Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo cuatro #3
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Capítulo cuatro #3

—Robyn tenía don de gentes —afirmó una mujer con un pelo negro que llevaba tantos kilos de laca que parecía esculpido en forma de casco—. Por desgracia, no podemos decir lo mismo de Kathy, que ha ahuyentado a gran parte de la vieja guardia.

—Venga ya, esa panda de harpías no ha tenido una buena idea en lo que va de siglo —una de las clientas habituales de mi librería se rio—. Es más, algunas no han tenido una nueva idea en el último siglo. Kathy ha traído savia nueva. En lo que a mí respecta, me alegro de que podamos contar con ella.

—Hablando de Robyn —dijo la mujer del casco—, su ausencia es de lo más elocuente. Me pareció verla cuando he llegado.

—Imaginas cosas, Barb —aseguró Sharon—. No me sorprende que no haya venido. Le puede demasiado el orgullo y no quiere correr el riesgo de que Kathy vuelva a humillarla.

—Si Robyn cree que la humilló, es problema suyo —insistió la pelo-casco, también conocida como Barb—. Kathy se limitó a señalar lo obvio, que…

—Basta ya de discusiones —la interrumpió Leslie—. Independientemente de vuestra opinión sobre Kathy, se ha dejado la piel para organizar este acto y lo último que necesitaba era una discusión en público con Maureen, después de todos los chismes que ya corren por el pueblo sobre su marido.

—Es increíble que hayan tenido la cara dura de dejarse ver aquí —dijo Sharon.

—Una vergüenza —dijo la pelo-casco, y las demás asintieron. En ese momento, empezamos a servir el té.

—¿Ha venido el exmarido de Kathy? —le pregunté a Leslie con un susurro.

—Sí. Su amada y él están en la mesa que se encuentra más cerca de la puerta de la librería. Pelo canoso, gafas y cara avinagrada. Si lo piensas bien, se parecen mucho.

Lancé una mirada rápida. Él lucía una melena entrecana hasta los hombros y llevaba gafas sin montura.

Ella tenía el pelo blanco, corto, y, como buena miope, observaba el mundo a través de unos cristales de culo de botella.

De no conocer su historia, habría pensado que eran una pareja que llevaba toda la vida casada, a juzgar por el modo en que se habían sentado uno junto al otro, pero sin mirarse ni intercambiar ningún comentario íntimo más allá de un «¿Me pasas la leche?

». Él tenía la mirada perdida en el vacío mientras comía un scone y ella no levantaba la vista del té.

Ninguno de los dos llevaba nada rojo y no participaron en la conversación de la mesa.

A ella no la reconocía, pero a él, sí. Era cliente habitual de la librería, aficionado a los pastiches sherlockianos, sobre todo aquellos que ofrecían un punto de vista distinto de la relación entre Holmes y Watson.

Su última compra había sido Sherlock Holmes-The Labyrinth of Death , de James Lovegrove, pero de eso hacía meses.

Llevaba tiempo sin pasarse por la librería.

Confiaba en que pujara por mi cesta de libros para que subiera el precio de venta.

En cuanto hubimos dado buena cuenta de los scones , de los que apenas quedaban las migas en los platos, y apuramos hasta la última gota de mermelada y crema de Devonshire, Jocelyn y Fiona pasaron una última vez por la sala ofreciendo teteras recién preparadas.

El plan era hacer una pequeña pausa antes de empezar con la subasta.

Dar a la gente un descanso para que fuera al baño, saludar a sus conocidos o analizar el catálogo con calma.

Yo le había echado un vistazo rápido y había decidido pujar por el lote número veintitrés: un collar de perlas.

No lo necesitaba, ni me entusiasmaba especialmente, pero era uno de los pocos artículos que podía permitirme, siempre que la puja no se disparara.

Los vecinos de West London habían sido muy generosos.

Los asistentes empezaron a levantarse y dar vueltas por la sala.

Algunos iban al baño y otros se detenían a curiosear entre las teteras y demás accesorios para el té que teníamos a la venta.

De las dos guirnaldas decoradas con teteras que Jayne había colgado antes en la pared, solo quedaba una.

Alguien debía de haber comprado la otra, lo cual iba a alegrarle el día.

Me recosté en la silla y le sonreí a mi amiga.

—Ha ido muy bien. Los scones estaban deliciosos.

Jayne levantó su taza a modo de brindis.

—Ahora que ya ha pasado esa parte, puedo relajarme y disfrutar de la subasta. Veo que han venido Rebecca Stanton y algunas de sus amigas. Eso debería animar las pujas. ¿Te interesa algo, Gemma?

—Puede que intente hacerme con el collar de perlas. Podría regalárselo a mi madre por Navidad. Si no consigo ese, igual pruebo con la cena en el Blue Water Café. Por cierto, ¿cómo está Andy?

—Bien, supongo.

—¿Supongo? ¿No lo sabes?

—Es verano, Gemma. Él está ocupado con su negocio y yo con el mío.

Jayne me ha pedido muchas veces que no me meta en su vida amorosa.

No tengo ninguna intención de hacerle caso.

Si la relación entre Jayne y Andy no iba como a mí me habría gustado, era culpa de ella.

Él la adoraba y era perfecto para ella. Además, estaba soltero y sin compromiso.

Decidí comprar el vale para la cena y obligarla a usarlo para tener una cita con Andy en su propio restaurante.

Las mujeres de mi mesa empezaron a hablar sobre lo que esperaban comprar para el museo con los ingresos de la subasta. Jayne se excusó para ir a echar un vistazo a la cocina. Leslie me preguntó si había tenido noticias de Arthur. Después de ponerla al día, eché un vistazo por el salón de té.

La gente empezaba a impacientarse. Más de uno había sacado el móvil y vi que la alcaldesa miraba el reloj. Fiona y Jocelyn iban de mesa en mesa recogiendo tazas vacías. La pelo-casco repiqueteaba la taza de porcelana con la cucharilla, siguiendo un ritmo que empezaba a resultar muy molesto.

—Tenemos que ponernos en marcha —le dije a Leslie—, o la gente empezará a marcharse.

Leslie echó un vistazo a la sala.

—Kathy aún no ha salido. Ha dicho que quería que la dejaran tranquila hasta que llegara el momento de empezar.

—Ya la habéis dejado tranquila bastante rato. Hay que poner esto en marcha.

—Gemma tiene razón —dijo Barb—. Lamento lo que le ha pasado, pero no tenemos por qué quedarnos aquí esperando a que se le pase el berrinche. Cuando le da por ahí, puede ser una auténtica diva.

Me levanté.

—Iré a buscarla y le diré que tiene cinco minutos.

Me crucé con Maureen, que volvía a su sitio, y me dedicó un resoplido de desdén. En ese momento, se abrieron las puertas batientes de la cocina y tuve que apartarme de un salto.

—¿Qué pasa? —dijo Jayne—. ¿Van a empezar?

—Voy a buscar a Kathy.

Jayne me siguió. Giré el picaporte del almacén y empujé la puerta.

—Kathy, tienes que salir. La gente empieza a impacientarse.

Entré en la sala. Me detuve de forma tan brusca que Jayne tropezó conmigo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Además del material habitual para una pastelería y salón de té, la sala estaba llena de artículos para la subasta: desde un abrigo de mujer para el invierno hasta un collar de oro con diamantes, pasando por una estatua de jardín de cemento con un Buda reclinado.

Kathy Lamb yacía en el suelo, rodeada de una ristra de tacitas rotas.

Tenía la cuerda rosa que unía las tazas en torno al cuello. No se movía.