Capítulo 47 #3
—No pienso decidirlo desde una cama y con media cabeza grapada. Tampoco pienso volver a trabajar contigo mientras uno de vosotros pueda utilizarme y los otros dos aleguen que no recuerdan nada.
—No sé cómo impedirlo.
—Entonces aprende. Los tres.
La enfermera anunció que el tiempo había terminado. Carla ignoró la advertencia.
—Cuando puedas salir de ahí, si puedes, hablaremos de lo demás. Hasta entonces no me prometas nada. Demuéstralo.
La imagen desapareció antes de que Edu respondiese.
El 3 de octubre, Salcedo localizó a Lucía Salas en una ciudad donde nadie la conocía como Luci García.
El alias no apareció por una intuición tardía, sino en la ficha fotografiada por Carla: era la documentación preparada por la red para un traslado en abril de 1984.
Luci había escapado durante aquel trayecto y conservado el nombre porque era la única identidad que podía utilizar sin regresar a la familia que la creía muerta.
No aceptó entregar una muestra cuando el inspector se presentó por primera vez. Lo recibió en la oficina de una abogada y mantuvo el bolso sobre las rodillas durante toda la conversación.
—Llevo cuarenta años sin permitir que un médico decida qué sale de mi cuerpo —dijo—. No voy a empezar ahora porque un policía me asegure que es importante.
Salcedo no insistió. Dejó sobre la mesa una copia de la ficha, la fotografía del registro «L. G.» y el certificado de defunción fabricado por De Palacios. Regresó dos días después, cuando la abogada lo llamó.
—Quiero saber para qué servirá —dijo Luci.
—Para confirmar por ADN la identidad de Carlos García, ya establecida mediante los registros odontológicos, y para comprobar si el hijo que le arrebataron está vivo. Son dos análisis distintos. Puede autorizar uno, ambos o ninguno.
Luci pasó un dedo por la firma del certificado.
—Mi hermano murió creyendo que yo estaba enterrada.
—Lo asesinaron en septiembre de 1983. No consta que llegara a saber que usted seguía viva.
—¿Y el bebé? Siempre dijeron que era una niña.
Salcedo abrió la carpeta por la fotografía de la ficha neonatal.
—Era un varón. De Palacios también mintió sobre el sexo. La anotación «niña fallecida» formaba parte de la historia que entregó a su hermano.
Luci cerró los ojos. No lloró ni pidió que continuara. Durante unos segundos solo se oyó el roce de una hoja al volver a su sitio.
—Si está vivo, ¿sabe quién soy?
—Sabe que buscamos a su madre biológica. No le hemos dado su nombre ni su dirección.
—Bien. Eso seguirá así hasta que estén seguros.
* * *
Firmó primero el consentimiento para identificar a Carlos y, después de leer de nuevo cada condición, el de parentesco. La toma se realizó en presencia de su abogada. Cuando el laboratorio confirmó ambas relaciones, Salcedo regresó con los resultados y una pregunta.
—Su hijo puede solicitar contacto. También puede rechazarlo. Usted decide qué mensaje recibirá mientras tanto.
Luci miró la ficha que la había convertido en muerta, trasladada y desaparecida en tres líneas.
—Dígale que sigo aquí —respondió—. Nada más. Si quiere saber el resto, que sea él quien decida venir. Esta vez no elegirá De Palacios por nosotros.
El 18 de octubre llegaron las comparaciones históricas.
El inventario copiado por Koldo permitió localizar uno de los dos bloques de parafina conservados desde la autopsia de Arrigunaga.
La cadena de custodia tenía lagunas administrativas, de modo que el laboratorio utilizó el perfil parcial como apoyo y no como única base.
El código DE-28 coincidía con las letras sujetas a la oreja del bebé y con la ficha de una de las mujeres retenidas.
Había sobrevivido y declarado años atrás que pensaba llamar Daniel a su hijo.
Cuarenta años después, el cadáver dejó de ser únicamente «el bebé de la playa».
El asiento de Cayetana Bárcena registraba un varón nacido vivo, una entrega posterior y la sustitución por un recién nacido fallecido que no era hijo de Toni.
La familia receptora figuraba en otra carpeta.
El hombre localizado a partir de ella presentó compatibilidad filial con el perfil de Toni y aceptó una comprobación judicial.
El resultado no demostraba quién había arrojado a Cayetana por la ventana.
Sí demostraba que su hijo no murió aquella noche y que alguien construyó el supuesto suicidio con el cadáver de otro bebé.
Las pruebas resolvieron las identidades centrales y abrieron decenas de investigaciones. Algunas familias recibieron una respuesta; otras obtuvieron, por primera vez, una pregunta documentada.
Adrián Soria conservaba sobre la mesa la solicitud de visita firmada por Maider y Jaime.
Ambos conocían ya que no existía parentesco biológico y que Marta Del Pozo era la madre del cuerpo que habían criado.
Antes de entrar mantendrían dos entrevistas clínicas para comprender qué podía y qué no podía exigir aquella visita.
—Sus padres quieren verlo —dijo.
Edu observó la pantalla negra.
—¿A cuál de nosotros?
—A los tres.