Errores del destino Capítulo 44 #3
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Capítulo 44 #3

Le golpeé el pecho con el extremo roto. Álex me sujetó por el cuello y me empujó hacia el hueco de la barandilla.

Sentí el calor del fuego en la espalda y el vacío bajo un pie.

Resbalamos hasta chocar contra el suelo.

Solté el bastón, busqué apoyo con la mano y encontré el fragmento de marfil sobre la rejilla.

Lo agarré y lo hundí en su hombro izquierdo.

Álex gritó. La barra cayó entre nosotros. Retiró una mano de mi cuello y trató de arrancarse la esquirla, pero la pieza había desaparecido casi por completo bajo la camisa. Lo empujé con ambas manos.

La barandilla cedió.

Álex cayó al nivel inferior, dentro de un canal de hormigón que atravesaba la sala. El golpe sonó por debajo del crujido del edificio. Se movió una vez. Después una viga ardiendo se desplomó entre ambos y levantó una nube de chispas.

—¡Álex!

No respondió.

El suelo se inclinó bajo mis pies. Retrocedí hacia la escalera y regresé junto a Carla. Continuaba inmóvil. El humo ya ocupaba la mitad superior de la sala y apenas podía mantener los ojos abiertos.

Me arrodillé otra vez, pero algo se quebró dentro de mi cabeza antes de que llegase a tocarla.

No recuerdo haber encontrado su teléfono.

No recuerdo haber marcado el 112.

Mi siguiente recuerdo es la carretera.

Estaba de rodillas sobre el arcén, sin el bastón y con las manos cubiertas de hollín. A mi espalda ardía la granja. Escuchaba sirenas, motores y voces que ordenaban desplegar una manguera por el acceso lateral. Dos sanitarios me sujetaron por los brazos cuando intenté levantarme.

—La mujer —dije—. Hay una mujer dentro.

Uno de ellos me obligó a mirarlo.

—¿Cómo se llama usted?

Quise responder Eduardo Marín. También quise decir Raúl Gálvez. Ninguno de los dos nombres llegó a mi boca.

—Felipe Gracia —escuché.

La sanitaria que esperaba junto a la camilla lo escribió en la hoja de ingreso.

* * *

El joven colocó el teléfono sobre la mesa y reprodujo la grabación por segunda vez. La voz que hablaba con el servicio de emergencias era la mía, pero no gritaba ni parecía desorientada.

«Mujer inconsciente en la planta inferior. Respira. Posible traumatismo craneal. Acceso por la puerta de servicio del lateral norte. Hay un incendio».

Después facilitaba la dirección completa y advertía de que el canal de drenaje atravesaba la sala y que el plano situaba al final una rejilla de alivio que daba al talud exterior. Era estrecha, pero una persona podía atravesarla de lado.

—¿Reconoce la voz? —preguntó.

—Es la misma que Carla grabó en el despacho. Gabriel.

—Entonces él sabía que Carla seguía viva.

—Yo creí que estaba muerta.

—La llamada se realizó tres minutos después de la caída del otro hombre. ¿Qué ocurrió durante ese intervalo?

—No lo recuerdo.

—¿Álex estaba vivo cuando cayó?

—Se movió una vez.

—¿Podía salir del canal?

—El plano mostraba una conducción hasta el exterior. Había humo y parte del suelo se vino abajo. No pude verlo.

El joven adelantó la grabación unos segundos. Mi voz reapareció entre chasquidos y sirenas lejanas.

«Hay otro hombre en el canal. Puede alcanzar la salida de drenaje. Lleva una herida penetrante en el hombro izquierdo».

Detuvo el audio.

—Gabriel conocía la herida.

—Ya lo ha oído.

—También sabía que el hombre seguía vivo y que el canal tenía salida. Usted asegura que no recuerda haber mirado el teléfono ni haber realizado la llamada.

—No lo recuerdo.

—Entonces ¿quién vio todo eso?

La pregunta me pareció absurda hasta que comprendí que no tenía una respuesta que pudiera pronunciar sin parecerlo más.

—El que estaba allí.

—Había tres personas en la granja: Carla, el hombre que cayó y usted.

—Había alguien más.

—¿Gabriel?

Asentí.

—Sin embargo, ninguno de los bomberos lo vio salir. Tampoco aparece en las imágenes de la carretera. Solo encontraron a Carla y a usted.

—Gabriel no salió andando.

El joven esperó una explicación. Yo observé el reflejo del vaso sobre la mesa. La mano que había marcado el 112 había utilizado el teléfono de Carla y conocía un plano que yo apenas había visto. También sabía cuánto tiempo le quedaba al fuego para alcanzar la escalera.

—¿Dónde estaba? —insistió.

Me toqué la sien vendada.

—Aquí.

El joven no escribió nada. Cambió de hoja.

—Pero acaba de decir que le clavó una pieza de marfil en el hombro izquierdo.

—Lo hice.

—¿Está seguro de que fue usted?

Miré mis manos. Tenía los nudillos vendados y una mancha oscura bajo la uña del pulgar.

—Recuerdo haberlo hecho.

—No apareció ningún cadáver en el canal ni en la salida exterior. Había sangre junto al muro, pero el agua y el incendio impidieron obtener una muestra útil. ¿Cree que Álex escapó?

—Creo que conocía la granja mejor que nosotros.

—Eso no contesta a mi pregunta.

—Entonces sí.

El joven tomó una hoja de la carpeta.

—Cuando lo encontraron en la carretera dijo llamarse Felipe Gracia. Ese mismo nombre figuraba en una reserva de ingreso realizada antes del incendio. ¿Quién es?

—Yo no conozco a ningún Felipe Gracia.

—La estancia estaba pagada por adelantado.

Sentí que la espalda se enderezaba contra la silla. El vaso permanecía a mi derecha, aunque durante toda la conversación lo había sostenido con la mano izquierda.

—Felipe Gracia es el nombre que él pagó para que ustedes aceptaran.