Errores del destino Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

Álex se abalanzó sobre ella a una velocidad que la sorprendió por la edad que debía de tener aquel cuerpo.

Carla sacó el aerosol del bolsillo y le roció los ojos. Él apartó la cara y lanzó la barra a ciegas. El hierro golpeó el borde de la mesa. Carla le hundió la linterna en el estómago, pasó a su lado y corrió hacia la salida.

Álex chocó contra una estantería, pero no cayó. La alcanzó en la pasarela metálica que cruzaba sobre la antigua sala de partos. Carla sintió un tirón en la chaqueta, giró sobre sí misma y volvió a golpearlo con la linterna. Esta vez le abrió una herida junto a la ceja.

—Hija de puta.

La barra de hierro impactó contra la barandilla, a pocos centímetros de su mano. Carla retrocedió. El metal bajo sus pies se movió y una de las uniones cedió con un chasquido. Álex avanzó de nuevo, con los ojos enrojecidos por el aerosol, y la empujó con el hombro.

La barandilla se inclinó hacia el vacío.

Carla intentó agarrarse, pero la manga resbaló entre sus dedos. Cayó poco más de dos metros. El hombro derecho golpeó primero contra el suelo; después, la parte lateral de la cabeza chocó con el borde de un carril oxidado.

No perdió el conocimiento de inmediato. Vio la luz de la linterna girando sobre el cemento y sintió algo caliente que le recorría la sien. Trató de incorporarse. El brazo derecho no respondió y el resto de su cuerpo pareció quedar muy lejos.

Álex apareció detrás de la barandilla vencida. Se limpió los ojos con la manga y la observó desde arriba.

—Ahora veremos cuál de los tres viene a buscarla.

Carla quiso decirle que las imágenes ya estaban fuera. Solo consiguió mover los labios.

La oscuridad regresó antes de que escuchara sus propios sonidos.

* * *

Antes de arrancar abrí desde el teléfono la carpeta que Carla había dejado en el servidor.

La fotografía de la nota tomada en Santander conservaba el nombre del camino y el número de parcela.

No necesité más. Introduje los datos en el navegador y conduje detrás del punto azul del localizador de su coche.

Durante el trayecto escuché dos veces la grabación de Gabriel.

La primera para obtener información. La segunda para acostumbrarme a que mi voz pronunciase cosas que yo no había vivido.

Cuando dijo que Álex sabía hacerlo salir, traté de recordar qué podía significar.

No encontré nada salvo una frase sobre lobos que apareció en mi cabeza ya terminada.

Llegué a la granja pocos minutos antes de medianoche. El coche de Carla estaba escondido entre los árboles y las luces permanecían apagadas. Dejé el Audi junto a la verja, cogí el bastón de Marcos y avancé por el camino llamándola. No respondió.

La puerta de servicio estaba abierta. Una piedra impedía que se cerrase.

—Muy bien, Carla —murmuré.

Descendí con el teléfono iluminando el suelo y el bastón sujeto como si de verdad supiera utilizarlo para defenderme. En el corredor olía a gasolina y a humo. Una claridad naranja comenzaba a reflejarse sobre las paredes del sótano.

—¡Carla!

Escuché un golpe a mi izquierda. Crucé la antigua sala de partos y vi la pasarela rota. Carla yacía debajo, junto a uno de los carriles del montacargas. Tenía la cara vuelta hacia el suelo y una mancha de sangre se extendía desde su cabello.

Bajé por una escalera lateral, solté el bastón y me arrodillé a su lado. Le toqué el cuello. Mis dedos temblaban tanto que no pude distinguir pulso alguno.

—Carla, despierta.

No se movió.

Le apoyé la mano junto a la boca. No sentí aire. La giré lo suficiente para ver su rostro y su cabeza cayó sin ninguna resistencia.

—No.

Había imaginado muchas veces que Carla podía marcharse de la agencia, cansarse de mí o terminar enviándome a la mierda. Nunca se me ocurrió que pudiera quedarse completamente quieta y que yo fuese incapaz de encontrar en ella una sola protesta.

—No me jodas, Carla. Ahora no.

—Gabriel siempre elegía mal a quién proteger.

La voz llegó desde la parte alta de la sala.

Álex descendía por la escalera con una barra de hierro en una mano y un encendedor en la otra. La mancha roja ocupaba su pómulo, pero tenía los ojos hinchados y una herida sangrante junto a la ceja. Dejé a Carla y recuperé el bastón.

—Tú la has matado.

—Ella vino sola.

—Porque le dejaste una dirección.

—Y tú has venido porque Gabriel necesitaba que lo hicieras.

¿Todavía no lo comprendes? Te encargó una investigación contra tu propio cuerpo, te dejó encontrar a tus padres y esperó a que Carla te obligase a escuchar.

No eres un detective. Eres la herramienta que él construyó para entregarse sin tener que hacerlo personalmente.

—Cállate.

—Gabriel mató a Marcos con esas manos. Robó la pistola, disparó y metió el bastón en la funda de Raúl. Yo solo le recordé lo que podía perder.

Miré mis dedos alrededor de la madera. La pequeña cicatriz junto al pulgar parecía pertenecer de pronto a otra persona.

—Le obligaste.

—Los lobos no obedecen. Eligen qué presa merece la pena.

La frase me produjo una presión detrás de los ojos. Durante un instante, la sala desapareció y vi una habitación de hotel, dos manchas rojas frente a frente y a aquel hombre más joven abriendo los brazos.

«Los lobos tienen sus propias reglas».

Álex sonrió.

—Eso es. Déjalo salir.

—No soy Gabriel.

—Tampoco eres Eduardo o Raúl, aunque hayas ido llorando a casa de Maider. Eres el escondite que Gabriel utiliza cuando no soporta mirarme.

Álex prendió el encendedor metálico y acercó la llama a la línea de gasolina. El fuego apareció a su espalda. Las llamas avanzaron por el suelo hasta el archivo y treparon por las primeras cajas con una velocidad aterradora.

Corrí hacia él.

Álex levantó la barra. El primer golpe alcanzó el bastón y me sacudió los brazos.

El segundo pasó junto a mi cabeza. Le golpeé la rodilla con la madera y conseguí que retrocediera, pero respondió hundiéndome el codo en la cara.

Caí contra la barandilla de la pasarela. El sabor de la sangre me llenó la boca.

El humo descendía desde el techo. Detrás de nosotros, los cristales de una puerta interior estallaron por el calor.

Álex volvió a golpear. Bloqueé la barra con el bastón. La empuñadura de marfil chocó contra uno de los soportes metálicos y se partió con un sonido seco. Un fragmento triangular cayó al suelo; el resto quedó unido a la rosca por una veta astillada.

—Eso pertenecía a un cobarde —dijo Álex.

—Y va a servir para otro.