Capítulo 47 #2
Los resultados no llegaron juntos. Las pruebas urgentes resolvieron primero hechos concretos; las comparaciones históricas, la localización de familiares y las nuevas tomas de muestras ocuparon las semanas siguientes. Ningún informe reconstruyó cuarenta años en cinco días.
Entre el 19 y el 24 de septiembre, el laboratorio trabajó sobre el bastón, la Beretta, la ropa y los dispositivos intervenidos.
La rotura de la empuñadura coincidía con las fotografías tomadas en Chamberí antes del incendio.
En el hueco quedaban fibras verdes y partículas de la espuma blanquecina de la funda de Raúl.
El mismo tejido apareció en la chaqueta guardada por Carla y en la costura forzada de la funda.
La madera conservaba además una deformación longitudinal compatible con haber permanecido bajo el panel rígido.
Aquello no demostraba quién había disparado; demostraba que el bastón desaparecido de la escena había viajado dentro del equipaje de Raúl y había terminado en la casa compartida por las otras identidades.
En el puño izquierdo de la chaqueta aparecieron partículas compatibles con residuos de disparo.
El informe hizo constar que una jornada de caza podía producir contaminación secundaria.
La prenda, sin embargo, no había estado en ningún puesto ni se había utilizado para disparar un rifle.
El reloj conservaba actividad local mientras el teléfono permanecía apagado: un trayecto desde los dormitorios hasta el patio, una detención junto a las cuadras y el regreso por el lateral de servicio dentro de la franja fijada por la autopsia.
La Beretta aportó la pieza independiente.
El proyectil extraído de Marcos y la vaina hallada junto a los leños habían sido disparados por el arma de Carrillo.
La distancia, la trayectoria y la ausencia de residuos en las manos del muerto excluían el suicidio.
Carrillo y Martín no habían matado a Marcos, pero vaciaron el arma, retiraron la munición y mintieron antes de la llegada de Policía Judicial.
La segunda declaración de Sebas, las fotografías de la escena y las contradicciones de ambos separaron el homicidio del encubrimiento.
Aquello no los absolvía; abría una causa distinta.
El segundo teléfono y la caja de seguridad convirtieron el relato de Gabriel en una cadena comprobable.
Los técnicos recuperaron fragmentos de los mensajes borrados por Álex, incluida la referencia a la Beretta, el horario de Marcos y dos amenazas contra Maider y Jaime.
El ordenador sin conexión contenía el manifiesto, los tres movimientos con el descriptor E-71-4C y las verificaciones físicas de cada lote.
Los custodios reconocieron sus sellos y aportaron los registros de acceso.
Entre aquellos documentos apareció la fotografía que Josean había conservado desde la desaparición de Marco.
Una huella parcial confirmó que alguien había manipulado el papel y la imagen demostró que vigilaban el acceso de Chamberí.
No permitió identificar al autor. Su valor era más limitado y más sólido: Josean había buscado a Marco y se retiró después de recibir una amenaza física.
El manifiesto mencionaba también la cuenta de recuperación.
Aparecieron las reglas, los movimientos históricos y las claves asignadas a otros beneficiarios, pero no la clave física de Álex.
No estaba en la granja, en la caja de Gabriel ni entre los efectos intervenidos durante el ingreso.
Salcedo solicitó que cualquier operación posterior al incendio quedase registrada y comunicada al juzgado.
Los primeros análisis genéticos se limitaron a las identidades imprescindibles.
Los restos bajo la antigua sala de calderas pertenecían a una mujer de la edad de Marta Del Pozo y presentaban parentesco entre hermanos con Antonio.
Después se compararon con la muestra obtenida de Eduardo Raúl y con el perfil masculino recuperado de la manga exterior de Carla.
Ese último perfil coincidía con los efectos personales de Toni Sepúlveda y con la sangre dejada por el atacante en la granja.
El conjunto estableció que Eduardo Raúl era hijo de Marta y del cuerpo de Toni Sepúlveda.
Las muestras de Maider y Jaime descartaron la filiación biológica que constaba en el relato de De Palacios, no la filiación legal.
Antonio recibió la noticia sentado frente a Salcedo. No preguntó por las empresas, la herencia ni el apellido con el que se había criado su sobrino.
—¿Podrán devolvernos los restos de Marta?
—Cuando terminen las diligencias autorizadas.
—¿Y podré ver a su hijo?
—Está sometido a una evaluación clínica y forense. No responde siempre al mismo nombre.
—No le he preguntado cómo se llama —dijo Antonio—. Le he preguntado si podré verlo.
La identidad de Carlos se sostuvo primero sobre otra vía.
Cuatro coronas dentales coincidían con sus registros odontológicos; la copia conservada por Conchi contenía la frase que había anticipado Edu; la carta de Barajas y la documentación clínica cerraban la desaparición voluntaria como una construcción.
La identificación podía hacerse pública de forma provisional.
La confirmación genética familiar tendría que esperar.
La manipulación del lugar en 1983 había destruido información irrecuperable.
Los cazadores abrieron la cartera, movieron las gafas, guardaron el cráneo en una bolsa y trasladaron parte del conjunto en una parihuela.
Ya no podían reconstruirse la posición original, las huellas próximas ni la distribución de fibras y pequeños huesos.
La contaminación no impedía comparar las coronas ni obtener ADN de una pieza protegida, pero cerraba cualquier conclusión segura sobre quién depositó el cuerpo o qué objetos llegaron con él.
Carla habló con Edu el 24 de septiembre mediante una pantalla colocada frente a la cama del hospital. Adrián Soria permanecía a su lado en la institución, fuera del encuadre. Salcedo había limitado la conversación a quince minutos y ningún médico confiaba en que ella respetase el tiempo.
—Tienes un aspecto horrible —dijo Edu.
—Tú sigues teniendo tres y ninguno mejora el conjunto.
La broma murió antes de convertirse en sonrisa.
—Gabriel te salvó —continuó Carla—. También mató a Marcos.
—Lo sé.
—No, Edu. Empiezas a saberlo. No es lo mismo.
Él bajó la mirada.
—¿Qué esperas que haga?
—Que no vuelvas a utilizar una laguna para fingir que no existe lo ocurrido al otro lado. Sobrevivir no borra lo que tu cuerpo hizo. Pero tampoco te convierte en el hombre que apretó el gatillo.
—La policía no podrá separar unas manos de otras.
—Por eso tendrá que separar pruebas, conocimiento e intención. Igual que tú tendrás que aprender a vivir con una diferencia que no te absuelve de todo ni te condena por completo.
Edu levantó la vista.
—¿Seguirás en la agencia?