Errores del destino Capítulo 47
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Capítulo 47

Pruebas

—¿Encontraron el bastón?

Carla no supo si había pronunciado la pregunta o si únicamente la había pensado.

La luz blanca sobre la cama parecía clavarse en el interior de su cabeza y cada sonido llegaba amortiguado, como si la habitación estuviese llena de agua.

Intentó abrir los ojos por completo. La parte derecha de su cuerpo protestó antes de que consiguiera moverla.

Una enfermera se inclinó sobre ella y le pidió que dijese su nombre. Carla lo hizo. Después tuvo que repetir dónde se encontraba, qué día creía que era y si recordaba lo ocurrido. Acertó las dos primeras respuestas y se equivocó en la fecha por casi una semana.

—El bastón —insistió.

El teniente Salcedo apareció al otro lado de la cama. Llevaba la misma expresión con la que había entrado en la agencia para preguntar por Marcos Mendoza, aunque las ojeras eran mucho más profundas.

—Lo recuperamos esta madrugada —respondió—. Bajo el tramo hundido de la pasarela, junto a la barandilla. Exactamente donde dijo Gabriel.

Carla cerró los ojos. No era alivio. Todavía no sabía qué partes de aquella noche merecían proporcionárselo.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Siete días. Tenía un hematoma subdural. La operaron durante la madrugada del doce y la mantuvieron sedada. Los médicos han ido retirando la medicación poco a poco.

Carla llevó la mano izquierda hacia la cabeza. Encontró un vendaje, el cabello cortado sobre la sien y una zona de piel que no reconoció como propia.

—Álex me empujó.

La enfermera miró a Salcedo. El teniente no sacó la libreta ni encendió una grabadora.

—Ahora no voy a tomarle declaración —dijo—. Necesito que descanse y que un médico determine cuándo puede hacerlo sin poner en riesgo su recuperación.

—Es el cuerpo de Toni Sepúlveda. Pero quien me atacó se llama Álex. Se había pintado la mancha.

—Tenemos el vídeo de la editorial, el que grabó Toni y el audio de su teléfono en la granja. También las diecinueve imágenes que envió antes de caer. Cada archivo conserva su hora de creación y la de llegada al servidor.

Carla recordó el icono avanzando en la pantalla mientras fotografiaba la pulsera de Marta. Después vio la barra de hierro, la linterna girando sobre el suelo y el rostro de Álex asomado a la pasarela.

—Había gasolina.

—Lo sabemos.

—El archivo no se entiende con un solo libro. Cruzaban los códigos con carpetas distintas para que ninguna hoja explicase por sí sola lo que hacían.

—También lo sabemos.

Carla abrió los ojos y lo observó.

—Entonces ¿para qué sigue aquí?

—Porque usted todavía no me ha preguntado por Edu.

El monitor aceleró antes de que Carla pudiera impedirlo.

—¿Está vivo?

—Sí. Permanece en la institución bajo supervisión médica y por orden judicial. No está detenido ni puede marcharse. Un forense valorará qué sabe cada identidad y en qué condiciones puede prestar declaración.

—¿Y Álex?

—No encontramos ningún cadáver en el canal ni en la salida de drenaje. Encontramos sangre, un rastro parcial y una vía hacia el exterior que el incendio dejó casi bloqueada. Por ahora no sabemos si salió.

Carla volvió la cabeza hacia la ventana. El movimiento le produjo una punzada que le recorrió la sien y el hombro.

—Gabriel sabía que respiraba —dijo.

—Ya tenía la ubicación que usted había compartido y movilicé una patrulla cuando sus mensajes dejaron de actualizarse — respondió Salcedo—.

La llamada de Gabriel al 112 no inició la búsqueda.

Dio la dirección completa, identificó la puerta de servicio del lateral norte y explicó que usted estaba inconsciente en la planta inferior, aunque seguía respirando y podía sufrir un traumatismo craneal.

También advirtió del incendio y del canal de drenaje.

Esa información permitió que los equipos entrasen por el punto más próximo y fueran directamente hacia usted antes de que el fuego cerrara el sótano.

—También mató a Marcos.

—Eso es lo que cuenta. Mi trabajo consiste en demostrarlo sin necesitar que lo cuente.

La respuesta la tranquilizó más que cualquier promesa. Carla miró la mano que descansaba sobre la sábana y trató de cerrar los dedos. Obedecieron con lentitud.

—En la agencia está la chaqueta que Edu llevaba después de Leciñana —dijo—. La guardé en una bolsa de papel. También quedaron los documentos que sacamos del bastón y la grabación completa de cuando apareció Gabriel. Bea puede abrir el servidor, pero no dejen que nadie modifique los originales.

—La jueza autorizó el registro ayer. Todo se retiró con copia forense y acta. La chaqueta no había sido lavada.

—¿Y el bastón?

—El fuego dañó la madera y la empuñadura está rota. El compartimento estaba vacío.

—Lo abrimos en Chamberí. Grabé cada paso antes de sacar los papeles.

—Por eso continúa sirviendo.

Carla volvió a cerrar los ojos. Había pasado años enseñando a Edu que una sospecha solo era el principio de un trabajo.

Ahora necesitaba que Salcedo convirtiese en prueba todo aquello que ellos habían tocado sin guantes suficientes, fotografiado fuera de una investigación oficial y perseguido hasta una granja ardiendo.

—Cuando pueda declarar —murmuró—, no me ahorre ninguna pregunta.

—No pensaba hacerlo.

* * *

El joven psiquiatra permaneció junto a la puerta mientras Salcedo colocaba la autorización judicial sobre la mesa. No había aceptado que la sala se transformase en un interrogatorio. Tampoco había permitido que el teniente entrase con una lista de preguntas sobre los homicidios.

—El forense todavía no ha concluido si puede prestar declaración —recordó—. La conversación debe limitarse a localizar pruebas que corran riesgo de desaparecer.

—Eso dice la orden —respondió Salcedo—. Y eso haré.

Edu observaba a ambos desde la silla. Tenía delante el vaso de agua, pero no lo había tocado.

—La mujer evacuada era Carla —dijo el teniente—. Despertó ayer. Ha autorizado que se lo comunique.

Edu bajó la cabeza. Durante unos segundos pareció que iba a llorar. No lo hizo. Se cubrió la boca con ambas manos y respiró contra ellas hasta que consiguió hablar.

—¿Podré verla?

—Cuando sus médicos, los de ella y la jueza estén de acuerdo.

—Eso significa que no.

—Significa que está viva. Hace una semana habría aceptado esa respuesta.

Edu asintió. La espalda se relajó y las manos regresaron a la mesa. Salcedo abrió una carpeta, pero no extrajo ningún documento.

—Gabriel indicó dónde había caído el bastón y lo encontramos.

Necesito localizar ahora el manifiesto en el que registraba sus operaciones y cualquier soporte original de los mensajes de Álex.

No le estoy pidiendo una confesión. Si alguno de ustedes sabe dónde están, puede evitar que otras personas los destruyan.

Edu miró hacia el cristal de observación.

—Yo no lo sé.

—Entonces no responda por él.

El cambio llegó con menos violencia que en la granja. El joven vio cómo el cuerpo dejaba de inclinarse hacia delante y ocupaba por completo el respaldo. La mano izquierda rodeó el vaso sin beber. Cuando volvió a levantar los ojos, la desesperación de Edu había desaparecido.

—El manifiesto está en una caja de seguridad alquilada por una sociedad de Raúl —dijo Gabriel—.

Dentro hay un ordenador que nunca se conectó a internet, los recibos de los depósitos físicos y copias de verificación.

La caja es la trescientos catorce. La sucursal y la sociedad figuran en la agenda cifrada del segundo teléfono.

Salcedo no anotó la clave que Gabriel comenzó a dictar.

—La facilitará a los especialistas durante el registro y en presencia de su abogado. No quiero que después alguien sostenga que la escribimos mal o que accedimos a un contenido distinto.

Gabriel inclinó la cabeza.

—El teléfono está en Chamberí.

—Ya lo tenemos.

—Álex borraba sus mensajes después de recibir la confirmación de lectura.

—El laboratorio decidirá qué puede recuperar.

—Encontrará el del día siete. «Cinco minutos. El bastón y el silencio». También la amenaza contra Maider y Jaime y la instrucción sobre la Beretta.

El joven psiquiatra observó a Salcedo. El teniente continuó inmóvil. No parecía satisfecho por escuchar a un hombre incriminarse, sino molesto porque cada frase podía contaminar una comprobación que todavía no se había realizado.

—¿Dónde está la ropa utilizada en Leciñana? —preguntó.

—La chaqueta quedó en casa de Edu. Carla la guardó.

—La tenemos.

—La funda del rifle pertenecía a Raúl y regresó con nosotros a Madrid. El teléfono y el reloj también.

—Los tenemos.

Gabriel dejó el vaso sobre la mesa.

—Entonces no me necesita.

—Lo necesito para encontrar lo que no conozco. Para demostrar el asesinato ya tengo una vaina, una trayectoria, una pistola, un bastón, una funda, una prenda y el recorrido de un dispositivo. Si todo coincide, seguirá coincidiendo aunque mañana diga que nunca ha oído hablar de Marcos Mendoza.

—Yo disparé.

—Y Álex lo obligó. Las dos afirmaciones pueden ser ciertas, pero ninguna sustituye una prueba.

Por primera vez, Gabriel apartó la mirada.

—Mi cooperación no va a salvarme.

—No es una operación de su mercado. Aquí no le corresponde fijar el precio.

El joven intervino antes de que la conversación dejase de cumplir el límite acordado.

—Hemos terminado.

Salcedo cerró la carpeta. Al levantarse, Gabriel volvió a hablar.

—En el manifiesto encontrará el descriptor E-71-4C tres veces. La primera compra corresponde a los papeles de mi nacimiento. La segunda, a las copias de Marco Mancini. La tercera, al depósito de Marcos. Cometí el mismo error durante veinte años.

—Los errores suelen durar mucho más que quienes los cometen —respondió Salcedo.

Cuando el teniente salió, el cuerpo permaneció inmóvil frente al vaso. El joven esperó hasta que los hombros perdieron rigidez y Edu regresó con una inspiración brusca.

—¿Ha hablado? —preguntó.

—Sí.

—¿De Carla?

—No. De pruebas.

* * *