Errores del destino Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

—Porque una explicación clínica puede describir la estructura sin validar cada episodio.

Edu tuvo acceso al archivo de Marco, a los documentos de la agencia y a una parte del material de la granja.

Con todo ello ha construido una autobiografía detectivesca en la que cada ausencia encuentra un responsable y cada documento completa un recuerdo.

Puede haber hechos verdaderos dentro de una narración falsa.

También puede haber reconstrucciones exactas que el paciente confunde con memoria.

—Gabriel admitió haber matado a Marcos.

—Gabriel evitó responder y después describió hechos que la prensa ya había publicado.

Una confesión pronunciada por un estado de identidad dentro de una evaluación clínica no convierte al resto del sistema en culpable ni sustituye una investigación policial.

Si el residuo de disparo, la funda, la vaina y el recorrido del vehículo lo demuestran, habrá una prueba.

Si no, solo tendremos un relato muy elaborado.

El joven pasó las páginas de la carpeta de ingreso.

Las restricciones que hasta entonces había evitado nombrar aparecían escritas con claridad: unidad segura, riesgo de fuga, riesgo de autolesión, observación permanente y entrevistas grabadas para seguimiento clínico.

La puerta sin pomo interior no pertenecía a una sala policial.

El cristal permitía que un segundo profesional observase las sesiones sin ocupar la habitación.

Los hombres que abrían las rejas eran personal de seguridad contratado por la institución.

Había utilizado palabras verdaderas y, aun así, había permitido que todas parecieran significar otra cosa.

—¿Qué ocurrió con la mujer? —preguntó.

El jefe tardó en responder.

—Los servicios de emergencia evacuaron a una mujer con vida.

—¿Carla?

—La policía ha restringido su identidad y su estado. No puedo confirmarle nada más.

—Él cree que murió.

—Y saber que hubo una superviviente puede reducir el riesgo de que intente hacerse daño. Puede decírselo. No utilice el nombre ni convierta una información incompleta en una promesa.

El joven recogió las carpetas.

—¿Cómo quiere que lo llame?

—Pregúntele cómo quiere que lo llame hoy.

* * *

El guardia abrió la última reja a las cinco y veinte de la tarde.

El joven cruzó el corredor con la documentación bajo el brazo y esperó a que la cerradura volviese a bloquearse.

Al fondo, el jefe regresaba hacia su despacho con las manos enlazadas a la espalda.

Avanzaba despacio, procurando colocar cada pie dentro de las baldosas grises sin pisar las juntas.

Por primera vez, el joven se preguntó qué informe habría escrito sobre aquella costumbre si perteneciese a un paciente.

La sala de entrevistas se encontraba dos plantas más abajo. Antes de entrar comprobó el cristal de observación, la cámara del techo y el botón que permitía al personal abrir desde fuera. Nada había cambiado desde la primera sesión. Solo había cambiado el significado.

El paciente estaba sentado frente al vaso de agua.

Las vendas de los nudillos habían sido sustituidas por apósitos más pequeños y la irritación del pómulo izquierdo casi había desaparecido.

Mantenía ambas manos sobre la mesa, como si hubiese aprendido que cada vez que las ocultaba alguien anotaba algo.

—¿Cómo quiere que lo llame hoy? —preguntó.

—Edu.

—¿Y con quién estoy hablando?

—Al mismo que lleva seis días contestando sus preguntas.

El joven se sentó. Dejó la carpeta cerrada y encendió la grabadora.

—Felipe Gracia no existe en los registros civiles.

Edu no mostró sorpresa.

—Ya le dije que no lo conocía.

—La reserva se hizo el 1 de septiembre. Dieciocho meses pagados por adelantado mediante una sociedad vinculada al grupo Gálvez.

—Gabriel.

—¿Por qué preparó su ingreso?

—Porque sabía que podía matar a Marcos, enfrentarse a Álex o dejar que alguno de los dos nos destruyera. Supongo que consideró esta la única cárcel en la que Raúl seguiría siendo un cliente.

—La policía ha identificado sus huellas. Usted es legalmente Raúl Gálvez.

La mano derecha de Edu se cerró alrededor del borde de la mesa. El joven esperó el cambio de postura que precedía a Raúl o a Gabriel, pero no se produjo.

—No —dijo.

—La identificación es dactilar. Sus padres y los abogados del grupo también lo han reconocido.

—Maider y Jaime reconocieron este cuerpo. Carla ya me explicó la diferencia.

—Su fecha de nacimiento, la filiación y las huellas corresponden a Raúl Gálvez. La documentación de Eduardo Marín está siendo investigada.

—Entonces ¿qué soy yo?

El joven abrió la carpeta por la fotografía de la junta de accionistas. La colocó frente a él. Edu miró el rostro de Raúl detenidamente.

—Una identidad con continuidad propia dentro de la misma persona —respondió—. Es una hipótesis, no un diagnóstico definitivo.

—Una identidad secundaria.

—El orden en el que aparecieron no decide cuál merece existir.

—Pero el dinero, la casa y el nombre son suyos.

—Son de la persona que la ley reconoce con el nombre de Raúl. Eso no convierte sus recuerdos, su trabajo ni sus relaciones en falsos.

Edu soltó la mesa y observó el reflejo del cristal.

—¿Van a intentar que desaparezca?

—El tratamiento no consiste en elegir un nombre y borrar los demás. Primero necesitamos seguridad, comunicación entre ustedes y una evaluación que no puede resolverse en una semana.

—¿Y después?

—Después tendrán que afrontar juntos que el cuerpo hizo cosas que no todos recuerdan, sin atribuir a cada uno conocimientos que no posee.

—Gabriel mató a Marcos.

—Eso debe demostrarlo la policía.

—Yo recuerdo haber herido a Álex.

—Y Gabriel recordó que Carla respiraba. La co-consciencia parcial puede explicar que un hecho llegue a más de una identidad, pero no podemos decidir de quién es un recuerdo solo porque encaje con nuestra teoría.

Edu bajó la cabeza. La pregunta sobre Carla apareció en su rostro antes de que llegase a formularla.

—Una mujer fue evacuada con vida de la granja —dijo el joven—. No puedo confirmar su identidad ni su estado.

Edu cerró los ojos. Durante varios segundos no respiró. Después el aire salió de su pecho en dos sacudidas breves.

—Era ella.

—No lo sabe.

—Gabriel no habría llamado por otra persona.

—Eso es una deducción.

—A veces es lo único que dejan las personas que no pueden estar presentes al mismo tiempo.

El joven permitió que el silencio continuase. Por primera vez desde el ingreso, Edu no miró la puerta ni el cristal. Permaneció inclinado sobre la mesa, sujetándose las manos, con un alivio que todavía no se atrevía a convertir en esperanza.

—El jefe considera que ha organizado documentos verdaderos dentro de una autobiografía —dijo el joven—. Cree que algunas escenas que describe como recuerdos pueden ser reconstrucciones.

—Tiene razón.

La respuesta lo sorprendió.

—¿Admite que las ha inventado?

—He dicho que las he reconstruido. Yo no estaba en la clínica cuando nació el niño ni en la habitación donde murió Carlos. Sé lo que muestran los documentos y recibo imágenes que no puedo colocar. Si relleno un hueco, se lo digo. Si recuerdo, también.

—No siempre distingue una cosa de la otra.

—Usted tampoco.

El joven abrió sus notas por la sesión dedicada a Carlos García.

—Afirmó que Álex decapitó el cadáver, dejó cien mil pesetas, unas gafas de oro y cuatro coronas dentales. También dijo que Carlos guardó dos copias del fichero de mortalidad.

—Una la llevaba encima. La otra se la dio a Conchi.

—Ningún documento incautado en la granja demuestra que ella la conservara.

—Porque no estaba en la granja. Conchi la escondió en el lugar donde guardaba las escrituras de su casa.

—¿Cómo lo sabe?

Edu miró hacia el cristal. La luz superpuso su reflejo al del joven, igual que en las sesiones anteriores.

—No sé cuál de nosotros lo sabe.

—Eso no es una respuesta verificable.

—Entonces verifique dos cosas. El cadáver encontrado en el antiguo coto, hoy Leciñana, tenía cuatro coronas de oro. No tres ni cinco. Cuatro. Y al final de la copia de Conchi, Carlos escribió: «Si me pasa algo, busca los gemelos».

—Ambos datos pueden proceder de informes antiguos.

—Busque uno que contenga los dos.

El joven cerró la carpeta. Se levantó, detuvo la grabación y llamó al guardia mediante el pulsador exterior. Antes de que la puerta se abriera, Edu volvió a hablar.

—Cuando averigüe cómo se llamaba el muerto, pregúntese quién estaba vivo para recordarlo.

El joven salió sin responder.

Al abandonar la institución guardó las notas en el asiento del acompañante. Durante seis días había conducido en silencio para ordenar cada entrevista antes de llegar a casa. Aquella tarde introdujo la llave, arrancó el motor y encendió la radio.