Capítulo uno #2
La casa más antigua de West London es ahora un museo.
Construida en 1648 por Robert Scarlet y su familia, que se establecieron en Massachusetts en 1640, se la conoce como Casa Scarlet en su honor.
La finca tiene un pequeño huerto y un jardín de plantas aromáticas, así como un granero funcional.
La casa en sí se ha restaurado para que luzca en su estado original y tiene muebles y utensilios originales.
Un equipo de voluntarios vestidos de época cuidan de las ovejas y cabras, afilan guadañas en el granero y hacen pan o pasteles en la cocina.
En primavera goza de una gran popularidad como visita escolar y en verano y otoño recibe las visitas de los turistas.
Al pasar junto al museo, Violet se detuvo de forma tan brusca que choqué con ella.
Irguió las orejas y lanzó un ladrido ronco.
Movió la cabeza de un lado a otro y la alzó, olisqueando el aire.
No era su reacción típica cuando detectaba la presencia de un gato o una ardilla.
Volvió a ladrar. Agucé el sentido del olfato y percibí lo que había llamado la atención de Violet.
Un levísimo olor a humo impregnaba el aire, pero desapareció enseguida.
La brisa soplaba del mar y nos traía su olor salado.
—¿Qué pasa? —le pregunté a Violet, que no apartaba la mirada de la valla blanca que rodeaba la Casa Scarlet.
En ese instante, el viento cambió y arrastró de nuevo el olor a humo. Violet ladró.
Retrocedí rápidamente y miré hacia la puerta. Había una luz eléctrica encendida que llamaba la atención. En el granero, vi un suave resplandor, pero por lo demás, reinaba una oscuridad absoluta.
Entonces lo vi: en la ventana delantera, un destello rojo y amarillo. Sin embargo, a pesar de que estaba ante mis ojos, no acababa de entender de qué se trataba. La luz empezó a moverse y a crecer.
«Fuego», pensé.
Abrí la verja y eché a correr hacia el edificio. Saqué el teléfono que llevaba en el bolsillo, solté la correa, pulsé el botón de emergencias y llamé al 911.
—¿Bomberos, policía o ambulancia? —me preguntó una voz serena.
—Bomberos. Casa Scarlet, el museo de Harbor Road. Veo llamas.
—¿Se encuentra usted a salvo, señora? ¿Hay alguien en el interior del edificio?
—Estoy bien, había salido a pasear. Estoy fuera. Voy a comprobarlo.
—No lo haga —me advirtió, pero su respuesta quedó a medias cuando volví a guardar el teléfono en el bolsillo.
Violet ladraba sin parar, de manera frenética. Los animales del granero habían caído presa del pánico. Eché a correr hacia la casa. Había un candado grande que bloqueaba un pestillo de madera. Aporreé la puerta, que desprendía calor.
—¡Fuego! ¡Fuego! ¿Hay alguien ahí?
No obtuve respuesta.
Oí de inmediato el sonido de las sirenas que se acercaban.
Seguí llamando a la puerta. Era muy improbable que hubiera alguien dentro a estas horas de la noche, pero también lo era que un edificio vacío empezara a arder de forma espontánea.
Las llamas estaban alcanzando una altura considerable, engullendo los viejos muebles de madera y las alfombras polvorientas, y amenazaban con devorar las vigas de madera.
Había leído en algún lugar que un incendio dobla de tamaño cada minuto, y este crecía a un ritmo más rápido aún.
De seguir así, la casa no tardaría en desaparecer.
—Apártese, señora —dijo una voz. Una mano me tocó el hombro. Me di la vuelta y vi a un hombre vestido con el equipo completo de bombero—. ¿Hay alguien dentro?
—No que yo sepa. Pasaba por aquí y he olido el humo. Solo quería avisar a los posibles ocupantes, por si acaso.
—Necesito que se aparte, por favor. El perro y usted.
Miré a mi alrededor. En los…, ¿qué, cinco minutos que habían pasado desde que había entrado?
, la escena había cambiado por completo.
Los bomberos habían ocupado el jardín, cargando con las mangueras y dando órdenes.
Como si la noche hubiera acabado antes de tiempo, las llamas inundaron el jardín y las luces de emergencia rojas y azules bañaban la calle.
Se acercaban más sirenas. Varios curiosos vestidos con pijama habían salido de las casas de los alrededores.
—¿Es suyo el perro? —preguntó el bombero.
Violet se encontraba en el centro del jardín, desgañitándose a ladridos y perseguida por la correa. Le sonreí. Sabía que no debía acercarse al edificio en llamas, pero tampoco pensaba huir y dejarme sola.
—Sí, es mi perra. El granero. Hay animales.
—Ya nos ocuparemos de ellos, señora —replicó con educación, pero también con firmeza. Estaba claro que no necesitaba mi ayuda.
Me acerqué a Violet, cogí la correa y nos alejamos del museo. No podíamos hacer nada y, si nos quedábamos, lo único que conseguiríamos sería molestar. Además, en ese preciso instante no sentía una gran curiosidad. Había presenciado varios incendios y sabía cómo trabajan los bomberos.
La policía estaba intentando acordonar la finca y mantener a los curiosos a una distancia prudencial. Vi a una vieja conocida y me dirigí hacia ella.
—Buenas noches, agente Johnson.
Stella Johnson se volvió hacia mí.
—Hola, Gemma Doyle. ¿Te importa apartarte un poco?
—Por supuesto. Solo quería que supieras que soy quien ha visto el incendio y ha avisado a los bomberos.
—Esta noche la detective Estrada está de guardia. No creo que tarde en llegar. Podrás contarle tú misma qué has visto.
—Hum, tal vez no. Estará ocupada y no tengo nada importante que decirle.
He notado el olor a humo, he visto las llamas en la ventana y he llamado al 911.
También he llamado a la puerta, por lo que es probable que tenga mis huellas.
Eso es todo. No he visto a nadie más en la finca ni en la calle antes de ver el incendio.
Ya me pasaré por la comisaría por la mañana para prestar declaración.
—Creo que preferirá hablar contigo ahora.
—De eso no me cabe la menor duda, pero yo casi preferiría que le dijeras que estaba tan traumatizada que he tenido que irme a casa para acostarme un rato.
Johnson me miró fijamente.
—Trabajo tendría para encontrar a alguien menos traumatizado que tú.
—No me gusta exhibir mis sentimientos en público. Ya sabes cómo somos los ingleses: de un hierático que asusta. O eso dicen. Además, mi perra sí que está traumatizada.
Johnson miró a Violet, que estaba sentada plácidamente a mis pies. En ese instante, meneó la cola y, si hubiera podido sonreír, lo habría hecho.
Tiré suavemente de la correa y nos pusimos en marcha. Puede que caminara un poco más rápido que antes. La detective Louise Estrada no era, ¿cómo podría decirlo?, mi mejor amiga. Era más probable que prefiriera acusarme de pirómana para llamar la atención que escuchar lo poco que pudiera decirle.
Preferí no darle más vueltas al incendio ni especular sobre las causas. Ese era trabajo de los investigadores.