Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo cinco #3
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Capítulo cinco #3

Jayne se fue con la bandeja llena y, en cuanto se abrieron las puertas, nos inundó el torrente de voces de fuera.

—Todo parece indicar que la señora Lamb ha muerto estrangulada —dijo Ryan—. Tiene unas marcas bien visibles en la garganta y había un trozo de cuerda rosa en el suelo, a su lado. También hay varias tazas de té muy ornamentadas, algunas rotas.

—Yo corté la cuerda —confesé—, por si acaso estaba viva, pero no era así. La cuerda rosa servía para hilvanar las tazas de té, a modo de objeto decorativo. Hemos puesto dos más en el pasillo, junto al resto de artículos que tenemos a la venta.

—Ahora solo hay una —replicó Ryan—. Me he fijado al entrar —asentí—.

Gracias por todo, Gemma. Ya tengo…, tenemos tu número si necesitamos algo más.

—Miró a Estrada—. Ve a hablar con los compañeros de la científica, a ver si pueden decirnos algo ya.

Luego tendremos que conseguir el nombre y número de teléfono de todos los presentes y preguntarles si han visto algo sospechoso.

Si es así, les pediremos que se queden. Si no, pueden irse y ya les llamaremos para tomarles declaración.

Saldré enseguida para comunicárselo a la gente.

—De acuerdo.

Estrada me lanzó su típica mirada de desprecio y salió de la cocina.

No era ningún secreto que no le caía bien y que no confiaba en mí.

A la falta de confianza, estoy acostumbrada.

No puedo evitar que la gente no comprenda siempre mi forma de pensar.

Pero ¿esa animadversión manifiesta? Irene Talbot, que es periodista del West London Star , está más enterada de lo que ocurre en la comisaría de policía de West London que el propio comisario y me ha dicho que se trata de un problema personal.

Louise quería el puesto de detective jefe, pero Ryan Ashburton regresó a West London y se hizo con él.

Está convencida de que volvió para estar conmigo, lo cual es del todo falso.

El hecho de que Ryan y yo seamos, una vez más, pareja, por muy incierto o precario que sea nuestro vínculo actual, no hace más que reforzar el desprecio de Louise hacia mí.

Intento recordarme que es una buena policía. No le caigo bien, pero reconoce cuando tengo razón y obra en consecuencia.

Ryan me observó. Le sonreí.

—Ojalá no te hubiera tocado pasar por esto otra vez —dijo.

—No nos ha pasado nada a Jayne ni a mí —dije—. Le ha pasado a Kathy Lamb.

Salimos juntos de la cocina.

—Damas y caballeros —dijo Ryan con voz clara y firme—. Les ruego que me presten atención, por favor.

Se hizo el silencio y todo el mundo se volvió hacia él. Ryan nunca se andaba con rodeos.

—Lo siento, pero Kathy Lamb ha fallecido.

Se oyeron exclamaciones de sorpresa. Un par de mujeres se dejaron caer en las sillas. Una se desplomó en el sillón.

—No puede ser —dijo uno de los presentes.

Ryan no se dignó a responder.

—Es imposible —insistió el señor Lamb, abriéndose paso entre los demás—. Se equivocan. Tiene problemas de corazón. Llévenla al hospital.

—Siéntate, Dan —le pidió Elizabeth, su esposa.

—¿Su nombre, por favor? —preguntó Ryan.

—Daniel Lamb. Soy el esposo de Kathy.

—Exesposo —replicó Elizabeth alzando la voz.

Ryan enarcó una ceja.

—¿Sabe algo sobre lo ocurrido, señor Lamb?

—¿Por qué no se la llevan los sanitarios? ¿Por qué no me dejan estar con ella? ¿Alguien puede decirme qué está pasando?

Daniel Lamb miró a su alrededor. Varias personas le devolvieron la mirada con gesto compasivo. Soltó un gemido, convirtiéndose en la viva imagen del desánimo.

—Lo siento —dijo Ryan de nuevo—, pero hemos llegado tarde.

El señor Lamb negó con la cabeza. Leslie Wilson lo tomó del brazo con dulzura y lo acompañó hasta su silla.

El pobre hombre había envejecido diez años en solo unos segundos.

Era una de las secuelas lógicas de una pena tan intensa como la que estaba experimentando.

Su nueva esposa, Elizabeth, permaneció sentada en la silla, sin hacer el menor ademán de intentar consolarlo. Un gesto de lo más elocuente.

—¿Se habían divorciado Kathy Lamb y usted? —preguntó Ryan.

—Por supuesto que sí —afirmó Elizabeth—. Dan no es bigamo.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Ryan.

—Elizabeth Dumont. Tomé la decisión de no cambiarme el apellido cuando Dan y yo nos casamos, hace solo seis meses.

—Señor Lamb, ¿por qué han decidido acudir a la subasta usted y la señora Dumont?

—Queríamos… —Intentó decir Elizabeth, pero Ryan la cortó en seco.

—Deje que el señor Lamb responda a la pregunta, por favor.

—Kathy y yo nos divorciamos, como ha dicho Elizabeth.

Hemos venido por la subasta. Quería…, queríamos…

, Elizabeth y yo queríamos mostrar nuestro apoyo al museo, que es una institución…

muy importante para mi esposa. ¿Ha fallecido por un problema cardiaco?

Hace diez años que dejó el tabaco, pero había fumado un paquete diario desde joven.

Imagino que eso pasa factura. Al menos es lo que dicen, ¿no?

Elizabeth lo miró como si estuviera a punto de estrangularlo, ya fuera por el tono triste que estaba empleando para hablar de su ex o por el comentario sobre los fumadores. No lo tenía muy claro. Un intenso olor a tabaco la rodeaba como un aura.

—Nuestra principal hipótesis es que se trata de un asesinato —respondió Ryan.

Un escalofrío se extendió por la sala. Yo estaba situada detrás de Ryan, a su derecha. Podía ver a todo el mundo. La gente puso unos ojos como platos, boquiabierta. A más de uno de los presentes le fallaron las piernas.

Jock O’Callaghan se levantó.

—Asesinato, dice usted, detective… Pues es toda una coincidencia que contemos con la presencia de la Viuda Negra entre nosotros.

No sabía a qué se refería en concreto, pero no me costó deducirlo. Elizabeth Dumont adoptó un gesto aún más crispado.

—Tú vuelve a difamarme, Jock, y nos veremos en los juzgados.

—Que yo sepa no he dicho ningún nombre, Elizabeth. ¿Qué te hace pensar que me refería a ti? —La mujer resopló, pero no replicó—. ¿Es necesaria mi presencia, detective? —preguntó Jock—. Tengo que atender un importante… Quiero decir… —Señaló a su anciana madre—. Mi madre debería descansar.

—Estoy perfectamente —dijo la mujer, con voz serena—. Continúe, detective.

Estrada avanzó por el pasillo en silencio y se detuvo junto a mí, con los brazos cruzados.

—Tendré que hablar con usted a su debido tiempo —dijo Ryan—.

Si alguien ha visto a Kathy Lamb en el almacén con otra persona, después de que empezara el té, o si disponen de algún dato que consideren importante, sea cual sea, pónganse en contacto con la detective Estrada o conmigo.

De lo contrario, la agente Johnson tomará nota de su nombre y número de teléfono y contactaremos con ustedes para tomarles declaración.

Se formaron tres grupos. Uno se abalanzó sobre los detectives, intentando compartir a gritos la poca información de que disponían y exigiendo respuestas; otro se dirigió hacia la puerta para largarse del salón de té; y un tercero permaneció sentado en su silla, apurando el té y esperando a que la situación se calmara un poco.

Ryan y Estrada tenían mucho trabajo por delante, ya que debían hacer la criba entre lo que era de verdad importante y lo que la gente quería que pareciera importante con tal de sentirse protagonista.

La alcaldesa, que se encontraba junto a Stella Johnson, esperando que le llegara la oportunidad de salir pitando, le entregó su tarjeta a la agente.

Johnson asintió y le abrió la puerta. Jock O’Callaghan se vio obligado a tomárselo con más calma de lo deseado, ya que tuvo que rescatar el bastón de su madre debajo de la silla. La anciana no tenía ninguna prisa por irse.

Maureen Macgregor se abrió paso entre varias personas.

—Dejadme pasar. Dejadme pasar. He dejado mi tienda desatendida mucho tiempo por culpa de esta farsa. Apartaos. Enseguida os atenderán.

—¡Farsa! —exclamó una voz, haciéndose oír por encima del caos.

La gente se detuvo y giró la cabeza. Barb, la voluntaria del museo a la que había bautizado como la pelo-casco, se abrió paso entre la multitud lentamente—.

¿A qué viene tanta prisa? ¿Quieres irte del pueblo antes de que la policía averigüe qué ha pasado?

Maureen resopló con desdén.

—Eso es absurdo. Todo el mundo me conoce.

—Y ellos también. Te aseguraste de ello cuando llegaste con tu pintura infantil y te pusiste a discutir con Kathy —dijo Barb.

Maureen contuvo el aliento y se puso roja.

Barb se volvió hacia la policía. Era una mujer alta, casi tanto como Louise Estrada. Ambas se miraron fijamente, por encima de los demás presentes.

—Les conviene hablar con esta mujer, agentes. Lo último que le oímos decir a Kathy fue que el precio de salida del horrible cuadro de Maureen sería de un dólar y medio.

Un murmullo se extendió por la sala.

—Barb tiene razón.

—Yo también lo oí.

—Maureen estaba furiosa.

—Menudo insulto.

—¡Estáis locas! —gritó Maureen—. Todas, locas de remate.

Barb se volvió. Estiró el brazo derecho. Una garra larga y roja señaló a Maureen. En ese momento me pareció una reacción un tanto exagerada, como si estuviera interpretando al Fantasma de las Navidades Futuras enfrentándose a Ebenezer Scrooge.

—¿Qué has hecho, Maureen? ¿Vengarte? ¿Hacerla sufrir por tu humillación? Agentes, exijo que detengan a esta mujer por el asesinato de Kathy Lamb.