Errores del destino Capítulo 44
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Capítulo 44

La granja

Carla silenció las llamadas de Edu al salir de Chamberí, pero mantuvo encendidos el teléfono y el localizador del coche.

Antes de arrancar había enviado a Bea la ubicación de la finca, una fotografía del plano y la orden de llamar a Salcedo si a la una no confirmaba que seguía fuera.

También compartió con el teniente su posición en tiempo real.

Salcedo le ordenó esperar y le advirtió que movilizaría una patrulla si la señal o las imágenes dejaban de actualizarse.

Carla confirmó por escrito y mantuvo activas la ubicación y la copia automática de imágenes.

No quería que Edu la siguiese y, al mismo tiempo, sabía que desaparecer por completo era la clase de estupidez que acostumbraba a reprocharle a él.

Había guardado la llave antigua, el plano y la nota con la dirección en el bolsillo interior de la chaqueta.

La copia parcial del registro, las fotografías del bastón y la grabación de Gabriel permanecían en el servidor de la agencia.

Si no regresaba, Bea podría entregárselo todo a Salcedo.

No era suficiente para registrar una finca privada, pero sí para explicar por qué una investigadora había acabado allí.

No entró con el coche. Lo ocultó entre los árboles, a unos doscientos metros, y volvió caminando con una linterna en una mano y el teléfono en la otra.

Antes de cruzar la verja encendió el dispositivo, activó la copia automática de imágenes en la carpeta compartida y comprobó la cobertura.

Dos barras de cobertura. No eran muchas, pero bastaban para que cada fotografía abandonase el teléfono en cuanto la tomara.

La construcción principal apareció detrás de una pantalla de pinos.

Tenía cinco plantas, un patio estrecho de piedra y varias ventanas cerradas con tablones.

El tejado se había hundido sobre el ala derecha, pero el resto del edificio conservaba una solidez desagradable.

No parecía una ruina en la que alguien hubiese olvidado historias, sino un lugar que llevaba cuarenta años esperando a que alguien regresara por ellas.

Carla rodeó la fachada hasta localizar el lateral marcado en el plano. Una rampa invadida por maleza descendía hacia una puerta metálica casi oculta bajo las zarzas. Apartó las ramas con el pie, se puso los guantes y fotografió la cerradura antes de introducir la llave de paletón.

Entró al primer intento.

La hoja se abrió hacia dentro con un gemido.

Carla enfocó la cara interior y permaneció inmóvil.

La pintura blanca estaba cubierta de arañazos a la altura de una persona arrodillada.

Algunos eran líneas sin forma; otros se agrupaban de cinco en cinco.

Cerca del suelo, alguien había raspado una palabra hasta alcanzar el metal.

«Mamá».

Grabó un vídeo lento de la puerta, el marco y el corredor. Después dejó un trozo de piedra junto a la bisagra para impedir que se cerrase y avanzó.

El acceso desembocaba en una zona de servicio. A la izquierda había un montacargas con las hojas abiertas; a la derecha, una escalera descendía hacia el sótano. El aire olía a humedad, madera vieja y algo más reciente que no pertenecía a un edificio abandonado. Carla inspiró de nuevo.

Gasolina.

Carla retrocedió hacia la salida. Entonces oyó el chasquido de un temporizador y vio un hilo de humo avanzar bajo la puerta del sótano.

Fotografió la escena e intentó enviar el archivo a Salcedo.

El mensaje no llegó a salir; quedó pendiente.

Probó a llamar. Nada. Esperar fuera ya no protegía la prueba; el incendio había empezado.

Si la puerta cerrada ocultaba a alguien, también le quedaban minutos.

Carla guardó el teléfono en el bolsillo interior, se cubrió la boca con la manga y continuó bajando.

En el sótano encontró el pasillo que aparecía en el plano.

A ambos lados se sucedían puertas metálicas con cerrojos exteriores.

Algunas conservaban una pequeña abertura rectangular en la parte inferior; otras habían sido arrancadas de sus goznes.

Dentro de las habitaciones quedaban camas de hierro, lavabos suspendidos y tuberías que atravesaban las paredes por huecos mal sellados.

Carla imaginó a aquellas mujeres golpeando una de ellas para poder hablar y apartó la idea antes de que el lugar consiguiera paralizarla.

El archivo ocupaba una dependencia situada detrás de la antigua sala de partos. La puerta no estaba cerrada. Alguien había cortado el candado hacía poco y lo había dejado en el suelo junto a unas tenazas nuevas.

La luz se encendió cuando Carla pulsó el interruptor.

Dos tubos fluorescentes parpadearon sobre las estanterías. Un cable negro recorría el techo y desaparecía por un respiradero. En algún punto exterior funcionaba un generador. Álex no solo sabía que ella iba a acudir; había preparado el edificio para recibirla.

Carla sostuvo la linterna bajo el brazo, activó la grabación del teléfono y describió la estancia en voz alta.

Había archivadores metálicos, cajas de cartón y varios libros grandes protegidos por fundas de plástico.

Muchas baldas estaban vacías. Las que conservaban documentos mostraban códigos semejantes a los hallados en Chamberí.

Abrió el primer libro sobre una mesa y pasó las páginas sin separarlo del lugar.

Cada asiento contenía una fecha, un código, una referencia de madre y otra de destino.

Los nombres completos aparecían solo en hojas sueltas guardadas en carpetas diferentes.

Aquello no era un registro clínico. Era un inventario diseñado para que nadie comprendiese una operación sin poseer al menos dos partes del archivo.

Entre dos hojas encontró una ficha con una anotación posterior en tinta azul: «L.

García. Traslado 04-84. Documentación de salida: Lucía Salas».

Fotografió la ficha completa y después el alias.

Si aquella mujer había sobrevivido, la red le había preparado un nombre nuevo antes de moverla.

El asiento del 28 de agosto de 1983 ocupaba media página.

«DE-28. Varón. Sin entrega familiar».

En la columna de observaciones figuraban cinco abreviaturas. Carla reconoció las dos letras C y la abreviatura «RB», riñones en bloque, por la relación del archivo de Marco.

Al final de la línea aparecía una sola S mayúscula y la hora de salida: 22.35.

Santander.

Tomó cuatro fotografías: la página completa, el código, las abreviaturas y la hora. El icono de copia avanzó hasta confirmar que los archivos habían sido enviados.

Continuó hasta el 9 de septiembre.

El código G-83-09 ya no estaba asociado únicamente a Jaime y Maider. En la columna reservada a la madre figuraba «Marta D. P.». El asiento registraba un varón nacido de madrugada, una entrega a la familia Gálvez durante aquella misma mañana y una incidencia posterior anotada con tinta roja.

«Hemorragia. Traslado no autorizado. Fallecimiento».

Carla tuvo que apoyar la mano libre sobre la mesa.

Buscó la carpeta G-83-09. Dentro encontró varias fotografías de Marta durante el cautiverio, una ficha de parto y una pulsera ancha de identificación.

No era la que el bebé llevaba al salir de la clínica.

Aquella estaba preparada para una mujer adulta y conservaba, escritos a máquina, el nombre «Marta D.

P.», la fecha y el mismo código del niño.

Debajo había un resguardo con dos referencias emparejadas: pulsera materna y pulsera de recién nacido. La segunda constaba como entregada junto al bebé.

Carla fotografió cada pieza sin sacarla de la funda. Después desplegó la última hoja de la carpeta. Era una copia del plano de la granja. En la antigua sala de calderas, al norte del patio, alguien había dibujado una cruz y escrito «M. D. P. / 09-09».

No necesitaba excavar para saber qué habían enterrado allí.

El teléfono indicó que acababa de subir la imagen número diecinueve.

Carla pasó a otra caja. Encontró una carpeta con el nombre de Carlos García y una copia al carbón de una nota de De Palacios: «La auditoría incluye partos dobles.

Carlos conserva duplicado. Conchi conoce el fichero».

En el margen, otra letra había añadido «Leciñana».

Marcos no había llenado el bastón con sospechas. Había conservado las piezas que le permitían señalar el lugar exacto donde se guardaba el resto.

Los fluorescentes se apagaron.

El generador también dejó de sonar.

Carla bloqueó la pantalla del teléfono. La oscuridad ocupó el archivo con tanta rapidez que, durante unos segundos, solo pudo escuchar su propia respiración.

—Ha trabajado deprisa —dijo una voz desde la puerta.

Carla reconoció la voz de Toni Sepúlveda. Cuando encendió la linterna, Álex estaba a menos de cuatro metros. Llevaba pantalones oscuros, una camisa remangada y la mancha roja extendida sobre el pómulo izquierdo. En la mano derecha sostenía una barra corta de hierro.

—La pintura le ha quedado peor que en el vídeo —dijo Carla.

La sonrisa desapareció de su cara.

—Toni no debió grabar nada.

—Toni hizo muchas cosas que usted no pudo impedir.

—Todavía vive convencida de que él y yo somos dos personas. Qué ternura.

—Vivo convencida de que utiliza su cuerpo y de que le da miedo dejarlo volver.

Álex dio un paso. Carla mantuvo la luz sobre sus ojos y metió la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Dónde está Gabriel? —preguntó él.

—Le advirtió que no viniera.

—No. Le advirtió a usted que no lo trajera. Gabriel sabe que, si usted no vuelve, Edu terminará viniendo.

—Las pruebas ya no están aquí.

—Unas fotografías no son pruebas cuando las toma una mujer que entra de noche en una propiedad privada. El archivo original, en cambio, puede arder.

Carla observó el suelo. La gasolina formaba una línea oscura entre las estanterías y salía de la habitación hacia la sala contigua.

—Entonces ¿para qué dejarme la dirección?

—Para saber cuánto le había contado mi hijo antes de quemarlo todo.

—Gabriel no es su hijo.

—Pregúntele a Marta.