Capítulo 45
Felipe Gracia
—Felipe Gracia no nació nunca. El jefe de Psiquiatría dejó una hoja sobre la mesa y la empujó hacia el doctor Adrián Soria.
En el margen superior figuraba el sello de una consulta realizada al Registro Civil; debajo, varias líneas certificaban que ninguna persona con aquel nombre, aquella fecha de nacimiento y aquel número de documento constaba en sus archivos.
El ingreso urgente se había comunicado al juzgado de guardia dentro de las veinticuatro horas siguientes al rescate.
Tras oír al paciente, examinar los informes médicos y recabar un dictamen forense, la jueza ratificó el internamiento dentro del plazo legal de setenta y dos horas desde que recibió la comunicación.
La resolución autorizaba la custodia clínica y su control periódico; no convertía las entrevistas en interrogatorios policiales ni permitía utilizar la historia clínica como prueba sin otra autorización.
El joven leyó la respuesta dos veces.
—Entonces ¿a quién llevo interrogando seis días?
—No lo está interrogando. Lo está evaluando.
—Él cree otra cosa.
—Él cree muchas cosas. Averiguar cuáles proceden de recuerdos, cuáles de documentos y cuáles ha construido para poder soportar las anteriores es precisamente su trabajo.
El jefe encendió un Marlboro, abrió la ventana y expulsó el humo sin acercarse a ella. Fumar estaba prohibido en toda la institución. También lo estaba conservar un cenicero en el cajón, pero el joven lo había visto apagar allí tres cigarrillos durante aquella semana.
—Cuando ingresó dijo llamarse Felipe Gracia —continuó—.
El nombre coincidía con una reserva recibida el 1 de septiembre, once días antes de su ingreso.
Habían pagado dieciocho meses por adelantado y enviado instrucciones muy precisas sobre el tipo de unidad, la vigilancia y el profesional que debía realizar la primera valoración.
La documentación llegó por vía privada y constaba como pendiente de verificación.
—¿Aceptaron una reserva de dieciocho meses sin comprobar quién era?
—Aceptamos el dinero y bloqueamos una plaza. No es lo mismo. Nadie esperaba que el paciente apareciese cubierto de hollín en una carretera, junto a un edificio ardiendo, y pronunciara exactamente el alias que figuraba en el anticipo.
El joven miró la fecha de la reserva: 1 de septiembre de 2023. Gabriel había enviado el paquete a la agencia aquel mismo día. Seis días después murió Marcos Mendoza en Leciñana. Cinco días más tarde ardió la granja.
—Sabía que iba a ocurrir algo —dijo.
—Sabía que podía ocurrir. No confunda previsión con adivinación.
—¿De dónde salió el dinero?
—De una cuenta de garantía utilizada para operaciones que la policía relaciona con la actividad clandestina de Gabriel.
El pago llegó hasta nosotros como anticipo sanitario de una sociedad vinculada a Raúl.
Una parte del sistema obtuvo el dinero, otra tenía la empresa con la que podía justificarlo y una tercera despertó dentro de la plaza que habían reservado las anteriores.
—Lo dice como si hubieran organizado su propio rescate.
—O su propio encierro. Todavía no sabemos qué temía más.
El jefe abrió una carpeta distinta. La primera hoja contenía una fotografía tomada varios años atrás en una junta de accionistas.
El hombre de la imagen llevaba traje oscuro, barba recortada y una expresión que el joven no había visto durante ninguna de las sesiones.
Aun así, reconoció la cicatriz junto al pulgar izquierdo antes de leer el nombre.
Eduardo Raúl Gálvez.
—Las huellas obtenidas después del incendio corresponden a él —explicó el jefe—.
Nació en Madrid el 9 de septiembre de 1983.
Es hijo legal de Jaime Gálvez y Maider y el principal accionista de un grupo industrial y asegurador.
Sus abogados llegaron el día trece con documentación corporativa, poderes notariales y suficientes amenazas como para ocupar esta mesa entera.
—Él dice llamarse Eduardo Marín Alcázar.
—Y dispone de documentos con ese nombre.
La policía está comprobando cómo fueron emitidos.
Hasta que termine, no los llame falsos ni los coloque por encima de una identificación dactilar confirmada.
No le estoy diciendo que Eduardo Marín sea una invención consciente.
Le estoy diciendo que el cuerpo sentado frente a usted pertenece jurídicamente a Eduardo Raúl Gálvez.
—¿Por qué no me lo dijo el primer día?
El jefe dio una calada y contempló la calle a través de la ventana.
—Porque la identidad aún no estaba confirmada, porque existe una investigación abierta y porque los abogados exigieron confidencialidad.
También porque necesitaba una primera valoración que no estuviera condicionada por saber que el paciente podía comprar esta institución tres veces.
Si eso le ofende, escriba una queja cuando termine el informe.
—Me permitió llamarlo Felipe.
—Usted nunca lo llamó Felipe. En las grabaciones utiliza «usted» y él habla de sí mismo como Edu, Raúl o Gabriel. Ha sido bastante prudente con los nombres. Menos con el resto.
El reproche obligó al joven a apartar la mirada.
Durante seis días había permitido que el paciente relatase una investigación completa: un recién nacido hallado en Arrigunaga, mujeres encerradas en una granja, un pediatra desaparecido, un ministro asesinado y tres hombres que utilizaban el mismo cuerpo.
Cada entrevista ampliaba la anterior y añadía detalles que después aparecían en fotografías, recortes o informes incautados.
Aquella correspondencia le había parecido una prueba de coherencia.
Ahora comprendía que también podía ser el mecanismo con el que alguien ordenaba una vida imposible.
—¿Cree que ha inventado todo? —preguntó.
—No. Ese sería un diagnóstico tan cómodo como estúpido.
El jefe aplastó la colilla y sacó otra carpeta, mucho más fina.
Contenía informes de las revisiones a las que Eduardo había sido llevado durante la infancia.
Las primeras hablaban de pesadillas, silencios prolongados y mañanas en las que el niño no recordaba lo sucedido la tarde anterior.
A los pocos años aparecieron cambios de nombre, respuestas contradictorias y periodos durante los cuales sus padres aseguraban no reconocer su forma de hablar.
En una de las anotaciones, Maider había escrito de su puño y letra: «Hoy ha vuelto Gabriel».
—La Clínica De Palacios explicó estos episodios como reacciones infantiles al estrés —dijo el joven.
—La misma clínica que organizaba revisiones sin dejar constancia completa y cuyo archivo acaba de aparecer dentro de un edificio. No utilizaría sus conclusiones para envolver el bocadillo.
—Entonces admite que los recuerdos pueden ser reales.
—Admito que el paciente presenta una estructura disociativa compleja.
La amnesia entre estados, las diferencias de conducta y la continuidad autobiográfica separada son compatibles con un trastorno de identidad disociativo.
Compatible no significa confirmado. Necesitaremos meses de observación, descartar otras causas y comprobar qué información comparte cada estado sin suponer que una grabación lo explica todo.
Adrián Soria abrió la carpeta pediátrica. Varias hojas estaban codificadas como «Protocolo G». Registraban aislamiento, privación de sueño, órdenes contradictorias y administración de sedantes. Algunas llevaban la firma de Francisco De Palacios.
—Estos documentos prueban un programa continuado de abuso clínico —dijo el jefe—. No prueban que un médico fabricara identidades concretas ni permiten asignar el origen de cada una a una sesión. Sí describen experiencias capaces de agravar la disociación de un niño vulnerable.
—¿Y Edu, Raúl y Gabriel?
—Son los nombres que utilizan. No son tres cuerpos, tres responsabilidades penales automáticas ni tres verdades independientes. Un diagnóstico describe cómo funciona una persona; no demuestra quién apretó un gatillo.
—Pero el cuerpo es el mismo.
—Por eso la investigación tendrá que separar actos, conocimiento e intención. El trastorno, si se confirma, no causa un homicidio ni absuelve por sí mismo. Tampoco permite atribuir a una identidad conocimientos que solo consten en otra.
El joven pensó en la mano izquierda frotando una cicatriz, en la espalda que se erguía antes de que apareciera Gabriel y en la voz que había descrito el canal de drenaje sin recordar la llamada al 112.
Ningún cambio había parecido una representación.
Precisamente por eso temía haber colaborado en construirla.
—Durante las entrevistas he hecho preguntas sobre cada identidad —dijo—. Si se trata de una narrativa delirante, puedo haberla reforzado.
—Puede.
—¿Y si no lo es?
—También puede haber reforzado una separación que ya existía. Deje de buscar una respuesta que lo absuelva como médico. Hizo preguntas razonables con la información que tenía. Ahora tiene otra y debe cambiar la forma de preguntar.
—¿Cuánto puede durar esta evaluación?
—Meses. Habrá días en los que Edu quiera reconstruir cada minuto y semanas en las que ninguno esté dispuesto a hablar. No confunda esta primera semana con el tratamiento.
El jefe cerró la carpeta infantil.
—Mi hipótesis provisional es que Raúl sostuvo la vida familiar y empresarial durante años.
Gabriel conservó los recuerdos más amenazantes y terminó relacionándose con Álex.
Edu adquirió continuidad más tarde y convirtió la búsqueda de pruebas en su función principal.
Cuando la granja ardió, esa organización dejó de protegerlos.
—Eso se parece demasiado a la historia que él cuenta.