Capítulo 46
El nombre del muerto
—Los restos hallados hace cuarenta años en el antiguo coto que hoy forma parte de Leciñana pertenecen al pediatra madrileño Carlos García.
El coche se desvió unos centímetros hacia la línea discontinua. El joven corrigió el volante y redujo la velocidad. A cuatrocientos metros, una señal anunciaba un área de servicio. Activó el intermitente, tomó la salida y aparcó junto a dos camiones con los motores en marcha.
Cuando abrió la grabadora del teléfono, la noticia estaba terminando.
—Los investigadores no han facilitado más información porque las diligencias permanecen bajo secreto. La familia de Carlos García ha solicitado respeto y ha agradecido el trabajo realizado para devolverle su identidad.
El boletín continuó con una noticia política. El joven detuvo la grabación y miró la hora. Habían transcurrido casi tres horas desde que apagó la grabadora de la sala de entrevistas.
«El cadáver encontrado en el antiguo coto en 1983 tenía cuatro coronas de oro».
La radio había mencionado una identificación odontológica, no el número de coronas.
Aquel detalle podía figurar en el informe del hallazgo, en un archivo antiguo o incluso en una noticia olvidada.
Edu había tenido acceso a documentos de la agencia, al archivo de Marco y a parte de lo recuperado en la granja.
Las cuatro coronas no demostraban nada por sí solas.
La segunda frase era distinta.
«Si me pasa algo, busca los gemelos».
El joven recuperó del asiento del acompañante la hoja en la que había anotado el contacto policial de la institución.
El número pertenecía a la unidad que había solicitado conservar la identidad de la mujer evacuada y limitar las visitas al paciente.
Marcó, se identificó y pidió hablar con el teniente Salcedo.
La persona que atendió no lo puso con él.
Anotó su nombre, el centro desde el que llamaba y el motivo general de la consulta.
Salcedo devolvió la llamada tres minutos después.
—¿Qué ocurre con el paciente? —preguntó sin presentarse.
—Necesito confirmar un dato antes de decidir si puedo contarle lo que ocurre.
—Ha llamado usted a un número oficial, se ha identificado como médico responsable y ha pedido hablar conmigo. Ya ha decidido contarme algo.
El joven miró los camiones. Uno de los conductores había bajado a comprobar una rueda y golpeaba el neumático con la puntera de la bota.
—Acabo de escuchar que han identificado a Carlos García.
—El comunicado se ha enviado hace menos de media hora.
—Un paciente me dio ese nombre antes de que fuese público.
—Carlos García figura en varios documentos intervenidos.
—También describió la carta encontrada en Barajas y una frase escrita al final de una copia de la auditoría: «Si me pasa algo, busca los gemelos».
Salcedo no respondió de inmediato. El joven escuchó una puerta, varias voces al fondo y después el sonido de otra puerta cerrándose.
—¿Cuándo pronunció esa frase?
—Hace aproximadamente cuarenta minutos. Está grabada con sello horario.
—¿Alguien le había informado de la identificación?
—No. Salió de la entrevista sin conocerla y permanece en una unidad sin teléfono ni acceso a medios de comunicación.
—¿Quién más ha escuchado la grabación?
—Yo. El sistema permite que el jefe de Psiquiatría acceda a todas las sesiones.
—No deje que nadie la borre, la edite ni la copie a un soporte particular.
—Necesito saber si la frase es real.
—Lo es.
El ruido de los motores pareció desaparecer.
—¿Dónde la encontraron?
—En un disquete conservado fuera de la clínica desde 1983.
La persona que lo guardó nos lo entregó hoy a mediodía.
El soporte no estaba digitalizado, no figuraba entre los documentos de San Agustín y todavía no había sido incorporado al procedimiento cuando su paciente habló.
La frase aparece al final del fichero, exactamente como acaba de repetirla.
El joven apoyó la frente contra el volante.
—Entonces no la reconstruyó con lo que encontraron en la granja.
—Eso no puedo afirmarlo. Alguien pudo decírsela. Pudo verla en otro soporte o recibirla de una persona implicada. Lo único que puedo confirmarle es que no estaba en los expedientes incautados que la institución conoce ni se ha difundido públicamente.
—También dijo que Carlos fue atraído con la promesa de encontrar a su hermana, que lo mataron en una finca y que su coche apareció en Barajas con una carta falsa.
—No continúe por teléfono.
—Llevo seis días escuchándolo.
—Y ahora sabe que parte de lo que ha escuchado puede tener valor en una investigación por varios homicidios. Preserve el original y no vuelva a interrogarlo sobre esos hechos hasta que tengamos una autorización judicial.
—Son entrevistas clínicas, teniente.
—Por eso le estoy diciendo que preserve, no que me envíe nada. La jueza decidirá qué puede incorporarse y con qué límites.
El joven observó en la pantalla el archivo que acababa de grabar de la radio. Tenía una copia del momento en que el nombre se hizo público y otra, dentro de la institución, que demostraba que el paciente lo había relacionado antes con un dato reservado.
—Los abogados de la familia han pedido trasladarlo —dijo—. El jefe estaba valorándolo esta mañana.
—¿Cuándo?
—Esta noche o mañana. No lo sé.
—Regrese al centro. No impida un traslado por la fuerza ni comunique al paciente que hemos hablado. Deje constancia clínica de cualquier riesgo que lo desaconseje y dígame quién tiene autoridad para conservar las grabaciones.
—El jefe.
—La ratificación del ingreso solo cubre la custodia clínica.
Voy a pedir otra resolución para preservar las grabaciones, registrar sus accesos e inmovilizar los efectos relacionados con los hechos.
Si alguien intenta retirar al paciente o alterar el archivo antes de que llegue, llame al mismo número.
—¿Cuánto tardarán?
—Menos de lo que tardó Carlos García en recuperar su nombre.
La comunicación se interrumpió.
* * *
El jefe de Psiquiatría estaba en su despacho cuando el joven regresó. Había apagado el cigarrillo, pero el humo seguía suspendido junto a la ventana. Sobre la mesa descansaba una solicitud de traslado y, encima, la tarjeta de un abogado.
—Pensé que se había marchado —dijo.
—Hay que bloquear las grabaciones de las entrevistas y suspender el traslado.
El jefe apoyó la espalda en la silla.
—No tiene autoridad para decidir ninguna de las dos cosas.
—La radio acaba de anunciar que el cadáver del antiguo coto era Carlos García.
—Eso confirma que el paciente conocía un nombre contenido en los archivos que llevaba una semana ordenando.
—No confirma solo el nombre. Al final de la copia que Carlos entregó a su secretaria figura la frase exacta que Edu pronunció antes de que la identificación fuese pública. La Guardia Civil recibió el original hoy. No estaba en la granja ni en la agencia.
El jefe miró la carpeta de Felipe Gracia, todavía abierta sobre una esquina del escritorio.
—¿Ha hablado con la policía sobre una entrevista clínica?
—He confirmado la existencia de una grabación potencialmente relevante. No he entregado el archivo ni el historial.
—La diferencia puede parecerle muy importante cuando declare ante el Colegio de Médicos. A los abogados de Gálvez les parecerá inexistente.
—Borrarla después de saber lo que contiene les parecerá más importante a ellos y a un juzgado.
—Nadie ha dicho que vaya a borrarse.
—Las sesiones siguen en la carpeta temporal de evaluación. El sistema las sobrescribe cuando se cierra el informe inicial.
El jefe desvió los ojos hacia el ordenador. Aquel movimiento bastó para que el joven comprendiese que conocía el riesgo.
—Inclúyalas en la historia clínica —dijo—. Sin copias externas y con el acceso restringido, pero consérvelas en su formato original.
—Eso obligará a entregar un registro de accesos y cualquier modificación si un juez lo solicita.
—Precisamente.
El jefe se levantó y caminó hasta la ventana. Colocó los pies a ambos lados de una junta del suelo y permaneció allí, contemplando los coches del aparcamiento.
—El traslado está previsto para las ocho —admitió—. Otro centro ha aceptado hacerse cargo y la familia considera que aquí no puede garantizarse la confidencialidad.
—Un cambio de unidad después de que hoy haya aparecido una identidad que admite un homicidio incrementa el riesgo de fuga, autolesión y descompensación. Firmaré la contraindicación temporal.
—Está construyendo una justificación clínica para retenerlo hasta que llegue la Guardia Civil.
—Estoy documentando una razón clínica que ya existía antes de llamarles.
El jefe regresó a la mesa. Durante varios segundos ambos observaron la solicitud de traslado.
—Si hace esto, dejará de ser un evaluador y se convertirá en testigo —dijo por fin.
—Creo que me convertí en testigo cuando me dijo cómo se llamaba un muerto que todavía no tenía nombre.
El jefe tomó el teléfono, llamó al responsable de sistemas y ordenó que las grabaciones quedasen incorporadas al expediente sin conversión ni compresión. Después anuló la salida de la ambulancia hasta nueva valoración médica.
—Tiene una hora —advirtió al colgar—. Si no llega una orden, hablaré con los abogados y usted explicará personalmente por qué ha bloqueado el traslado.
No fue necesario esperar tanto.
Salcedo llamó diecisiete minutos después.
La jueza había autorizado la preservación de las grabaciones, el registro de sus accesos y la inmovilización de los efectos personales con los que el paciente ingresó.
También había ordenado mantenerlo en el centro hasta que un médico forense valorase si podía prestar declaración.
—Nos falta un objeto —añadió el teniente—.
El bastón de Marcos Mendoza aparece en las imágenes enviadas por Carla y en la grabación de Chamberí, pero no figura entre lo recuperado por los bomberos.
Si sabe dónde está, no intente buscarlo.
Pregunte únicamente si el paciente puede indicar el lugar y deje la grabadora encendida.
El joven descendió a la sala de entrevistas. Dos guardias civiles esperaban ya junto a la primera reja con un funcionario del juzgado, pero Salcedo aún no había llegado. El personal de seguridad comprobó la autorización y abrió el corredor.
Edu estaba sentado en la misma posición en que lo había dejado. Al ver al joven, miró el reloj de la pared.
—Ha regresado pronto.
El joven se sentó y activó la grabadora.
—Han identificado el cadáver del antiguo coto. Era Carlos García.
Edu cerró los ojos. No pareció sorprendido. Pareció cansado.
—Entonces Conchi lo guardó —murmuró.
—¿Cómo conocía la frase del disquete?
—Ya se lo dije. No sé cuál de nosotros la conocía.
—Necesito otra respuesta. ¿Dónde está el bastón de Marcos?
Edu abrió los ojos. La mano izquierda abandonó el borde de la mesa y quedó inmóvil junto al vaso. Después enderezó la espalda. No cambió su cara ni su voz. Cambió la forma de ocupar la silla.
—¿Con quién estoy hablando? —preguntó el joven.
—Con el único que sabe dónde lo soltó Edu.
—Gabriel.
El paciente inclinó apenas la cabeza.
—¿Dónde está el bastón?
—Bajo el tramo hundido de la pasarela, junto a la barandilla. Edu lo soltó después de clavarle a mi padre una parte de la empuñadura. El fuego hizo caer yeso y madera sobre él, pero no llegó al canal.
—¿Cómo conocía la frase de Carlos?
Gabriel miró directamente hacia el cristal de observación.
—Mi padre la leyó antes de destruir la copia. Años después me enseñó que un documento solo desaparece cuando encuentras todos los duplicados.
La cerradura sonó detrás del joven. Salcedo apareció en la puerta con una carpeta judicial en la mano. Antes de entrar, señaló la luz roja de la grabadora.
—No la apague —ordenó.