Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4)
© inepub.com
Capítulo uno
CAPÍTULO UNO
M e encanta tener una perrita. Y me encanta que ella me tenga a mí.
Por muy duro que haya sido el día o por mucho que tenga los ánimos por los suelos, que te reciba en la puerta de casa un animal que irradia alegría y tiene una energía desbordante es uno de los mayores placeres de esta vida.
Es difícil ceder al cansancio o al mal humor cuando te encuentras ante esos ojos refulgentes, unas orejas tiesas, la lengua que asoma entre los labios, un cuerpo incapaz de estar quieto y una cola que se agita con una fuerza tan desmesurada que podría tirar por el suelo todos los adornos de una mesa de centro.
Sin embargo, no me entusiasma tanto tener una perrita cuando llego tarde a casa, cansada y hambrienta, y tengo que cumplir con mis obligaciones caninas antes de cuidar de mí misma.
Aun así, hay que aprender a estar a las duras (muy de cuando en cuando) y a las maduras (como es el caso la mayoría de las veces).
—¿Te importaría renunciar al paseo por una vez? —le pregunté a Violet, mi cocker spaniel, que agachó la cabeza y gimió—. De acuerdo —le dije—, tú ganas. Déjame cambiarme el calzado y salimos. ¡A pasear!
Violet me recompensó con un arrebato de alegría desbordante.
Estaba agotada. Muerta de cansancio. Había sido un día muy largo en el trabajo.
Ashleigh, la empleada de la librería, estaba de baja porque había cogido la gripe a pesar de estar en verano y, en plena temporada alta de Cabo Cod, me había tocado hacerme cargo sola de la Librería y Emporio Sherlock Holmes.
Temporada alta significa muchos clientes y muchas horas al pie del cañón.
Hoy se publicaba el último pastiche de Sherlock Holmes, que había generado muchas expectativas entre los amantes del Gran Detective.
Sin embargo, el pedido que había encargado a la distribuidora se había extraviado por culpa del caos, lo que me había obligado a excusarme ante los clientes que habían pasado por la librería.
Ahora, tenía miedo de que muchos hicieran el pedido por internet y no regresaran jamás al 222 de Baker Street.
En el Salón de Té de la Señora Hudson, situado en el local de al lado, en el 220, Fiona, una de las camareras, había sucumbido al mismo virus que Ashleigh.
Se había desatado una crisis relacionada con los arándanos y Jayne Wilson, mi socia y pastelera jefe, había estallado en lágrimas y amenazado con irse a su casa y no volver nunca más.
Todo ello, mientras los clientes, ávidos por saciar su sed de té por la tarde, formaban una cola kilométrica que salía por la puerta y continuaba en la acera.
Poco antes de las nueve, cuando ya estaba a punto de poner el cartel de CERRADO , entró una clienta. La saludé con afecto y le dije que me avisara si necesitaba ayuda.
Y vaya si la necesitaba. Quería que le dijera qué historias contenía exactamente cada volumen de los Relatos completos de Sherlock Holmes .
Quería saber cuáles no daban miedo y qué ejemplar incluía una historia de Hank Phillippi Ryan, Echoes of Sherlock Holmes .
También quería un resumen completo de cada uno de los libros de Laurie R.
King y me preguntó si era verosímil que Sherlock Holmes hubiera estado en Tombuctú, como se afirmaba en Sherlock Holmes, The Missing Years: Timbuktu , de Vasudev Murthy.
¿Era plausible, quería saber, que Sherlock Holmes hubiera tenido descendencia, como se decía en varias series, incluida The Daughter of Sherlock Holmes , de Leonard Goldberg?
Respondí a todas sus preguntas con una sonrisa, intentando no mirar el reloj que había sobre el mostrador. Al cabo de poco, la sonrisa se convirtió en una mueca y cogí el teléfono para mirar la hora, en más de una ocasión y no sin cierto descaro.
Aun así, no se callaba ni bajo el agua. Cogía y examinaba todos los libros que tenía y los devolvía al estante equivocado.
Yo iba tras ella, intentando disimular un poco que tenía que reordenarlos y ponerlos en el lugar correcto.
Al final, ya me daba igual y no me molestaba en disimular.
Le gustaba la interpretación que Benedict Cumberbatch había hecho de Sherlock, me dijo, pero la de Robert Downey Jr. no tanto. «Muy frívolo, ¿verdad?», pensaba.
Le di la razón en todo; absolutamente todo.
Por si ello fuera poco, no paraba de hacerle mimos a Moriarty, que se hacía un ovillo a sus pies, ronroneaba y se lamía para acicalarse.
Dejaba que la mujer lo tomara en brazos y lo acariciara.
Mientras me acribillaba a preguntas, siempre encontraba un respiro para elogiar su elegante porte, su elegante pelaje negro y su afable carácter.
Moriarty me observaba desde los brazos de la clienta, sin molestarse en disimular su sonrisa burlona de satisfacción.
A las diez menos cuarto, la mujer lo dejó en el suelo.
—Ha sido muy interesante. Gracias, me lo pensaré.
Y se fue sin más, tan ligera como entró, sin hacer ninguna compra.
Cerré con llave y fulminé con la mirada a Moriarty, que me respondió con un gran bostezo y estiró hasta el último músculo de su estilizado cuerpo antes de dirigirse a la cama que tenía bajo la mesa de centro, para hacerme saber que su jornada laboral había finalizado y que solo quería disfrutar de una larga noche de sueño.
Por desgracia, yo sí que tenía varias cosas que hacer después de cerrar la tienda.
Había quedado para tomar algo con Irene Talbot, una reportera del periódico local, el West London Star .
Le había mandado un mensaje para avisarla de que iba a retrasarme mientras la clienta tacaña le hacía carantoñas a Moriarty.
Confiaba en que me dijera que no me preocupase, pero me respondió al cabo de poco diciéndome que me estaba esperando en el bar.
En cuanto apagué las luces y cerré la puerta, me dirigí hacia el Blue Water Café.
Irene me contó que le habían ofrecido un puesto en un periódico de San Luis, pero no estaba muy convencida de que alguien que había vivido toda la vida en Cabo Cod pudiera ser feliz en las extensas llanuras de Misuri.
En realidad, no quería mi consejo, solo me necesitaba como caja de resonancia.
Tomé una bebida que no me apetecía y me senté en la silla de la terraza, repitiendo las palabras que me iba soltando.
Era una noche de verano preciosa. Estábamos sentadas fuera, disfrutando de la agradable temperatura, con vistas al mar oscuro, pero se me cerraban los ojos.
—Tal vez debería hablar con Joe McManus, que se fue a trabajar a Chicago —dijo al final Irene.
—Excelente idea —afirmé, a pesar de que no tenía ni idea de quién era Joe McManus o qué tenía de malo Chicago. Hice un gesto con la mano para pedir la cuenta, le di las buenas noches y me fui a casa.
Estaba pensando en mi suave, cómoda y fabulosa cama cuando recordé que Violet había estado casi todo el día sola.
Vivo con mi tío abuelo Arthur, y Violet es, técnicamente, su perra, pero en esos momentos mi tío se encontraba disfrutando de un crucero por el Mediterráneo con un amigo.
Nuestra vecina, la señora Ramsbattan, tiene la llave de nuestra casa.
Durante el día, si no tengo tiempo de escaparme un rato de la tienda, se acerca a llenarle el cuenco de agua y deja salir a Violet al jardín vallado.
Sin embargo, la señora Ramsbattan es casi de la edad del tío Arthur —ochenta largos— y camina con bastón, por lo que no puede sacarla a pasear.
Tarea que recae exclusivamente sobre mí. Cogí la correa del colgador que había junto a la puerta trasera. Los preciosos ojos castaños de Violet me observaron con adoración.
No era muy tarde cuando salimos de casa —acababan de dar las once—, pero vivimos en una zona tranquila del pueblo.
Nuestra calle, Blue Water Place, está formada por una hilera de casas y jardines inmaculados.
Muchas de ellas son de nueva construcción; otras tantas están reformadas, pero aún quedan varias muy antiguas, como la nuestra, que data del año 1756.
Una vez fuera, acompañada de las caricias de la brisa salada en mi piel y del aroma a rosas y del mar, eché a andar.
Violet me seguía, a ratos adelantándose, otros rezagada, olisqueando los arbustos y el césped, buscando olores que solo ella sabía interpretar.
Una ardilla asustada se escabulló por el tronco nudoso de un roble tan viejo como mi casa.
En el paseo marítimo que hay a los pies de Blue Water Place abundan las heladerías, las tiendas de recuerdos y los pequeños comercios. Las luces del Blue Water Café brillaban a lo lejos y las de las barcas de pesca y embarcaciones de recreo cabeceaban con las suaves olas.
Al llegar a Harbor Road, doblamos a la izquierda para alejarnos del pueblo.
Las luces de los restaurantes, las tiendas y el puerto de pesca fueron desapareciendo.
La lente de Fresnel de cuarto orden parpadeaba al compás de su ritmo habitual: tres segundos encendida, tres apagada, tres encendida y veinte apagada.
Recorrimos la calle silenciosa, en la que los únicos sonidos que se oían eran algún que otro coche y el murmullo de las olas que rompían contra las rocas de la orilla.
Algunas de las casas con vistas al mar de esta zona son muy antiguas, para lo que suele ser habitual en Estados Unidos, claro está; no tanto para alguien que había nacido y se había criado en Inglaterra, como yo.