Capítulo tres #2
Jocelyn nos trajo una bandeja con sándwiches variados y pastelitos. Una de las ventajas de ser copropietaria de un salón de té es que puedo darme el gusto de comerme las sobras.
—El cream tea del que habéis hablado tu madre y tú es perfecto —afirmó Kathy.
Jayne asintió.
—Podemos dejar los scones preparados con antelación, ¿verdad, Gemma?
Confiaba, tal vez de forma muy inocente, en que ese «podemos» no me incluyera.
—Claro —respondí.
—Con solamente dos tipos de té —dijo Jayne—: té inglés clásico de desayuno y una opción sin cafeína. Así no se complicará más de la cuenta.
—De este modo los asistentes podrán centrarse en lo importante —dijo Leslie Wilson—: pujar en la subasta.
—¿Habéis conseguido objetos interesantes? —preguntó Jayne.
—Ya lo creo —contestó Leslie—; todo el mundo ha sido muy generoso.
—Casi todo el mundo —murmuró Kathy.
Jayne y yo nos miramos.
—La gente ha donado lo que ha podido, y no esperaba más —dijo Kathy—. Solo una persona me ha dicho a la cara que no va a donar nada.
—¿Maureen no va a colaborar? —pregunté.
Kathy me lanzó una mirada curiosa, la que pone la gente cuando cree que le has leído el pensamiento. No leo la mente, tan solo me limito a observar.
Y ayer observé a Kathy cuando salía de la tienda de Maureen, situada justo enfrente de la mía, en el 221 de Baker Street.
Era un día precioso de verano en Cabo Cod, pero Kathy salió a la calle con una cara que era todo un poema, como si la siguiera una estela de nubarrones de tormenta.
Maureen Macgregor, la propietaria de Bellas Artes de la Playa, la siguió hasta la puerta y se quedó allí de pie, viendo cómo Kathy se cruzaba de brazos y daba golpecitos con el pie, esperando a que cambiara el semáforo.
Maureen lucía su gesto habitual, una mueca que siempre llevaba grabada en el rostro, incluso cuando dormía.
No era una mujer que destacara por su espíritu comunitario.
Ni siquiera se molestaba en decorar la acera de su tienda con flores o macetas: se limitaba a acercar las de las tiendas vecinas al amparo de la oscuridad.
—Tuvo la desfachatez de decirme que no ve por qué debería asumir la pérdida de uno de sus artículos solo porque el museo cometió la insensatez de arder —dijo Kathy, con una mirada asesina—. Como si su tienda y ella no formaran parte de esta comunidad.
Escogí un sándwich de pepino con queso crema, mi favorito.
—Hablando de la reina de Roma, por la puerta asoma —dijo Jayne.
Como si nuestra conversación la hubiera invocado, se abrió la puerta, sonaron las campanillas y Maureen Macgregor entró en el salón de té.
Tiene la costumbre de aparecer minutos antes de la hora de cierre, confiando en que le hagamos un descuento en lo que quede del día.
Hacía tiempo que Jayne le había dejado muy claro a su personal que Maureen debía pagar el precio normal, pero aun así ella nunca dejaba de pedirlo.
Yo sospechaba que, cuando Jayne o yo no estábamos, las chicas cedían solo para que las dejara en paz.
—Buenas tardes, Maureen —dije con tono jovial—. Qué alegría verte hoy.
Gruñó, como de costumbre.
—Qué suerte tenéis de poder sentaros a charlar y tomar un high tea en horario laboral —nos soltó.
— ¿High tea? —dije por enésima vez—. Aquí no servimos high tea . Servimos afternoon tea . El high tea es una cena típica de la clase obrera, mientras que el afternoon tea…
—No te enrolles. Me sorprende que no os hayáis ido a pique, con lo que os gusta hablar.
Jayne y yo estábamos sentadas alrededor de la mesa, de cara a la puerta. Leslie y Kathy ocupaban los bancos bajo la ventana. Kathy resopló y Maureen reparó en su presencia.
—Oh, mirad: el comité del museo merendando a cuenta del presupuesto del museo. Y encima tenéis la cara de pedirme que colabore.
—Eso no es cierto —dijo Leslie—; los fondos del museo se usan exclusivamente para su funcionamiento.
—No te molestes, Leslie —dijo Kathy, sirviéndose otra taza de té.
Su voz era serena, pero le temblaban las manos de la rabia. Maureen la sacaba de quicio. Me pregunté si era solo por negarse a donar un faro de plástico o un lote de postales para la subasta del museo.
—Pensaba que una subasta benéfica sería una forma perfecta de dar a conocer el arte que vendes, Maureen —comenté.
Su tienda, Bellas Artes de la Playa, vendía de todo menos eso.
Tenía los mismos productos para turistas hechos en China que se veían por toda la costa: postales con imágenes típicas del cabo, algunas de artistas locales y una selección de obras de la propia Maureen.
Jayne opinaba que parecían sacadas de esos libros que te enseñan a colorear usando números, y no podía llevarle la contraria.
La mitad de la gente que entraba en su tienda lo hacía por error, creyendo que era la tienda de Sherlock Holmes.
En lugar de darme las gracias cuando yo le mandaba clientela por el mismo motivo, mi gesto solo servía para exacerbar aún más su resentimiento.
—¿Y eso qué significa? —me espetó.
Tomé un sorbo de té.
—La nueva dueña presumirá de su adquisición con sus amigas. Quizá hasta comparta la tarjeta de visita que lleva pegada en la parte de atrás del cuadro. Los asistentes a subastas benéficas suelen ser gente de posibles, ¿no te parece, Kathy?
—Es verdad.
—Y sus amistades también —añadí, eligiendo una tartaleta de frambuesa—. Tú decides. El museo entregará justificantes fiscales para que los donantes puedan deducírselo en la declaración de la renta.
Maureen soltó un bufido, pero capté un destello de interés en sus ojos al oír las palabras mágicas: «deducción fiscal». Dio media vuelta y cruzó la sala hasta la barra.
No oí lo que dijo, pero Fiona respondió:
—Lo siento, Maureen, no tenemos por costumbre hacer descuentos.
—Pero el otro día…
—Son tres con cincuenta —se apresuró a replicar Fiona.
Maureen refunfuñó, contó lentamente tres dólares con cincuenta en monedas, aceptó una bolsa de papel con una porción de tarta de fresa y se marchó, refunfuñando.
Kathy negó con la cabeza en cuanto la puerta se cerró tras ella.
—Qué mujer más desagradable.
—No te lo tomes como algo personal —le dije—. Es igual de desagradable con todo el mundo.
—No he oído nada, pero ¿se sabe ya qué provocó el incendio? —preguntó Jayne. Yo sí lo sabía, porque Ryan me lo había contado durante la cena.
—El periódico ha intentado restarle importancia porque no hubo heridos y es muy probable que fuera un accidente —respondí—.
La última voluntaria que salió se olvidó de apagar una vela que había en una mesa del salón principal.
La vela se consumió y la llama moribunda debió de prender en un papel que alguien había dejado demasiado cerca.
Kathy resopló.
—Qué negligencia. ¿Cómo se puede ser tan estúpida?
La miré, sorprendida por el tono.
—No seas injusta —replicó Leslie—. Los accidentes son imprevisibles.
—Eso no es excusa —afirmó Kathy—. No llevo mucho tiempo como presidenta del patronato, pero sí el suficiente para saber que hay que hacer cambios, y pronto.
Robyn era descuidada y demasiado complaciente, y ahora que estoy al mando pienso eliminar todas las telarañas que dejó tras de sí.
Estaba en ello cuando empezó el incendio.
En cuanto se haya celebrado la subasta, tendré aún más motivos para tomar todas las medidas necesarias y lograr que el museo funcione de un modo más eficiente.
—Robyn hizo un buen trabajo cuando estaba al frente del patronato —replicó Leslie—. Tenía su propio estilo, sí, pero no se le puede culpar del incendio. Ni siquiera forma parte del patronato ya.
—Mantuvo demasiado tiempo a esa mujer inútil. A ella me refería cuando hablaba de telarañas.
—¿Qué tipo de cambios piensas hacer? —preguntó Leslie.
—Ya lo verás. Por ahora, necesito que te centres en la subasta. —Kathy recogió su bolso—. Gracias por todo, Gemma. Nos vemos el sábado que viene a las cuatro y media.
—¿Qué pasa el sábado que viene a las cuatro y media? —pregunté.
—¡Gemma! —exclamó Jayne—. No me digas que ya se te ha olvidado: vas a servir el té.