Capítulo 48 #2
—He dicho para ti. Si algún día reabrimos la agencia, será con una estructura en la que yo pueda detener un caso, acceder a toda la información y marcharme sin que una de tus vidas me convierta en un daño asumible.
—¿Eso significa que existe algún día?
—Significa que hoy he venido.
La respuesta no era un perdón ni una despedida. Después de todo lo ocurrido, me pareció mucho más valiosa que cualquiera de las dos cosas.
Antes de marcharse, Carla sacó del bolsillo una hoja doblada. Contenía una copia del comunicado sobre Carlos García y, debajo, la noticia de que los restos hallados en la granja pertenecían a Marta Del Pozo. Había marcado una sola frase: «Las investigaciones continúan abiertas».
—Durante cuarenta años llamaron accidente, suicidio, fuga o mala suerte a decisiones que alguien tomó y otros protegieron — dijo—. No permitas que ahora lo llamen enfermedad y vuelvan a enterrarlo todo.
—No lo haré.
—No me lo prometas.
Recordé la pantalla del hospital.
—Te lo demostraré.
* * *
A finales de octubre, el joven psiquiatra ya no necesitaba consultar la placa de la puerta para encontrar la sala de entrevistas. Caminaba por el pasillo con tres carpetas bajo el brazo cuando el jefe apareció al fondo, con las manos enlazadas a la espalda y la mirada fija en las baldosas.
—¿Cómo va el asunto de Felipe Gracia? —preguntó.
Era la misma pregunta que el jefe llevaba formulando desde el ingreso, aunque al principio ninguno conocía su significado.
—Felipe Gracia era una reserva y un nombre de ingreso — respondió el joven—. El asunto es bastante más complicado.
—Eso ya lo sé.
—Entonces avanza.
El jefe estuvo a punto de pisar una junta. Corrigió el paso en el último instante y continuó hacia su despacho.
El joven entró en la sala. Había dejado de preguntarme cómo quería que me llamase cada día. El nombre aparecía al comienzo de cada registro compartido y yo debía corregirlo si no coincidía con quien ocupaba la silla.
Aquella tarde había escrito «Edu».
—Sus padres han solicitado otra visita —dijo después de encender la grabadora.
—Lo sé. Raúl la ha anotado para el jueves.
—Gabriel ha entregado hoy el último listado de operaciones.
—También lo sé.
—¿Lo recuerda?
—No. Lo he leído en el cuaderno.
El joven marcó la diferencia sin felicitarme por ella. En aquellas semanas había aprendido que distinguir lo sabido de lo recordado era más útil que fingir una memoria común.
La puerta se abrió antes de que formulase la siguiente pregunta. Salcedo entró acompañado por un funcionario del juzgado. Llevaba una carpeta delgada.
—La jueza ha autorizado que conozcan este informe porque afecta a la evaluación de riesgo —explicó—. No pueden conservar una copia ni comentarlo fuera de esta sala.
Depositó sobre la mesa dos fotografías. La primera mostraba el extremo roto de la empuñadura de Marcos. La segunda, una esquirla triangular colocada junto a una regla forense. Conservaba una veta amarillenta y restos oscuros adheridos a uno de los bordes.
Reconocí la pieza antes de que Salcedo hablase.
—La cuenta de recuperación que figuraba en el manifiesto registró un movimiento —dijo Salcedo—.
Se utilizaba para pagar asistencia cuando una operación dejaba a alguien herido o sin posibilidad de identificarse.
Treinta y seis horas después del incendio, liberó un pago a un intermediario sanitario por la extracción de un cuerpo extraño del hombro izquierdo.
El joven miró la fotografía.
—¿De quién?
—No hay nombre. La orden se autenticó con una clave física que no estaba en la caja de Gabriel ni entre los efectos personales intervenidos durante el ingreso.
El identificador utilizado fue «Marinero-31».
Cuando se autorizó el pago, este cuerpo llevaba más de un día bajo vigilancia continua y todos sus dispositivos estaban custodiados.
La presión apareció detrás de mis ojos. Esta vez Gabriel no me apartó. Su miedo llegó unido a una imagen del puerto de Santander que yo había reconstruido muchas veces: Álex lanzando una bolsa al agua y deseándole suerte al pequeño marinero antes de que nadie se acercase.
—La clave era suya —dijo Gabriel con nuestra voz—. Yo preparé el fondo, pero nunca tuve su autorización física. La conservaba Álex.
Salcedo señaló la esquirla.
—El intermediario exigía una fotografía después del tratamiento para justificar el pago. El laboratorio ha comparado la veta, el ángulo de fractura y las irregularidades de los bordes. Encaja en el hueco de la empuñadura.
—Entonces sobrevivió —dijo el joven.
—Sobrevivió a la granja y recibió ayuda. El informe no demuestra que continúe vivo ni dónde se encuentra.
Raúl apareció como una urgencia dirigida a Maider, Jaime, las empresas y cada domicilio que Álex conocía. Gabriel respondió con el impulso de borrar cuentas, cambiar nombres y desaparecer antes de que su padre volviese a encontrarnos. Yo sentí ambos movimientos sin obedecer ninguno.
—¿Han protegido a mis padres y a Carla? —pregunté.
—Conocen el riesgo. Se han adoptado medidas y la búsqueda continúa —respondió Salcedo—. No voy a darle más detalles.
Durante semanas había llamado destino a todo lo que no comprendía. Ahora sabía que cada silencio, cada documento falseado y cada muerte había exigido que alguien eligiera.
—¿Qué quiere hacer? —preguntó el joven.
Antes habría salido tras Álex. Gabriel habría buscado una identidad nueva y Raúl habría encerrado a nuestros padres detrás de una empresa de seguridad. Tres respuestas distintas para que él pudiera continuar decidiendo por nosotros.
Empujé las fotografías hacia Salcedo.
—Que lo busque la policía.
—¿Y ustedes? —preguntó.
Miré el cuaderno abierto, la visita del jueves y el nombre escrito al comienzo de la sesión.
—Nosotros nos quedamos.
En la fotografía, la esquirla ocupaba el hueco exacto del bastón. Álex había elegido huir. Nosotros, por primera vez, elegimos quedarnos.