Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

CAPÍTULO CUATRO

E l sábado siguiente, a las cuatro y media, conseguí librarme de servir el té en la subasta para recaudar fondos destinados a la restauración de la Casa Scarlet.

Me alegré de que Jayne hubiera dejado claro a Kathy y a Leslie que no podía organizar un afternoon tea clásico. Ya me habían liado en el pasado para ayudar a preparar eventos similares y, como quizá haya mencionado alguna vez, la cocina no es precisamente mi hábitat natural.

Jayne y Jocelyn se habían quedado hasta tarde la noche anterior, preparando cientos de scones .

Yo había llegado al salón de té a las cuatro menos cuarto, como se me había ordenado, para ayudar a fregar platos y preparar las mesas para la subasta.

Era un evento al que solo iban a poder acceder quienes hubieran comprado entrada con antelación, y Leslie, emocionada, había llamado a Jayne aquella misma mañana para contarle que se habían vendido todas las plazas.

Eso significaba que tendríamos el local lleno. Más que lleno, en realidad; las voluntarias del museo habían traído más mesas y sillas.

No me sorprendió la noticia. El equipo del museo se había movilizado toda la semana, empapelando el pueblo con carteles y haciendo llamadas. Cuando le comenté a Jayne que su eficacia me había impresionado, me respondió:

—La pobre Kathy necesita algo en lo que volcarse.

A veces se pasa de rosca con su discurso sobre los cambios y las escobas nuevas que iba a utilizar para quitar telarañas, pero a mamá le alegra que pueda canalizar su energía en un proyecto como este.

Bastante duro fue que su marido la dejara después de treinta y cinco años de matrimonio y dos hijos, pero es que encima lo hizo después de que enviara las invitaciones para la fiesta de aniversario.

—Menuda faena —dije—. ¿Se largó con alguna jovencita de rostro angelical?

—Todo lo contrario. La dejó por una mujer que conoció en una boda, en la iglesia. Fíjate. Y si me apuras, es hasta mayor que Kathy.

—Escándalo en la vicaría. Material de novela negra clásica. ¿Y esta invitada también tenía marido cornudo?

—Es viuda. Una viuda que heredó una fortuna tras la muerte de su esposo en extrañas circunstancias.

El drama conyugal de Kathy no me interesaba mucho, pero eso sí me llamó la atención.

—¿«Extrañas circunstancias»? ¿En qué sentido?

Jayne se encogió de hombros.

—No sé los detalles. Pasó cuando yo vivía en Boston. Mamá dice que la policía investigó a fondo, pero nunca se presentaron cargos.

—Gemma —me llamó una de las voluntarias del museo—, ¿puedes echarnos una mano con estas mesas, por favor?

Obedecí de inmediato. Habíamos decidido juntar las mesas y rellenar el espacio que quedara con mesas plegables y sillas de plástico para dar cabida al mayor número posible de personas.

Ayudé a reorganizar el mobiliario mientras Fiona y Jocelyn, rápidas y eficaces, cubrían las mesas con manteles rojos y colocaban servilletas, cubiertos, tazas de porcelana fina y platos a juego.

Los manteles los había proporcionado el museo.

Como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta el nombre del lugar, la Casa Scarlet, eran de un rojo intenso, escarlata.

Cada mesa tenía un jarrón de plástico delgado con un solo clavel rojo, cortesía de una de las voluntarias.

Habían pedido a los invitados que vistieran de rojo para mostrar su apoyo al museo, y yo había cumplido poniéndome la única prenda roja que tenía en el armario: una blusa roja que combiné con unos pantalones pirata negros.

Jayne había comprado cordones rojos especialmente para hoy, que entregó a Jocelyn y Fiona para que se los pusieran en las zapatillas de trabajo.

Mi cometido consistía en estar en la puerta y comprobar las entradas.

Había conseguido librarme de servir el té cuando Jayne recordó los desastres anteriores.

Poco antes de que se abrieran las puertas, regresé un momento a la librería, cogí El valle del miedo de un cajón que había bajo el mostrador de ventas y tomé una cesta del suelo.

El libro era la aportación personal del tío Arthur, y yo necesitaba donar algo más en nombre de la tienda.

Había comprado una bonita cesta de mimbre y la había llenado con los dos tomos de Las obras completas de Sherlock Holmes—, Memoirs from Mrs. Hudson’s Kitchen , de Wendy Heyman-Marsaw; un ejemplar de la antología In the Company of Sherlock Holmes ; uno de Sherlock Holmes and the Case of the Disappearing Diva , de Gemma Halliday y Kelly Rey; y un libro para colorear titulado Sherlock: el palacio mental— , una taza con el mensaje I AM SHER LOCKED , un libro de fotografías de la serie de Jeremy Brett y un DVD de Asesinato por decreto , con Christopher Plummer en el papel de Holmes.

Estaba satisfecha con la cesta: tenía algo para cada tipo de fan de Holmes.

—Llevo el móvil encima, por si me necesitas —le dije a Ashleigh, que hoy lucía un austero traje de chaqueta negro, llevaba el pelo recogido en un moño tenso y gafas de montura transparente.

En una ocasión me había contado que elegía el vestuario de cada día en función de su estado de ánimo.

Al parecer, hoy se había reencarnado en una subastadora de Sotheby’s.

—Todo irá genial —dijo—. Es la comidilla del pueblo.

—Volveré en cuanto termine. Con suerte, alguno de los asistentes se dejará caer por aquí después.

Llevé mi donativo al pequeño almacén de la Señora Hudson.

Durante el día, habíamos tenido un flujo constante de gente que venía a dejar sus aportaciones para la subasta.

Leslie Wilson estaba allí, recibiendo los artículos y tachándolos de su lista.

El cuarto no era muy grande y hoy estaba lleno hasta los topes.

Vi asomar la cara de Leslie detrás de una caja cuando dejé mi cesta y El valle del miedo sobre una mesa.

Colocó unas tijeras encima de la caja y cogió su portapapeles.

—Esta es la última, Gemma —dijo, marcando el artículo de su lista con un gesto dramático.

—¿Y tú qué harás durante la subasta? —pregunté—. Espero que no te vayas a quedar aquí encerrada vigilando las cosas.

Me sonrió.

—Por suerte, no. Una de las voluntarias y yo iremos sacando los objetos por turnos. Kathy ejercerá de subastadora.

—Se ha volcado con esto.

—Ha sido una auténtica maravilla. Se ha entregado en cuerpo y alma para organizar el evento.

Es increíble lo rápido que ha salido todo adelante.

Sin su entusiasmo y energía no habría sido posible.

En los últimos tiempos, había muchas tensiones en el patronato del museo, que se había convertido en un sitio muy poco agradable.

Al principio hubo quien no recibió con agrado que Kathy asumiera la presidencia, pero con esto se ha ganado a todo el mundo.

En ese sentido, y es el único, el incendio nos ha hecho un favor.

—Como suele pasar cuando ocurre una desgracia —dije.

Leslie miró su reloj.

—Son casi las cuatro y media.

—Pues será mejor que me ponga manos a la obra. Buena suerte.

Me fui para ocupar mi puesto junto a la puerta de entrada.

Habíamos cerrado la puerta corredera que separaba el salón de té de la librería para que nadie pudiera colarse por ahí.

Lo único que tenía que hacer era coger las entradas y entregar una copia del programa de la subasta, que incluía todos los objetos, los donantes y el precio inicial sugerido de cada uno.

Se había congregado una multitud de gente frente al local, un mar de personas vestidas de rojo que esperaban a que les abriera la puerta.

En cuanto lo hice, Maureen Macgregor se abrió paso a empujones entre la muchedumbre, con un rectángulo envuelto en papel beis bajo el brazo.

Al parecer no había recibido el mensaje sobre el código de vestimenta y no iba de rojo.

—La entrada, por favor —le pedí.

Me mostró el paquete.

—No necesito entrada. He traído algo para que lo subastéis.

A juzgar por el tamaño y forma, era un cuadro.

—Es todo un detalle de tu parte, Maureen, pero necesitas una entrada. Se trata de un acto benéfico. Hasta yo he tenido que comprarla. Jayne también, y eso que es quien se ha encargado de todo el trabajo.

—Si sois tontas, no es culpa mía —me soltó.

Intentó pasar, pero me mantuve firme.

—No he visto tu cuadro en la lista —le dije.

—¿Qué lista?

—La de objetos que se van a subastar. A la gente le gusta saber cuáles son con tiempo para pensarse bien qué van a comprar.

—No necesito aparecer en ninguna lista. ¿Dónde se situará el subastador? Quiero ponerlo a su lado para que lo vea todo el mundo.

—¿Por qué no podemos entrar? —preguntó un hombre de la cola.

—Apártate de una vez, Maureen —dijo otra mujer—. No quiero pasarme todo el día en la calle.

Maureen se volvió.

—Lo siento, Janet O’Leary, pero quiero donar uno de mis cuadros para la subasta y tengo que solucionar un par de temas antes. Quiero asegurarme de que lo manejen con el debido cuidado.

—Yo también he hecho un donativo —replicó Janet. La suave brisa agitó la pluma negra que lucía en el tocado rojo—, pero no intento solucionar mis problemas frente a la mitad de los vecinos de West London.

La imagen del museo podía verse afectada negativamente si se producían disturbios en Baker Street.

—¿Te importa sustituirme un momento, Fiona? —le dije, haciéndole un gesto.

—Pero Jayne me ha pedido que…

—Enseguida vuelvo. —Agarré a Maureen del brazo—. Vamos a buscar a Kathy.

Cruzamos el salón, esquivando mesas, sillas y voluntarias del museo, hasta que llegamos junto a Kathy, que se encontraba al lado del estrado que nos habían prestado en la biblioteca.

Estaba estudiando la lista. Vestía de rojo riguroso.

Blusa roja, americana roja, pantalones rojos y zapatos rojos.

La americana le iba un poco grande y los pantalones, largos.

Me pregunté si le habían prestado la ropa.

Kathy oyó a Maureen ordenándome que la soltara y levantó la vista. Nos miró con ojos desorbitados y frunció el ceño.

Maureen agitó el paquete para mostrárselo.