Errores del destino Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Carla sintió miedo. No por un cambio sobrenatural ni porque el rostro se hubiese vuelto más agresivo, sino porque la persona sentada frente a ella conocía dónde había estado esa mañana y utilizaba el cuerpo de alguien a quien había visto trabajar, beber, bromear y dormir durante años.

—¿Raúl también está ahí? —preguntó.

—Raúl está cuando Edu no está. Yo estoy cuando ninguno de los dos puede hacer lo que hace falta.

—No me vengas con acertijos. ¿Sois tres personas dentro del mismo cuerpo?

Gabriel observó las fotografías, el registro y la nota de Marcos.

—Somos tres nombres que aprendieron a repartirse el tiempo.

—¿Enviaste tú el paquete?

—Sí.

—¿Por qué contratar a Edu si podías investigar todo esto?

—Porque yo ya no podía distinguir lo que buscaba de aquello que necesitaba ocultar. Edu sigue una prueba aunque lo conduzca contra sí mismo.

—¿Y Raúl?

—Raúl mantiene una vida que los demás podamos utilizar.

Carla apoyó ambas manos sobre la mesa para evitar que le temblasen.

—¿Mataste a Marcos?

Gabriel tardó en contestar.

—Recuperé el bastón.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Es la respuesta que puedo darle ahora.

—La fibra de esa funda estaba en la chaqueta. Tu cuerpo estuvo en Leciñana, la pistola pertenecía a Carlos y el bastón acabó aquí. Si disparaste, la policía terminará demostrándolo.

—Eso esperaba cuando envié el paquete.

—¿Esperabas que Edu te entregase?

—Esperaba que llegase más lejos que yo.

Por primera vez, la seguridad de Gabriel se quebró. Bajó la mirada hacia sus manos y frotó con el pulgar la cicatriz pequeña de la izquierda.

—Álex amenazó a Maider y Jaime —continuó—. También tenía pruebas contra Raúl y sabía lo ocurrido con José Andrés. Pensé que, si dejaba un camino, alguien podría seguirlo cuando yo ya no estuviese en condiciones de hacerlo.

—¿Álex mató a José Andrés?

—Sí.

—¿Y Toni?

—Toni no ha desaparecido de su cuerpo. Álex no le permite volver.

Carla miró la nota encontrada en Santander.

—¿Él dejó la manzana?

—La manzana es suya. También la dirección. Sabe que ha visto la grabación y quiere que vaya a la granja.

—Entonces ¿por qué me das una llave para entrar?

Gabriel tomó la antigua de paletón y la depositó sobre el plano, junto al acceso de servicio.

—Porque allí continúa el archivo que Marcos no pudo sacar. Registros, fotografías y objetos que relacionan a las mujeres con los niños. Álex puede quemarlo en cuanto comprenda que ya no controla la investigación.

—Iré con la policía.

—Cuando consiga que un juez autorice la entrada, no quedará nada.

—No pienso meterme sola en una trampa.

—No lleve a Edu.

—¿Por qué?

—Álex sabe hacerme salir. Si lo consigue allí, usted no sabrá a cuál de nosotros tiene delante.

Carla sostuvo su mirada.

—¿Y ahora a cuál tengo?

—Al que intentó detenerlo demasiado tarde.

Gabriel empujó la llave hacia ella. Los dedos se le cerraron de pronto y el aire salió de sus pulmones en una espiración larga. El hombro recuperó su posición, la espalda perdió rigidez y el miedo regresó al rostro antes de que Edu llegase a formular una sola pregunta.

* * *

Carla estaba de pie a más de dos metros de mí cuando volví a comprender dónde me encontraba. La grabadora continuaba activa y la llave antigua ya no estaba junto a la tubular.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Nueve minutos.

—¿Qué he hecho?

—Hablar.

—¿Como Raúl?

—Como Gabriel.

Tuve que sentarme en el borde de la cama.

Carla detuvo la grabación y me entregó el teléfono.

La voz que comenzó a reproducirse era la mía, pero no reconocí el ritmo, las palabras ni los silencios.

Escuché mi propia boca admitir que había enviado el paquete y explicar que Raúl mantenía una vida para que otros pudieran utilizarla.

Cuando llegó a la pregunta sobre Marcos, detuve el audio.

—No quiero seguir.

—Tienes que hacerlo.

—Acabas de pasar dos días diciéndome que no puedo ignorar las pruebas. Ya lo he entendido, Carla. El hombre al que buscábamos no se parece a mí. Utiliza mis manos, duerme en mi casa y me contrata para que lo encuentre.

—Gabriel no es todo lo que eres.

—Pero todo lo que hizo lo hizo con este cuerpo.

Carla no lo negó. Recogió las fotografías y los documentos, guardó una copia digital de la grabación en el servidor de la agencia y dejó el bastón sobre la mesa de juntas.

—Voy a ordenar esto y a llamar a Salcedo —dijo—. Tú no salgas de casa y no conduzcas.

—¿Ahora soy un detenido?

—Ahora eres una persona que pierde horas y puede despertarse a doscientos kilómetros. Llámalo como te dé la gana.

Regresó a la zona de oficinas con la carpeta. Yo permanecí junto al bastón y reanudé la grabación. Escuché a Gabriel hablar de Álex, de José Andrés y de la granja. Cuando pronunció la frase «No lleve a Edu», volví a reproducirla.

Después una tercera vez.

No sé cuánto tardé en levantarme. La puerta secreta continuaba abierta, pero el despacho de Carla estaba vacío.

Tampoco se encontraba en la sala de juntas ni en recepción.

La llamé. Dio tono, pero no respondió. Sobre su mesa quedaban la fotografía de la manzana y la bolsa de papel.

Habían desaparecido la nota con la dirección, el plano de la granja y la llave antigua.

Miré por la ventana. Su coche ya no estaba en la calle.

No podía saber a quién había avisado ni qué respuesta había recibido; solo que había salido antes de que yo pudiera detenerla.

Regresé a la sala de juntas, tomé el bastón de Marcos y cogí las llaves del Audi.

Por primera vez desde que comenzaron mis ausencias, no tuve miedo de dejar de ser yo.

Tuve miedo de no dejar de serlo a tiempo.