Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo cinco
17%

Capítulo cinco

CAPÍTULO CINCO

—¡ O tra vez tú! —exclamó la detective Louise Estrada.

—Por desgracia, sí. Otra vez yo —me limité a responder.

—Si volvieras a Inglaterra, la tasa de asesinatos de este pueblo bajaría en picado.

—Espero que no estés insinuando que tengo responsabilidad alguna en todo lo que pasa aquí. No debería tener que recordártelo, detective, pero…

—Ya basta —intervino Ryan—. Cuéntanos todo lo que ha pasado, Gemma.

Me apoyé en la encimera de la cocina y suspiré.

Cuando la gente dice que quiere saberlo todo, rara vez lo dicen en serio.

Ryan me miraba con sus preciosos ojos azules, del color del mar en un día soleado, y Estrada me observaba con los suyos oscuros, como una borrasca que avanza hacia tierra firme.

Me tomé un momento para poner mis ideas en orden.

Cuando Jayne y yo irrumpimos en el almacén, me arrodillé junto a Kathy y tiré de la cuerda que la estrangulaba. Supe por la mirada vacía y la piel fría al tacto que habíamos llegado tarde. Aun así, grité:

—¡Dame esas tijeras!

—¿Qué tijeras? —preguntó Jayne.

Las había visto antes.

—Encima de la caja marcada como «Lote 67».

—¡Aquí están!

Me puso las frías hojas de acero en la mano. Corté la cuerda y cayó al suelo acompañada del ruido de la porcelana hecha añicos. Kathy Lamb no se movió.

—Llama al 911 —le dije a Jayne—. Luego sal y avisa de que la subasta se ha retrasado debido a una emergencia médica. Pídele a Grant que vigile la puerta. Que no entre ni salga nadie hasta que lleguen la policía y la ambulancia.

Jayne hizo lo que le pedí y yo me puse en pie para observar la sala.

La puerta trasera, que daba al callejón, no estaba cerrada con llave.

Interesante. ¿La habían dejado así al empezar el acto, o la había abierto Kathy para dejar entrar a su asesino?

En caso de que fuera así, no significaba necesariamente que conociera a esa persona.

Mucha gente abre sin comprobar quién llama, al menos en pleno centro y de día.

Aunque en este caso, en la sala había productos valorados en varios miles de dólares.

No parecía que hubieran movido nada desde mi visita anterior, salvo el cuadro de Maureen, que estaba apoyado en la pared, junto a una obra preciosa de un artista local con cierto reconocimiento internacional.

La comparación no favorecía en absoluto al intento frustrado de Maureen de crear una obra de arte.

Los artículos estaban etiquetados y colocados en el orden en que iban a presentarse.

Algunos sobres contenían vales o experiencias y estaban mezclados con objetos físicos.

El primero tenía el logotipo del Harbor Inn.

Según el catálogo, el hotel ofrecía un fin de semana en otoño para dos personas en la suite principal, con cena incluida, por una puja inicial de quinientos dólares.

Luego venía mi cesta de artículos holmesianos, valorada en doscientos cincuenta.

Casi me dio vergüenza ver el listado: era lo más barato de toda la subasta.

Incluso la cena para dos en el Blue Water Café, con vino incluido, superaba los trescientos.

Lo más barato, eso sí, aparte del cuadro de Maureen, al que Kathy había puesto un precio inicial de un dólar con cincuenta.

El objeto más caro de la subasta era un collar de diamantes, con una puja inicial de quince mil.

Era el lote número noventa, el último. Vi la cajita azul y avancé con cuidado entre los objetos, procurando no tocar nada, y la abrí, intentando no dejar huellas.

Dentro estaba el collar. Las piedras preciosas brillaban incluso en la penumbra del almacén.

En otras circunstancias me habría detenido a admirarlo.

Sin embargo, en lugar de eso, cerré la caja.

El segundo objeto más caro era el lote ochenta y nueve: el ejemplar de El valle del miedo de mi tío Arthur, con un precio de salida de doce mil dólares.

El libro estaba donde lo había dejado. Traté de recordar qué otros artículos pequeños y fáciles de llevar había en la lista.

No eran muchos. La mayoría de los objetos de gran valor eran experiencias, como una travesía de tres días ofrecida por el Club Marítimo de West London por nueve mil dólares.

Ningún ladrón robaría un vale regalo pensando que podría canjearlo sin que lo pillaran.

¿Verdad?

El programa de la subasta incluía noventa objetos. A juzgar por lo que había podido ver echando un rápido vistazo, en la sala había noventa y uno, incluyendo la donación de última hora que había hecho Maureen.

Mientras examinaba los lotes, me di cuenta de que el público reunido en el salón de té empezaba a alzar la voz. La gente quería saber qué estaba ocurriendo.

De repente, alguien llamó a la puerta.

—Gemma, soy Jennifer Barton. ¿Puedo ayudarte en algo?

Abrí la puerta un segundo.

Vi a Jennifer y los rostros de los curiosos que asomaban por detrás, intentando ver algo.

—Adelante, doctora —le dije—. La señora Lamb… se encuentra indispuesta. ¿Alguien ha llamado a emergencias?

—Sí, ya están de camino.

Entró y cerré la puerta tras ella, para aislarnos del chaparrón de preguntas.

La doctora Barton vio el cuerpo que yacía en el suelo. Me miró.

—Está muerta —afirmé.

—Eso parece.

Se arrodilló junto a Kathy Lamb. Oí las sirenas que se aproximaban y el murmullo de voces del salón de té aumentó de nuevo.

—Por aquí —gritó alguien y oímos pisadas de botas.

—Les dejaré entrar.

Abrí la puerta de nuevo.

Salí del almacén, pasé junto a los sanitarios y agentes de policía que ocupaban el estrecho pasillo y regresé al salón de té.

Había un agente uniformado junto a la puerta, controlando a los asistentes de la subasta.

Fuera, empezaron a congregarse los curiosos.

Dentro, la gente acribillaba a preguntas al personal de emergencias.

Un par de mujeres lloraban. Sharon me vio y se acercó deprisa.

—¿Está bien, Kathy? ¿Qué ocurre? Lo que decía sobre ella no iba en serio, de verdad.

Se frotaba las manos en un gesto de tensión y no paraba de mirar a su alrededor.

—Lo siento, pero no recuerdo tu nombre —dije, lo cual no era del todo cierto.

—Soy Sharon Musgrave, la contable del museo. También trabajo de voluntaria en la cocina. Llevo un vestido largo, con gorro, y hago pan y…

—Creo que sería mejor que regresaras a tu asiento, Sharon —le sugerí.

Agachó la cabeza y se fue.

—¿Cuándo empezará la subasta? —El hombre que se había plantado ante mí vestía el uniforme más elegante de la colección estival de Nueva Inglaterra que ofrecía Ralph Lauren: pantalones blancos, americana azul marino con rayas blancas finas, camisa azul de cuello blanco, un pañuelo rojo en el bolsillo y gemelos de oro.

Tampoco podían faltar los mocasines azules, sin calcetines—.

No tengo todo el día. Esta noche debo asistir a una importante cena de negocios.

—Estoy segura de que el resto de la gente comprenderá que una emergencia médica tiene prioridad sobre una cena en el club náutico, señor O’Callaghan —le dije.

Entornó los ojos.

—¿Cómo sabe que pertenezco al club náutico? ¿Y cómo sabe mi nombre? ¿Nos conocemos?

—No —respondí.

Si su vestimenta y su actitud no me hubieran revelado que era socio de un club náutico, un poco antes lo había visto señalando el lote setenta y cuatro del programa de la subasta a la mujer mayor que tenía los mismos ojos juntos y los mismos labios finos que él y que estaba sentada a su lado durante el té.

Él mostraba una expresión vanidosa, no de anhelo, lo que significaba que había donado el objeto, no que tuviera la intención de pujar por él.

Los gemelos de oro lucían el monograma « JOC ».

El presidente del club náutico de West London se llamaba «Jock O’Callaghan».

Mi tío Arthur, un orgulloso marinero, había recibido varias ofertas para incorporarse al club.

Cuando le daba por ser educado, definía el club en general, y a Jock O’Callaghan en particular, como un «puñado de imbéciles apocados y engreídos».

—Le sugiero que cancele la cena —le dije—. Vamos a estar aquí un buen rato.

Jock O’Callaghan me lanzó una mirada que no podía ocultar lo que pensaba de mi sugerencia y fue a sentarse con su madre.

Ashleigh estaba al otro lado de la puerta de cristal de la librería, mirándonos. Detrás de ella, había un pequeño grupo de gente. Moriarty tenía el hocico pegado al cristal. Me encogí de hombros para intentar disculparme con ella y articulé un «Lo siento» sin voz.

Me volví hacia el salón de té. Grant se encontraba junto a la puerta, hablando con la agente Johnson.

Donald seguía en su silla. Había sacado un libro de la bolsa y estaba leyendo La casa de la seda , de Anthony Horowitz.

Hacía relativamente poco que había conseguido convencerlo de que no todos los pastiches eran una burla del Gran Detective, y sentí una leve punzada de satisfacción al verlo ensimismado en la lectura.

La alcaldesa había buscado algo de intimidad y se había quedado en un rincón, con la cara casi pegada a la pared, para hablar por el móvil.

Maureen había acorralado a la dueña de Fun and Frolic, una tienda de ropa de Baker Street, y le estaba soltando un sermón y agitando un dedo amenazador ante su cara.

La mujer parecía a punto de arrancarle el dedo de un mordisco.

Jayne y su madre estaban junto a las ventanas. A juzgar por la expresión de Leslie, supe que ya le había contado la noticia. Jayne ayudó a su madre a sentarse en el banco de la ventana y luego vino hacia mí.

—¿Está muerta? —preguntó en voz baja.

—Sí —dije.

—¿Ha sido un asesinato?

—Sin lugar a dudas.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Esperar a que la policía nos diga que podemos irnos, como los demás.

—¿Tienes alguna idea de qué ha podido pasar? —preguntó.

La miré de reojo.

—Ya sabes que yo no hago conjeturas, Jayne. Hacerlo supondría elaborar una teoría antes de tener datos, y eso sería un error capital.

—Ah, cierto. ¿Es una cita de Sherlock Holmes?

—Da igual que lo sea o no, es lo que yo opino.

—¡Eso no es asunto tuyo! —gritó una mujer.