de té, pero no parecía que estuviera pasando nada.
Los asistentes a la subasta dijeron lo que tenían que decir y se marcharon.
Los coches patrulla se fueron. Las furgonetas de la policía científica habían aparcado en el callejón trasero del salón de té.
De vez en cuando, asomaba la cabeza por la puerta trasera y veía a hombres y mujeres entrando y saliendo del salón de té con bolsas de equipo científico.
Esperaba que el ejemplar de El valle del miedo de mi tío Arthur no estuviera en una de ellas.
El ejemplar se encontraba en un estado excelente.
Cualquier daño, por mínimo que fuera, reduciría considerablemente su valor.
Y, lo que era más importante, le partiría el corazón a mi tío Arthur, que amaba a Sherlock con toda el alma.
En un momento dado, miré por la ventana delantera y vi que Ryan y Estrada estaban esperando a que se detuviera el tráfico para cruzar Baker Street.
Entraron en la tienda de Maureen que, al cabo de unos segundos, puso el cartel de CERRADO .
De repente nos llegó un grupo grande de clientes y no vi salir a los detectives.
Cuando miré de nuevo, estaba puesto el cartel de ABIERTO .
En verano, la librería abre hasta las nueve de la noche, pero hoy Ashleigh acabó su jornada a las siete y se fue.
—Tengo una cita —me había dicho con una carcajada.
—¿Crees que cuando tiene una cita se viste en función de su estado de ánimo? —le pregunté a Jayne al oír el crujido del suelo de madera junto a la puerta trasera y cuando esta se cerró después de que Ashleigh hubiera salido.
Jayne negó con la cabeza.
—Prefiero no pensarlo. Si decide que la cosa va bien y se presenta un día con vestido de novia, le dará un ataque al chico.
—Imagínate que va de luto riguroso si ha tenido un mal día.
—Peor aún —dijo Jayne.
A las ocho y media, Ryan llamó a la puerta corredera. Yo estaba tras el mostrador, cobrando a una clienta, y Jayne se acercó a abrirle.
Entregué la bolsa de papel con tres libros y dos DVD a la clienta que, sin embargo, no hizo el ademán de irse.
Fingió que echaba un vistazo a los puntos de lectura y las postales para turistas apiladas en el mostrador.
A mí no me engañaba. Estaba observando a Ryan, bien porque confiaba en ponerse al día sobre las últimas noticias de la policía, bien porque estaba guapísimo con sus vaqueros, su camisa de cuadros azules y chaqueta de cuero negra.
No lo sabía. Lucía una barba de pocos días pero espesa, y el claroscuro de las luces que había a su espalda resaltaba el perfil de sus pómulos.
Recorrió la tienda con la mirada, me miró durante una fracción de segundo y siguió a lo suyo.
—Mañana podrás abrir el salón de té a la hora de siempre. Se están llevando el cuerpo y los compañeros de la científica ya tienen casi todo lo que necesitaban.
—Gracias —dijo Jayne.
—No quiero parecer materialista, pero el tío Arthur donó un libro raro y muy valioso para la subasta. ¿Podría recuperarlo?
—De momento hemos tenido que confiscar todos los objetos que iban a subastarse. Lo siento, Gemma —se disculpó—. Te prometo que lo trataremos con cuidado y que te lo devolveremos en cuanto podamos, tanto tu libro como el resto de los objetos.
Moriarty abandonó el rincón de lectura y se acercó a nosotros. Arqueó la espalda y le bufó a Ryan.
—Me alegro de verte —le dijo Ryan.
Una vez que el gato dejó claro lo que opinaba sobre las fuerzas del orden, se volvió, agitó la cola, levantó el mentón y se alejó con un contoneo de las caderas que me recordó al de Maureen cuando dejó plantada a Kathy Lamb.
Quería preguntarle a Ryan si habían descubierto algo de interés, pero las clientas me lo impidieron.
—¿Podemos hablar un momento en privado, Jayne?
—Claro.