Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

Miré en la dirección de la que provenían los gritos y vi que el exmarido de Kathy Lamb se levantaba de la silla y apartaba la mano de su nueva esposa.

—Claro que es asunto mío, Elizabeth. Suéltame.

Estaba pálido y lucía un gesto de angustia. Se dirigió hacia donde estábamos Jayne y yo.

—Dicen que la habéis encontrado vosotras. ¿Está bien? ¿Mi…? Quiero decir, Kathy. El médico y los sanitarios llevan mucho rato ahí dentro. Eso es buena señal, ¿no? Significa que no es una emergencia, ¿verdad?

—No lo sé, señor Lamb —mentí—. Lo único que podemos hacer es esperar.

—¿Por qué no podemos irnos? —le preguntó Jock O’Callaghan a la agente Johnson—. Si no va a haber subasta, tengo cosas mejores que hacer.

—Siéntese, por favor —respondió ella.

—Hablaré con el jefe de policía —gruñó. Se volvió bruscamente, y al ver a la segunda señora Lamb, adoptó un gesto adusto.

—Elizabeth —dijo, con un tono gélido.

—Jock —respondió ella, con el mismo deje impasible.

—Veo que has logrado eludir la cárcel —le soltó él.

—Veo que sigues intentando dártelas de hombre importante ante los vecinos del pueblo —respondió ella—. Vaya, no te ha acompañado tu mujer. Imagino que estará con ese joven y atractivo tripulante, enseñándole cómo funciona todo.

—Un día de estos tendrás lo que te mereces, Elizabeth —le advirtió él.

—Un día de estos, Jock, aparecerás muerto.

El hombre se abrió paso entre un grupo de curiosos que ni siquiera se habían tomado la molestia de disimular que estaban escuchándolos, y regresó a su asiento.

—¿Es Elizabeth Dumont? —preguntó su madre—. Ha envejecido mucho desde la última vez que la vi. ¿Qué te ha dicho? No he alcanzado a oír nada.

—Da igual —Jock cogió su teléfono.

—Voy a preparar más té —me dijo Jayne—. Seguro que a todos nos vendrá bien una taza. Ven a ayudarme, Fiona.

—¿Podría echar un vistazo al ejemplar de El valle del miedo ? —me preguntó Donald cuando pasé junto a él.

—No creo que sea un buen momento.

—Me gustaría pujar por el libro. Tenía la esperanza de conseguir una ganga —lanzó un sonoro suspiro—, pero el precio inicial es demasiado elevado para mi modesto presupuesto.

Y aunque dispusiera de esa cantidad, Grant me ha dicho que tiene un comprador en mente, así que imagino que podría superarme.

—No creo que se pueda celebrar la subasta hoy —le advertí—, así que me lo llevaré a casa. ¿Por qué no vienes a tomar el té un día cuando haya regresado el tío Arthur? Te lo mostrará encantado.

Donald sonrió de oreja a oreja.

—Sería maravilloso. Mientras, aprovecharé que vamos a estar un buen rato aquí e iré a saludar a Jock y a la señora O’Callaghan.

Puso un marcapáginas en el libro antes de cerrarlo y se levantó.

—¿Los conoces? —le pregunté.

—Oh, sí. Soy socio del Club Náutico de West London, desde hace años.

No es fácil sorprenderme, pero lo que acababa de decirme Donald me dejó con la mandíbula desencajada. Si había alguien que no encajaba con el perfil de un lobo de mar, ese era Donald Morris.

—Ah, ¿sí? —pregunté mientras se alejaba. Jock lo vio venir, guardó el teléfono y se levantó. Ambos se estrecharon la mano y Donald se inclinó para hablar con la señora O’Callaghan.

Grant estaba haciéndole compañía a la agente Johnson, que era la encargada de dejar entrar y salir al personal sanitario, pero a nadie más. Me acerqué para averiguar qué pasaba.

—Gemma —me saludó ella.

—Stella. ¿Qué tal está tu abuela?

—Muy bien, gracias. ¿Qué pasa ahí dentro?

—¿No lo sabes?

—Solo me han dicho que no deje salir ni entrar a nadie —confesó en voz baja—. La gente habla de un infarto, pero a mí me parece algo más.

Bajé la voz.

—Al final, todo el mundo muere de un fallo cardiaco. La cuestión es qué provoca ese fallo.

—¿Me estás diciendo que hay un asesino? —preguntó Grant.

Asentí.

En ese instante sonó la radio que Stella Johnson llevaba al hombro.

Tuve que esforzarme para oír algo debido a las interferencias y el murmullo de la gente, que mostraba curiosidad e indignación a partes iguales a mi espalda.

Johnson acercó la cabeza y yo hice lo propio, pero me fulminó con la mirada y tuve que hacer el ademán de apartarme.

Cuando finalizó la conversación, se volvió hacia nosotras.

—Han llegado los detectives y quieren examinar la escena del crimen y hablar con todo el mundo. Tú serás la primera, Gemma.

—Estaré en la cocina —le dije. No es que me fuera corriendo, pero puede que sí acelerara el paso para atravesar la sala.

Y ahí estaba, echando una mano a Jayne para hervir el agua, cuando entraron Ryan y Estrada. La agente no se anduvo con rodeos y enseguida insinuó que lo ocurrido era todo culpa mía.

—Kathy Lamb entró en el almacén poco después de que hubiéramos servido el té —afirmé, respondiendo a la pregunta de Ryan—.

Tendría que haber regresado al cabo de poco, pero no lo hizo.

Cuando la gente acabó el té, empezó a inquietarse, por lo que decidí ir a buscarla.

Jayne me acompañó y la encontramos en el suelo.

—Si no tomó el té cuando lo hicieron los demás asistentes, ¿significa que murió antes de que empezarais a servirlo? —preguntó Ryan.

—No necesariamente. Yo no la conocía muy bien, por eso no puedo afirmarlo con certeza, pero la gente ha dicho que estaba muy alterada por algún motivo y que necesitaba estar un rato a solas en el almacén, antes de que empezara la subasta —le expliqué.

—¿Qué le había ocurrido?

—Dudo que tuviera algo que ver con su muerte.

—¿Por qué no dejas que seamos nosotros quienes valoremos esa opción, Gemma? —preguntó Estrada.

—Tuvo un pequeño desencuentro con Maureen Macgregor poco antes de que nos sentáramos a tomar el té.

—La mujer que robaba macetas —apostilló Ryan.

—Esa misma. El donativo que había hecho Maureen para la subasta era, a juicio de Kathy, un objeto sin valor y que, además, llegaba muy tarde.

—No obstante, decidió incluirlo —dijo Jayne.

Los detectives habían pedido a Fiona que saliera de la cocina mientras nos tomaban declaración a mi amiga y a mí.

Me apoyé en la encimera y empleé en todo momento un tono calmado.

Jayne no paraba quieta con las teteras, la leche y el azúcar.

Todas las tazas de porcelana buenas estaban sucias o en el lavavajillas, por lo que había puesto una pila de tazas de usar y tirar en una bandeja.

—¿Alguien más entró en el almacén después de que Kathy os dijera que necesitaba estar un rato a solas? —preguntó Estrada.

—Es obvio que sí: la persona que la mató, pero no tengo ni idea de quién fue.

Yo estaba en el salón de té, en una mesa de ocho personas, sentada entre Jayne y Leslie Wilson, mirando hacia las ventanas, no hacia la parte posterior del edificio.

Ya conocéis la distribución del lugar. Hay un pasillo que da al comedor.

Los dos aseos se encuentran a un lado y la cocina al otro.

El almacén está al final del pasillo y da acceso al callejón.

Sin embargo, debéis tener en cuenta que en todo momento había gente que se levantaba para ir al baño o saludar a algún conocido, sobre todo cuando se acabó el té y estábamos esperando a que empezara la subasta.

—La puerta que da al callejón no está cerrada con llave —dijo Ryan.

—Y yo que pensaba que no os daríais cuenta de ello —dije.

—Esto no es un juego, Gemma —me soltó Estrada—. Si sabes algo, dínoslo. No esperes a que tengamos que averiguarlo como si fuera un concurso.

Tuve que admitir que, por una vez, me había equivocado.

—Lo siento. Leslie Wilson pasó casi toda la tarde en el almacén, recogiendo y catalogando los donativos de la subasta a medida que iban llegando.

Ambas puertas, tanto la que da a la calle como la que da acceso al resto del edificio, se abrieron a las cuatro y veinte, cuando llegué con la cesta de objetos de la librería, mi contribución al acto, y también con el libro de parte del tío Arthur.

Solo entré un momento para dejarlo todo y no volví hasta que Jayne y yo fuimos a buscar a Kathy a las cinco y treinta y siete.

Podéis preguntarle a Leslie si recuerda haber cerrado la puerta cuando acabó.

Puedo confirmar que no ha desaparecido ninguno de los noventa y un objetos de la subasta.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Estrada.

—Porque los he visto y los he cotejado con los que aparecen en la lista de la subasta.

No falta nada en el inventario. Los objetos más pequeños y fáciles de coger, como el collar de diamantes con una puja inicial de quince mil dólares, o el libro de doce mil, están en su sitio, al igual que el cuadro de Wendy Lomax, que tiene un precio de salida de siete mil dólares.

—Nos has dicho que solo entraste un momento en el almacén. ¿Esperas que me crea que has memorizado el valor de noventa objetos y que, en cuestión de pocos minutos, has podido saber si faltaba algo?

No soporto tener que explicar a la policía los procesos deductivos que sigo.

—Espero que me creas, detective Estrada, porque eso es lo que ocurrió.

—Mientras tomábamos el té, vi que Gemma leía el programa de la subasta —dijo Jayne—. Tiene buena memoria para recordar los detalles.

Miré a los detectives con una sonrisa de oreja a oreja.

—Todo eso es irrelevante. Si no se han llevado nada, significa que el móvil no era el robo.

Cabe la posibilidad de que el ladrón se llevara uno de los sobres con tarjetas regalo, esos no los he comprobado todos.

Pero sería muy extraño que alguien tuviera algún motivo para hacer algo así, ¿no os parece?

—Cotejaremos todos los objetos con las listas —dijo Ryan—, pero aún no podemos descartar el robo como motivo. Es posible que la puerta no estuviera cerrada con llave, que Kathy sorprendiera al ladrón y él, o ella, decidiera eliminar a la testigo.

—Cierto —concedí.

—¿Os apetece un té? —preguntó Jayne.

—No, gracias —respondió Ryan.

—¿Puedo sacar la bandeja? —preguntó mi amiga.

—Adelante —afirmó Estrada.

—Todo el mundo me preguntará qué está pasando.

—Pero no les dirás absolutamente nada, ¿de acuerdo? —replicó Estrada.

—Muy bien.