Capítulo cuatro #2
—He traído algo para vuestra subasta. Espero que estés contenta.
Kathy tragó saliva y no hizo ningún esfuerzo para sonreír.
—Tendrías que habérmelo dicho antes. Ya hemos preparado la hoja con el orden de los lotes.
—Da igual —dijo Maureen—. Podéis poner mi cuadro aquí para que lo vea todo el mundo. Y lo subastas el último, como broche final de la tarde.
—Ya he decidido el orden de presentación —replicó Kathy.
—Pues tendrás que modificar la decisión. ¿Quieres mi donativo o no?
—Creo que no —murmuró Kathy.
—¿Qué has dicho? —saltó Maureen.
—Nada —respondió Kathy.
—¿Por qué no lo desenvuelves y así lo vemos? —propuse.
La sala se iba llenando a medida que la gente entraba y tomaba asiento. Tenía que volver a mi puesto, pero me picaba la curiosidad por saber qué había traído Maureen.
Desenvolvió el paquete.
Yo contuve una carcajada, pero Kathy soltó un grito.
—¡Qué horror, por favor!
—Pues que sepas que lo he pintado yo —dijo Maureen.
—Entonces es aún más horroroso —replicó Kathy, levantando las manos en un gesto de hartazgo.
Quizá «horror» no fuera la palabra que yo habría elegido.
Más bien infantil, vulgar, de mal gusto.
El cuadro mostraba a Elvis Presley, en teoría, a pesar de que solo podía identificarse por el traje de lentejuelas azul celeste que llevaba y por un bocadillo que tenía sobre la cabeza que decía El rey, meneando las caderas en una playa de Cabo Cod.
Me acerqué y pude ver los contornos impresos que el pincel de Maureen no había podido cubrir por completo.
—Llévate esa aberración de aquí —dijo Kathy.
—¿Qué te pasa? —gritó Maureen—. Me pediste un donativo y ahora me dices que no lo quieres. ¿No está a la altura de tu comité de élite? ¿Es eso?
—¿Es que pretendes dejarme en ridículo?
Los asistentes que se encontraban más cerca empezaron a aguzar el oído. De pronto, se hizo el silencio absoluto en el Salón de Té de la Señora Hudson.
—No tendría que esforzarme demasiado para conseguirlo, ¿no crees? —replicó Maureen.
Alguien ahogó un grito. Otra persona se rio.
—La compraré yo misma para eliminarla de mi subasta —dijo Kathy, que entornó los ojos de rabia. El color de su cara amenazaba con igualar el de su ropa y una vena le palpitaba en la frente—. Un dólar con cincuenta.
¿Tu subasta? Pensaba que esto era para el museo —replicó Maureen, sin molestarse en bajar la voz—. ¿Quién te ha nominado reina de West London?
Kathy resopló, ofendida. Un hombre de la primera mesa soltó una carcajada. Lo fulminé con la mirada y la risa se convirtió en tos.
—¿Por qué no vamos a la trastienda y lo hablamos con calma? —propuse, intentando ser la voz de la razón.
—No hay nada que hablar. Además, esto no tiene nada que ver contigo. Tú y tus tonterías de Sherlock Holmes… Te crees muy importante en este pueblo.
Maureen gritaba, pero no mostraba ni rastro de la rabia contenida que hervía en Kathy. De hecho, parecía estar disfrutando.
—Calmaos —dije—. Las dos. Estáis montando una escena.
—No quiero esa basura en mi subasta —dijo Kathy—. ¿Tú te consideras artista? ¡Ja! Hasta la nieta de mi hermana lo haría mejor.
—¡Cómo te atreves! —chilló Maureen.
—¡Así se habla, Kathy! —gritó alguien, provocando un estallido de carcajadas. Maureen no gozaba de una gran popularidad entre sus vecinos.
Agarré a Kathy del brazo.
—Ya basta. Acepta el regalo de Maureen. Ten en cuenta que lo hace con buena intención.
Ignoraba cuál era la intención exacta, pero no era el momento de especular.
Kathy tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la compostura y se acercó al cuadro. Maureen lo sujetaba aún, como si fuera a resistirse, pero al final lo soltó.
—Lo llevaré atrás, con los demás artículos —dijo Kathy entre dientes—. Saldrá a la mitad de la subasta. Lote 34B.
—Gracias —dije.
Pero Kathy no pudo resistirse a tener la última palabra.
—El precio de salida será un dólar con cincuenta.
Se alejó con aquella aberración.
—¿Ya estás contenta? —le pregunté a Maureen, que me dedicó una mueca.
—Me encantaría una taza de té. Si algo se os da bien a los ingleses es eso, preparar té. Tráeme uno, Gemma, con leche y dos cucharadas de azúcar. Veo que ha llegado la alcaldesa. Me sentaré en su mesa.
Se alejó con la espalda recta, la cabeza alta y un leve contoneo de sus caderas huesudas.
Respiré hondo un par de veces. Me habían dicho que ayudaba a relajarse, pero no me parecía que me estuviera funcionando, así que lo dejé estar y me fui a relevar a Fiona. Llegué justo a tiempo para recibir a Grant Thompson.
—Buenas tardes —dije—. Me alegra verte por aquí.
—¿Cómo iba a resistirme? Me han dicho que se va a subastar una primera edición de Conan Doyle.
Me dedicó una sonrisa cálida, acompañada de los destellos verdes de sus ojos color avellana. Estaba muy guapo con camisa blanca, pajarita roja y pañuelo a juego en el bolsillo.
Le entregué un programa a cambio de su entrada.
—Eso se rumorea.
—Hasta luego, Gemma.
Yo le gustaba, y él a mí. Además, teníamos mucho en común, incluida nuestra bibliofilia y unos recuerdos entrañables de Inglaterra.
Era estadounidense, pero había estudiado en Oxford, donde aprendió a apreciar un buen pub y una buena jarra de cerveza negra contundente.
Durante un tiempo, pareció que iba a prender la chispa del amor entre nosotros, pero al final me di cuenta de que era a Ryan Ashburton a quien amaba de verdad.
Grant encajó bien el cambio y seguimos siendo amigos.
Donald Morris, destacado sherlockiano, fue uno de los últimos en llegar. Había venido vestido para la ocasión, no de rojo, sino con un traje marrón bajo una capa inverness . En el pecho, lucía un broche dorado con la silueta del Gran Detective con su pipa.
—¿No tienes calor con ese traje? —le pregunté.
—Un caballero se viste para la ocasión, haga el tiempo que haga —respondió.
Intenté hacer memoria, para comprobar si su respuesta era una cita de Holmes. En caso afirmativo, era poco conocida y mi conocimiento del canon no es tan profundo ni detallado.
Le entregué un programa.
—¿Has venido por El valle del miedo ?
De repente le brillaron los ojos.
—Digamos que tengo un ligero interés.
Echó un vistazo a la sala y se le ensombreció el gesto al ver que Grant Thompson tomaba asiento.
Donald era un coleccionista entusiasta, pero no tenía suficiente dinero para entregarse de lleno a su afición.
Grant, en cambio, era librero especializado en ejemplares raros.
Estaría dispuesto a pagar lo que hiciera falta si creía que luego podría revenderlo.
A las cinco menos cuarto no quedaba una silla libre y se habían repartido todos los programas.
Cuando Jayne nos hizo una seña, el personal empezó a servir el té.
No tenía mayor complicación. Cada mesa tenía leche y azúcar para el té, tarros de mermelada y nata espesa, y un plato con mantequilla para los scones .
Se colocaban dos teteras por mesa: una roja o rosa con té clásico de desayuno y otra verde o azul con té descafeinado.
Ayudé a Fiona y a Jocelyn a servir los scones .
No ocurrió ningún desastre y ninguna pieza de repostería acabó en el suelo.
Una vez repartida la comida, me quité el delantal en la cocina, al igual que Jayne, y luego fuimos a sentarnos con Leslie a la mesa de las voluntarias del museo.
Fiona y Jocelyn se quedaron pendientes de las teteras.
La sala olía a té caliente y a scones recién salidos del horno.
La gente charlaba, reía y se servía comida y bebida.
Vi a varias personas que tomaban notas en los márgenes del folleto de la subasta con gesto de gran concentración.
No todo el mundo vestía de escarlata, pero sí los suficientes como para que el conjunto pareciera una fiesta de San Valentín. Las voluntarias llevaban pequeños ramilletes hechos a mano prendidos en el pecho con cintas rojas, junto a la insignia del museo.
Jayne y yo estábamos sentadas en una mesa redonda que normalmente era para seis personas.
Nos habíamos apretado para hacer sitio a ocho.
Algunas de las mujeres eran clientas habituales de la librería, y me presentaron a las que no conocía.
Aun así, nuestra mesa tenía una silla vacía. Eché un vistazo a la sala.
—¿Dónde está Kathy?
—En la trastienda, haciendo las últimas comprobaciones —dijo Leslie—. Me ha pedido que la deje tranquila.
Una de las voluntarias era baja y regordeta, tenía las mejillas redondas como las de una ardilla y unos gestos nerviosos y espasmódicos que recordaban a un animalillo que salía por primera vez de su madriguera.
—No me sorprende que Kathy no quiera salir —dijo—. Si hay algo que le guste en este mundo, es ser el centro de atención, y esa mujer le ha fastidiado el momento estelar.
Todas dirigimos la mirada al mismo tiempo hacia Maureen, que se había inclinado sobre su acompañante para señalarle algo a la alcaldesa, invadiendo su espacio personal. La pobre mujer esbozaba una sonrisa forzada y era muy probable que hubiera puesto los ojos en blanco.
—La pobre Kathy se ha dejado la piel por el museo —afirmó otra de las voluntarias—.
Hemos tenido mucha suerte de poder contar con ella en este momento tan crítico.
¿Te imaginas cómo habría ido todo si Robyn aún estuviera al frente?
Se dedicaría a crear más y más comités y a debatir si necesitamos té y café para la reunión, o si basta con un poco de café.
—Adoptó un gesto serio y añadió con voz grave—: «El vigésimo segundo punto del día es decidir si necesitamos dos cucharadas de azúcar por persona o basta con una».
La mitad de las mujeres de nuestra mesa se rieron. La otra mitad frunció el ceño, en un gesto de desacuerdo.
—Puede que a Robyn le guste controlarlo todo —dijo la mujer-ardilla—, pero solo lo hace porque quiere lo mejor para la gente. Todas sabemos que se entregó en cuerpo y alma al museo; Kathy lo hace para sacar tajada.
—Eso es injusto, Sharon —terció otra de las presentes—. Te aseguro que si algo escasea en este museo es la gloria y el dinero.