Capítulo dos
CAPÍTULO DOS
E n lugar de tener que desplazarme hasta la comisaría fue la policía quien vino a verme, representada por el detective Ryan Ashburton, algo que siempre resultaba mucho más agradable.
Abrí la puerta de atrás, me froté los ojos para desperezarme y vi a Ryan, con un vaso de té extragrande para llevar, esperándome.
Acepté el té sin pronunciar ni una palabra y me lo acerqué a la cara. Me embargó un aroma cálido y aromático.
—Mmm…
Me aparté y entró Ryan, que saludó a Violet con el mismo entusiasmo que había mostrado ella al verlo. Una vez completadas las muestras de admiración mutuas, Violet salió al jardín para ponerse al día de las últimas novedades de las ardillas de los vecinos.
—¿A qué debo el honor de la visita?
Tomé un sorbo de té inglés, con un poco de leche, sin azúcar; preparado como a mí me gustaba.
—Eres la heroína de la hora —dijo.
—Ah, ¿sí?
Todavía estaba medio dormida; tenía legañas y llevaba un pijama de topos amarillos, de modo que no me sentía como una heroína. Además, aún tenía la marca de la almohada en las mejillas. Eran las ocho de la mañana. Había dormido como un tronco, ajena a los sueños de incendios y humo.
Ryan me dio un beso en lo alto de la cabeza y se sentó en una silla de la cocina. Yo me dejé caer en la otra, intentando en vano poner un poco de orden en mis rizos salvajes.
—Anoche hiciste una llamada a Emergencias por el incendio del museo.
—Violet y yo habíamos salido a dar nuestro paseo nocturno y vi llamas en la ventana.
No obstante, debo admitir por modestia que fue Violet la primera que se dio cuenta.
Soplaba un viento del mar hacia tierra, que alejaba el humo de mí.
De no haberme alertado, habría pasado de largo.
Iba a subir por la colina del siguiente cruce para volver a casa.
—En tal caso, le diré a la alcaldesa que le conceda la medalla a Violet.
La heroína del día entró en la cocina y Ryan le rascó la cabeza. Seguro que prefería eso antes que un pedazo de latón brillante con un lazo.
—¿Sabemos ya qué lo causó? —pregunté.
—El especialista en incendios ya está investigando el lugar. Al parecer, alguien dejó una vela encendida. Louise está hablando con los trabajadores del museo y le he dicho que yo me encargaría de ti.
Le sonreí.
—Ya te gustaría.
Ryan Ashburton era un hombre atractivo, pero más aún cuando reía, como estaba haciendo ahora.
Medía metro noventa, era de complexión fuerte, pómulos cincelados, el pelo negro y corto, unos ojos azules muy expresivos, y una mandíbula fuerte que, por mucho que estuviera recién afeitada, siempre parecía lucir una barba incipiente.
Ryan y yo teníamos una relación complicada.
En el pasado, habíamos tenido una relación seria y, de hecho, habíamos llegado a prometernos.
En cuanto a ese fiasco, del que yo era la única culpable, cuanto menos dijera, mejor.
Cuando rompimos, decidió mudarse a Boston durante unos años y había vuelto hacía tan solo unos meses, al quedar vacante el puesto de detective jefe de la policía de West London, y descubrimos que lo que sentíamos el uno por el otro no había desaparecido.
Sin embargo, yo había tenido un par de desencuentros con la policía del pueblo, a pesar de que no era culpa mía.
Ryan no lo pasó muy bien cuando su jefe y la detective Estrada pensaron que yo ejercía una influencia nociva en su trabajo.
Su carrera era muy importante para él y, por lo tanto, también para mí, de modo que ahora estábamos en una encrucijada.
Manteníamos una relación, pero no con todas las de la ley.
—¿Pudiste…, esto…, deducir algo, Gemma? —me preguntó.
—Noté el olor del humo y vi las llamas. Até cabos y enseguida me di cuenta de que el museo estaba ardiendo. Ni Sherlock Holmes lo habría hecho mejor.
No picó el anzuelo.
—¿No viste ni oíste nada?
—Nada. No vi a nadie y no oí nada extraño que pudiera parecer fuera de lugar.
Solo el fuego. Cogí mi teléfono, y marqué el 911 en cuanto me di cuenta de lo que estaba pasando.
Llamé a la puerta por si había alguien dentro, un vagabundo, no sé.
Pero estaba todo cerrado con llave y no respondió nadie.
En cuanto llegaron los bomberos, me fui.
—Examiné su rostro—. No pareces muy preocupado, de modo que supondré que no había nadie dentro.
Negó con la cabeza.
—No, y estamos prácticamente convencidos de que no fue un incendio intencionado.
Tomé un sorbo de té.
—¿Has desayunado? Puedo preparar unos huevos revueltos y el lunes compré salchichas en el mercado de agricultores.
—No estaría mal —respondió Ryan.
Violet, que tampoco había desayunado aún, ladró para mostrar su conformidad.
Cuando Ryan se fue, tuve que empezar a prepararme para irme a trabajar. Ashleigh me había mandado un mensaje para decirme que ya se encontraba mejor y que pensaba venir a la librería, una noticia que me alegró el día.
A las diez menos cinco, entré en el Salón de Té de la Señora Hudson para pedir un muffin y otra taza de té. El tío Arthur y yo tenemos el cincuenta por ciento del negocio y Jayne Wilson, que se encarga de la gestión y es la pastelera jefa, es dueña de la otra mitad.
—Buenos días, Gemma —me dijo Fiona desde la barra, cuando me llegó el turno.
—Me alegra verte de nuevo —le dije—. ¿Ya te encuentras mejor?
—Mucho mejor. ¿Te has enterado del incendio de anoche?
—Sí.
—A Jayne le gustaría hablar contigo si tienes un minuto. Me ha dicho que podías pasarte.
—Gracias.
Acepté el muffin de frambuesa como segunda opción.
Al parecer, la Gran Crisis de los Arándanos todavía no se había resuelto.
Atravesé las puertas batientes para adentrarme en los dominios de Jayne.
A estas alturas, sabía que la imagen de caos que me encontré era engañosa.
Mi amiga sabía lo que se hacía y era una de las personas más competentes y eficientes que conocía.
Los escasos momentos de pánico no acostumbraban a durar mucho.
La crisis del día anterior había sido un hecho aislado.
Sí, era su socia empresarial, pero cuando estoy al otro lado de la barra, prefiero no decir nada.
Nunca me encuentro del todo cómoda en una cocina, sea del tipo que sea.
A menos que esté probando alguna de las delicias de Jayne, claro.
—¿Qué me cuentas? —le pregunté.
Un mechón rubio había escapado de la redecilla para el pelo y Jayne se lo apartó de los ojos con la mano manchada de harina mientras removía una masa de color amarillo pálido con una batidora industrial.
Jocelyn, su ayudante, estiraba una masa y la cortaba en pequeños círculos para preparar las bases de unas tartaletas de frutas.
También había varias bandejas con pan de molde para los sándwiches del almuerzo, y scones para el té que se estaban enfriando en los estantes.
Y había algo que olía muy bien a punto de salir del horno.
A veces, pensaba que el paraíso debía de oler como la cocina de Jayne.
—¿Te has enterado de lo del incendio que hubo anoche en el museo del puerto? —me preguntó mi amiga.
—Sí.
—Gracias a Dios, no hubo heridos, ni siquiera animales, pero el edificio ha sufrido graves daños.
—Varios de los muebles han quedado destruidos, y es una pena, porque eran preciosos —dijo Jocelyn—. Algunos eran del siglo XVII .
—No puedo quedarme mucho tiempo; tengo que abrir la librería —le advertí—. ¿Qué querías decirme?
—Mi madre trabaja de voluntaria en el museo —me dijo.
—Es verdad.
Leslie Wilson era un pilar de la comunidad de West London que formaba parte de todos los comités dedicados a la promoción del arte y la cultura en el pueblo.
—El comité del museo ha organizado una reunión de emergencia para esta mañana. Tienen que recaudar fondos para restaurar la casa y comprar los muebles destruidos.
—Han reaccionado rápido.
—Y que lo digas. Mi madre dice que trasladarán las actividades educativas al granero y el jardín trasero hasta que lo tengan solucionado, pero quieren reabrir la casa cuanto antes.
—Es digno de admiración. ¿Puedo preguntar por qué me lo cuentas?
—Porque será una obra cara, Gemma. Muy cara. El museo es muy importante para el pueblo. Atrae a visitantes, los mismos que luego compran en Baker Street.
—O que toman un té —añadió Jocelyn.
—Lo sé —dije—. Será un placer hacer una donación.
—Mi madre me ha dicho que tienen pensado empezar con una subasta y que van a pedir a todos los comercios que donen algo.
—Puedo contribuir con una cesta de libros.
Jayne tenía treinta y dos años, como yo; era bajita, delgada y muy atractiva; tenía el pelo rubio, un rostro en forma de corazón, buenos pómulos, una tez inmaculada y una dentadura perfecta.
Levantó el cuenco ella misma. Era mucho más fuerte de lo que parecía.
Mientras hablaba, fue repartiendo la masa en los moldes.
—Piensa a lo grande, Gemma. Mucho más grande.
Intenté pensar a lo grande. En mi tienda me dedicaba principalmente a la venta de libros.
Me había especializado en el canon de Sherlock Holmes y las novelas y relatos de pastiche modernos, aunque también vendíamos libros de no ficción sobre la vida y la época de sir Arthur Conan Doyle, así como novelas históricas de la era victoriana.
Aparte de libros, también vendíamos objetos relacionados con el Gran Detective y las diversas películas y series de televisión.
No solía vender objetos dignos de coleccionista, salvo alguna que otra segunda edición o una primera en mal estado.
—Tal vez a Arthur se le ocurra algo —dijo Jayne.
—Se lo preguntaré. ¿Tú qué donarás?
Se volvió hacia mí con una sonrisa. «Oh, no», pensé.
—Les hemos ofrecido el salón de té para que celebren la subasta.
—«Les hemos ofrecido». Nosotras, ¿verdad?
—Sí, Gemma. Tú y yo.