Errores del destino Capítulo 48
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Capítulo 48

Los que eligen

—¿Quién quiere hablar primero?

Maider formuló la pregunta sin mirar al joven psiquiatra.

Estaba sentada frente a mí, con el bolso sobre las rodillas y una fotografía guardada entre ambas manos.

Jaime ocupaba la silla de su derecha. Habían tardado tres días en obtener autorización para visitarnos.

Antes de entrar mantuvieron dos entrevistas con Adrián Soria: conocían la diferencia entre identidad, memoria y responsabilidad, y sabían que una visita no podía obligar a ninguno de los tres a aparecer ni convertir una sesión clínica en una reconciliación.

En menos de un minuto dejaron claro que no habían acudido a escoger un nombre.

Yo llevaba toda la mañana preparando lo que iba a decirles.

Había escrito que sentía haber entrado en su casa fingiendo ser un desconocido, aunque entonces lo fuese; que no sabía qué parte de sus recuerdos me pertenecía y que el resultado genético no podía borrar la palabra que había pronunciado al despedirme.

También había anotado una pregunta que no me atrevía a formular en voz alta.

Raúl llegó antes.

Durante las primeras sesiones, sus apariciones me arrancaban por completo de la habitación.

Después empecé a percibirlas como una conversación escuchada desde el otro lado de una pared.

No veía cada gesto ni podía elegir las palabras, pero reconocía la voz, el miedo y el esfuerzo por mantener las manos alineadas sobre la mesa.

—Yo —respondió.

Maider no pareció sorprendida.

—Hola, Raúl.

—Pensé que no vendrían después de conocer el ADN.

—Entonces no nos conoces tanto como creías —dijo Jaime.

Raúl bajó la mirada.

—Los abogados aseguran que la filiación no cambia mientras un juez no diga lo contrario. El grupo continúa a mi nombre y ustedes siguen figurando como mis padres.

—No hemos venido a hablar de abogados —repuso Maider.

—Es de lo único que sé hablar cuando tengo miedo.

Aquella confesión me alcanzó desde el lugar en el que lo escuchaba. Raúl había dirigido empresas, firmado operaciones y organizado una vida que los demás utilizábamos sin conocerla. Frente a sus padres volvía a ser el hombre que necesitaba ordenar una taza antes de tocarla.

—¿Miedo a qué? —preguntó Jaime.

—A que decidan que criaron al hijo de otra mujer y no al suyo.

Jaime separó las manos del bastón que utilizaba desde hacía unos meses y se inclinó hacia él.

—Marta Del Pozo fue tu madre. Toni Sepúlveda fue tu padre biológico. Eso no admite discusión. Nosotros recibimos a un bebé mediante una mentira y lo criamos. Tampoco admite discusión.

—Años después sospecharon que la historia del embrión era falsa.

—Sí.

—Y callaron.

—También.

Maider miró a su marido. Esta vez no intentó impedir que continuase.

—La primera vez nos engañaron —dijo Jaime—. Después aceptamos el silencio porque temíamos perderte. Tendremos que responder por esa decisión si alguien nos lo exige. Pero no vamos a utilizar otro silencio para fingir que solo existe el hijo que nos resulte más fácil reconocer.

Raúl levantó los ojos.

—No sé cuánto de aquel niño fui yo.

—Nosotros tampoco —respondió Maider—. Por eso he preguntado quién quería hablar primero.

El cambio se produjo sin oscuridad. Raúl dejó de apretar los dedos y yo recuperé el peso completo de mi cuerpo. Jaime continuaba inclinado hacia la mesa; Maider me observaba con la misma expresión que el día en que abrió la puerta de su casa.

—Hola, Edu —dijo.

—Hola.

La pregunta escrita en mis notas seguía delante de mí. Doblé la hoja para no tener que leerla.

—¿Tengo derecho a llamarlos padres? —pregunté.

Maider dejó el bolso en el suelo.

—Nos llamaste así antes de saber lo que decía la genética.

—Entonces creía que era su hijo.

—Tu cuerpo lo es legalmente y tu infancia ocurrió en nuestra casa —intervino Jaime—. No voy a pedirte que recuerdes cuarenta años para concederte permiso.

—Pero esos recuerdos son de Raúl.

—Algunos —corrigió el joven psiquiatra desde un extremo de la sala—. Todavía no sabemos cómo se distribuyen ni cuáles comparten.

Maider ni siquiera lo miró.

—La sangre explica de dónde vienes —dijo—. Los papeles cuentan lo que hicieron contigo. Pero una familia no se mantiene cuarenta años por una muestra de ADN. Se mantiene porque alguien decide quedarse cada vez que podría marcharse.

—Gabriel no decidió quedarse.

La fotografía crujió entre sus dedos.

—Gabriel era un niño cuando empezó a irse —respondió—. Nosotros fuimos quienes permitimos que De Palacios lo llamase imaginario porque aquella explicación nos tranquilizaba.

Colocó la imagen sobre la mesa. Era la que había intentado ocultarme en su casa. En el reverso continuaban la fecha y las cuatro palabras escritas con tinta azul: «Hoy ha vuelto Gabriel».

—No vuelvas a esconderla —dijo Jaime.

—No pienso hacerlo.

Maider giró la fotografía para que yo pudiese verla.

—Dile que ya no voy a tenerle miedo.

—No sé hablar con él.

—Aprende.

La palabra produjo un movimiento en algún lugar que no era un recuerdo. Sentí la presión familiar detrás de los ojos, el hombro derecho descendió y las manos se apartaron de la fotografía. Gabriel ocupó la silla, pero no miró a Maider ni a Jaime.

El joven psiquiatra esperó. Nadie pronunció su nombre.

Gabriel tomó el bolígrafo de mis notas y escribió tres frases en la hoja doblada.

«Utilicé su casa, su dinero y el nombre de su hijo».

Se detuvo antes de añadir la segunda.

«Maté a Marcos Mendoza».

La punta permaneció varios segundos sobre el papel.

«No deberían querer que vuelva».

Empujó la hoja hacia Maider.

Ella la leyó sin tocarla. Después levantó la fotografía antigua y la colocó junto a las frases.

—Ya habías vuelto muchas veces antes de matar a ese hombre —dijo—. Nosotros preferimos creer que eras un problema que el médico resolvería. Eso fue lo que elegimos entonces.

Gabriel continuó mirando la mesa.

—Tendrás que responder por Marcos —añadió Jaime—. Ser nuestro hijo no convierte un homicidio en otra cosa. Pero haber cometido un homicidio tampoco nos permite decidir que nunca estuviste en nuestra casa.

Gabriel escribió una última pregunta.

«¿A cuál de nosotros van a llevarse?».

—A ninguno por separado —respondió Maider—. Y nosotros tampoco vamos a visitaros por separado.

Se levantó, rodeó la mesa y apoyó una mano sobre su hombro. Gabriel no la abrazó. Tampoco se apartó.

Fue la primera vez que permaneció allí sin necesitar desaparecer.

* * *

Carla volvió a entrar en la agencia el 3 de octubre con autorización médica para una visita de media hora.

Llevaba el brazo derecho sujeto por un cabestrillo, caminaba despacio y la cicatriz que comenzaba sobre la sien desaparecía bajo el cabello.

No había vuelto a trabajar: necesitaba comprobar qué quedaba, recoger documentación personal y dejar por escrito que la oficina continuaría cerrada.

Bea había retirado los periódicos de la recepción, pero no las marcas de la cinta con la que la Guardia Civil precintó durante varios días la puerta de la vivienda.

No abrió las persianas.

Recorrió el despacho de Edu, la sala de juntas y el dormitorio en el que encontraron la funda de Raúl. Los técnicos se habían llevado el rifle, la ropa, los teléfonos y casi todos los soportes. Sobre la mesa quedaba un rectángulo más claro en el lugar que había ocupado el bastón.

Bea permaneció junto a la puerta.

—Hay clientes preguntando cuándo volvemos —dijo.

—No volvemos todavía.

—¿Y después?

—El Registro Mercantil sitúa la sociedad y el alquiler a nombre de Eduardo Marín. La licencia profesional y el poder notarial con el que se hicieron los últimos cambios están bajo revisión judicial. Hasta que sepamos quién firmó y en qué estado, la agencia no reabre.

—¿Y los clientes?

—Los asuntos activos se derivan, cada entrega queda por escrito y nadie utiliza documentación cuya procedencia todavía se investiga.

—Yo quiero seguir aquí.

Carla la miró.

—Entonces guarda las llaves. No abras a periodistas ni a clientes nuevos.

Bea apretó el llavero dentro de la mano.

—¿Edu volverá?

—Eso tendrá que demostrarlo.

La primera declaración duró cuarenta minutos y terminó cuando el dolor le impidió mantener la atención.

Salcedo distribuyó el relato en cuatro sesiones breves durante los días siguientes, con pausas, supervisión médica y preguntas repetidas desde puntos distintos.

Carla identificó la voz de Gabriel, reconstruyó la entrada en la granja y describió el rostro de Álex antes de que el golpe borrase una semana de su vida.

Agradeció que no la trataran como a una mujer incapaz de afrontar sus recuerdos; también que nadie confundiera resistencia con ausencia de lesión.

Dos días después aceptó hablar conmigo desde una sala de visitas de la institución. Esta vez no había una pantalla entre ambos. Se sentó despacio y colocó el cabestrillo sobre el borde de la mesa.

—Sigues teniendo un aspecto horrible —dijo.

—Estaba esperando a que te recuperases para poder culparte.

—No confundas una cicatriz con buen humor.

Sonreí. Ella no.

—Me alegra que estés viva —dije.

—A Gabriel también. Por eso llamó.

—Lo sé.

—Y a Raúl le alegrará porque una investigadora muerta en su casa habría perjudicado al grupo.

—Eso no es justo.

—No necesito ser justa todavía.

Guardé silencio.

—No te considero responsable de un disparo que no recuerdas —continuó—. Tampoco voy a aceptar que, a partir de ahora, una ausencia sirva para ocultarme algo. Si volvemos a tener cualquier relación, los tres participaréis en el tratamiento y ninguno utilizará a los otros como coartada.

—Hemos empezado un registro compartido. Raúl anota las horas. Gabriel ha entregado los accesos que conservaba y yo escribo lo que recuerdo al despertar.

—¿Porque quieres hacerlo o porque te vigilan?

—Las dos cosas.

Carla asintió. Era la primera respuesta que parecía satisfacerla.

—No voy a volver a trabajar para ti —dijo.

—Lo imaginaba.