Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo tres
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Capítulo tres

CAPÍTULO TRES

E l tío Arthur me llamó justo antes de que lo hiciera yo para preguntarle qué podíamos donar para la subasta benéfica del museo.

Y sí, estaba de crucero por el Mediterráneo, pero su red infinita de amigos lo mantenía al día de todo lo que sucedía en West London.

Y, cuando digo que estaba de crucero, no me refería a uno de esos buques gigantescos con piscina y sala de billar, mesas con manteles de tela y copas de cristal.

Me refería a un velero de ocho o nueve metros de eslora que manejaba él mismo y uno o dos de sus antiguos compañeros de la marina.

El tío Arthur había hecho su carrera en la Marina Real y había alcanzado el rango de capitán de acorazado.

Decir que llevaba el mar en la sangre era quedarse corta.

Arthur Clive Doyle tenía mar en las venas, en lugar de sangre.

—¿Qué tiempo tenéis por ahí? —le pregunté.

—El otro día cayeron cuatro gotas —respondió con su voz profunda, capaz de dar órdenes ante un huracán de categoría cinco.

Cabía la posibilidad de que las «cuatro gotas» hubieran sido una tormenta de la misma magnitud que la que desvió a Ulises de su curso—.

Hemos atracado en Palma de Mallorca para solucionar un problemilla.

El «problemilla» en cuestión podía ser un mástil roto o un boquete en el casco. El tío Arthur era el paradigma de la flema británica.

—Me ha escrito Estelle Johnson para decirme que el comité del museo necesita donaciones para su subasta benéfica —dijo mi tío.

—Así es. Estaba pensando en darle una cesta de libros de la tienda.

—Creo que podríamos ofrecerles algo mejor, Gemma. La Casa Scarlet es un elemento clave del negocio turístico de West London.

—¿En qué habías pensado? —le pregunté.

— El valle del miedo .

—¿Estás seguro? Es tu libro favorito.

—Razón de más para permitir que encuentre un nuevo hogar. Es una buena causa. ¿Podrías encargarte de todo? El ejemplar está en la estantería de mi dormitorio.

—Yo me ocupo.

—Dale un beso a Violet de mi parte —dijo, y colgó.

El valle del miedo , al que había hecho referencia mi tío, era un original de Sherlock Holmes, la última de las cuatro novelas del canon, escrita en 1914.

La suya era una primera edición en un estado perfecto.

Ojalá se vendiera por un precio justo. Los libros de viejo solo tienen valor para la gente que sabe apreciarlos.

El resto de los lectores los considera libros de segunda mano que ocupan espacio en las estanterías y solo sirven para acumular polvo.

La Librería y Emporio Sherlock Holmes se encuentra en un pequeño edificio con las molduras y marcos blancos típicos, concebido originalmente como una casa.

La tienda ocupa una sala de la planta baja, en la que los muebles y las estanterías separan las distintas áreas: originales de Sherlock Holmes, pastiches, no ficción, novela victoriana, literatura para jóvenes y objetos de regalo.

También hay un rincón de lectura con un sillón cómodo, una mesita y una lámpara junto al escaparate.

Bajo las escaleras, hay una puerta que da al callejón.

Las zonas privadas del edificio están en el primer piso: mi despacho, la sala de personal y el almacén.

Si alguna vez tenemos que mudarnos, jamás volveré a comprar un local que me obligue a cargar cajas de libros de un piso a otro y a subir diecisiete escalones.

Estábamos en el apogeo de la temporada turística y, por suerte, teníamos la librería llena.

Por lo demás, había transcurrido ya una semana desde el incendio, sin ninguna novedad destacable.

Era jueves por la tarde y había varios clientes curioseando entre las estanterías de la librería mientras Ashleigh ayudaba a una mujer a elegir el regalo de cumpleaños de su nieta.

Le mostró un ejemplar de Rivals in the City de Y. S. Lee y la mujer dijo:

—Una idea perfecta, gracias. También quiero uno de esos libros con ilustraciones de Lego. Me parece una idea muy ingeniosa. Es una forma fabulosa de introducir a los jóvenes en el mundo de los clásicos de la literatura.

Se refería a la serie de relatos originales de Holmes ilustrada por P. James Macaluso.

Miré el reloj de la pared, que había junto a una reproducción enmarcada del Beeton’s Christmas Annual de diciembre de 1887, la primera vez que apareció Sherlock Holmes en una publicación, en Estudio en escarlata .

Según el reloj, eran las 15:38, hora de irse. Cada tarde, a las cuatro menos veinte en punto, iba al Salón de Té de la Señora Hudson para tomarme un té y mantener una reunión de negocios con Jayne.

—Voy al salón. Enseguida vuelvo —dije.

Ashleigh asintió con la cabeza. Uno de los momentos favoritos de mi día es ver el vestuario que ha elegido mi ayudante, que no se limita a cambiar de ropa, sino que cambia su personaje a diario.

Hoy lucía un sombrero de paja de ala ancha, una camiseta con el lema La jardinería ES mi vida, entre una lluvia de flores, unos pantalones pirata azul marino holgados y unas botas de agua de color rosa y morado.

No se había maquillado, pero parecía diez años mayor que ayer.

Atravesé la puerta corredera que separaba la librería del salón de té. Jayne estaba ordenando varios objetos en las estanterías junto a la cocina, donde tenemos una pequeña selección de tés y juegos de té, así como de conservas de productores locales a la venta. Tenía un cordel rosa en las manos.

—¿Qué te parece?

—No gran cosa. Es fea.

—Venga ya, Gemma, no lo digas en voz alta.

—Pues entonces no deberías habérmelo preguntado en voz alta. ¿Qué es?

—Un capricho. Un adorno. Las hace una mujer de Brewster y le he comprado un par a ver si se venden.

Ató un extremo del cordel a un gancho clavado en el estante superior. Debía de medir un metro y medio. Jayne entrelazó las asas de unas tazas de té con el cordel, a intervalos regulares. Cuando acabó, ató el segundo «adorno» al otro extremo de la estantería. Miré la etiqueta del precio.

—¿Cincuenta dólares?

—Es hecho a mano, Gemma, obra de una artista local.

—Nunca se sabe lo que puede comprar la gente —afirmó la mujer que vendía tazas con citas de Sherlock Holmes y figuras de cartón pluma a tamaño real de Benedict Cumberbatch.

—Ha venido mi madre, porque quiere hablar con nosotras —dijo Jayne.

Leslie Wilson estaba sentada en la mesa del rincón junto a la ventana, la que Jayne y yo solemos elegir para nuestras reuniones, si está libre.

La acompañaba una mujer a la que no conocía, aunque me sonaba de haberla visto por el pueblo.

Llevaba una insignia escarlata en la blusa, emblema del museo.

Leslie me saludó con la mano y me dirigí hacia ellas.

Las campanillas de la puerta tintinearon, al salir un grupo de clientas.

El Salón de Té de la Señora Hudson cierra a las cuatro.

Había tres mesas ocupadas, además de la nuestra.

Fiona llevó un plato de scones con pequeños tarros de mantequilla, nata y mermelada de fresa a una mesa de dos personas.

En otra, un grupo de seis mujeres bronceadas y risueñas, rodeadas de bolsas de compra apiladas por doquier, apuraban el último sorbo de té.

En el rincón del fondo, una pareja joven se devoraba con la mirada mientras el té se enfriaba y los pasteles permanecían intactos.

Jayne y yo nos sentamos y Jocelyn dejó una tetera en el centro de la mesa. La infusión de hoy era Darjeeling.

—Gemma —dijo Leslie—, creo que no conoces a Kathy. Kathy Lamb, Gemma Doyle. Kathy preside el patronato de la Casa Scarlet y dirige la subasta.

—Encantada —dijimos al unísono.

Kathy rondaba la cincuentena y se había divorciado hacía poco, a juzgar por la leve marca del anillo en el dedo correspondiente.

Viendo las ojeras y las profundas arrugas que nacían en la comisura de la boca, también seguía resentida.

A lo largo de los años, la había visto por el pueblo algunas veces.

En el pasado, su cabello, hoy de un rubio irregular, era castaño con canas, y el maquillaje, discreto, como manda la tradición de la clase media de Nueva Inglaterra.

Ahora lo calificaría de combativo: labios perfilados con un rojo intenso, ojos delineados con un negro feroz.

Había ganado un buen puñado de kilos recientemente, seis o siete, lo que indicaba, probablemente para su disgusto, que el divorcio no había sido decisión suya y que una amante joven —o al menos nueva— del señor Lamb era la responsable de la separación.

Sospechaba que los abogados tenían una minuta astronómica y, aunque el acuerdo le hubiera resultado favorable, no la había dejado en una posición desahogada.

Vestía ropa de hacía varios años, mostraba signos de desgaste y ya no le sentaba bien con el peso que había ganado.

No tenía dinero, ni ganas, de comprarse nada nuevo.

Jayne me ha enseñado a no decirle a la gente lo que sé sobre ellos. Dice que no les gusta, así que me abstuve de ofrecerle mis condolencias a Kathy. En su lugar, le tendí una hoja que había imprimido del catálogo de un anticuario:

—Esto te permitirá hacerte una idea del valor que puede alcanzar el libro que vamos a donar y te ayudará a fijar el precio de salida.

—Muchísimas gracias —dijo Kathy—; es un gesto muy generoso por vuestra parte. Seguro que se venderá por una buena suma.

—No es mío —aclaré—; es un regalo de mi tío abuelo Arthur, pero ahora está de viaje, así que no podrá asistir a la subasta.

—Dale las gracias de mi parte. Y a ti, Jayne, gracias por ofrecerte a acoger nuestro modesto acto.

—Es un placer. ¿Verdad, Gemma? ¿Gemma?

—¿Eh? Ah, sí. Un placer.

—Enviaremos un justificante fiscal a todo el mundo por cada donación —dijo Leslie Wilson.

—Espero que lo entiendas —intervino Jayne—, pero en julio no puedo organizar un té clásico con la cantidad de gente que esperáis.

Estamos en plena temporada alta. —Hizo un gesto para señalar el salón de té—.

En verano, abrimos a las siete y a las cuatro de la tarde mi equipo y yo estamos para el arrastre.