Capítulo 43
Tres nombres
El teléfono de Raúl Gálvez sonó dentro de mi dormitorio a las siete y doce de la tarde.
No debería haber existido ningún teléfono allí aparte del mío. Mucho menos el de un hombre al que yo no recordaba haber conocido y que, según todas las fotografías, llevaba cuarenta años utilizando mi cara.
Carla acababa de regresar de Santander. Entró en el despacho sin saludar, dejó una carpeta sobre la mesa y colocó junto a ella una bolsa de papel cerrada con dos grapas.
Llevaba más de cinco horas conduciendo, tenía el cabello recogido de cualquier manera y la misma ropa con la que se había marchado el día anterior.
Aun así, se negó a sentarse hasta comprobar que Bea ya no estaba en la oficina y cerrar la puerta principal con llave.
—¿Dónde coño te habías metido? —pregunté.
—Buscando a un hombre que vio a Álex en Santander en 1983.
—Podías haber contestado al teléfono.
—No sabía quién iba a responder.
Aquella frase me dolió, quizá porque no podía reprochársela.
Había escuchado el mensaje que le dejé después de salir de casa de Maider y Jaime, pero no devolvió ninguna de mis llamadas.
En su lugar, condujo hasta la otra punta del país sin decirme adónde iba y dejó a Bea una copia de lo que había encontrado por si no regresaba.
—Me reconocieron —dije—. Los dos. Tienen fotografías mías desde que era un bebé, un libro de familia, recuerdos… Mi puta vida entera está en aquella casa.
—La vida de tu cuerpo —corrigió.
—No empieces.
Carla abrió la carpeta. Extrajo primero dos fotografías de Toni Sepúlveda, una sin la mancha y otra con ella. Después colocó a su lado una imagen de Raúl Gálvez y otra mía tomada durante una comida de la agencia.
—No hay dos Toni —afirmó—. Álex ocupa su mismo cuerpo. Lo he visto en una grabación continua: cambia la postura, se quita la corbata y se pinta la mancha delante de una cámara. No sale del encuadre, no aparece ningún gemelo y nadie sustituye a nadie.
—Eso no demuestra nada sobre mí.
—Demuestra que la explicación imposible que aceptabas para él ya no existe.
Puso las fotografías de Raúl y la mía una junto a la otra. En ambas sujetábamos una taza de la misma manera y mostrábamos la pequeña cicatriz junto al pulgar izquierdo. Carla señaló primero una y después la otra.
—Dos gemelos pueden compartir la cara. No comparten una cicatriz.
—Alguien pudo retocar la fotografía.
—También tendría que haber preparado a Maider y Jaime, tu fecha de nacimiento, la caja de música, la llamada que no recuerdas y los doscientos kilómetros de tu coche.
—He dicho que no empieces.
—Y yo he pasado dos días permitiéndote que no empezaras. Se acabó.
Sacó una hoja del cuaderno de Toni que le había facilitado su secretaria.
Junto a una relación de fechas y reuniones aparecía el número personal de Raúl.
Carla lo marcó desde su teléfono y activó el altavoz.
Escuchamos un tono, después otro y, al tercero, una melodía comenzó a sonar al otro lado de la estantería móvil de mi despacho.
Ninguno de los dos nos movimos.
La melodía se interrumpió cuando Carla colgó. Volvió a llamar y el sonido regresó desde la vivienda.
—¿Esperas alguna visita? —preguntó.
—No que venga guardada en un teléfono.
Accioné el mecanismo oculto entre los estantes.
La falsa pared giró sobre su eje y nos permitió pasar al salón de mi casa.
El timbre se escuchaba ahora con mayor claridad.
Procedía del dormitorio de invitados, una estancia que utilizaba para acumular maletas, ropa de otra temporada y todas esas cosas que uno conserva porque está convencido de que algún día volverá a necesitarlas.
Carla abrió el armario. El sonido provenía de una funda negra colocada detrás de dos maletas. Era demasiado larga para pertenecer a una escopeta desmontada y demasiado estrecha para guardar cualquier otra cosa que yo tuviese derecho a encontrar en mi casa.
—No tengo armas —aclaré.
—Eso mismo dijiste de los padres.
—No sabía que había que hacer inventario de todo cuanto no tengo.
Carla volvió a marcar. El lateral de la funda vibró contra la madera del armario. Me pidió unos guantes y regresé a la agencia para coger dos pares de la caja que utilizábamos al manipular documentos. Ella fotografió la posición de la funda antes de sacarla y la dejó sobre la cama.
El teléfono se encontraba dentro de un bolsillo exterior. Carla lo extrajo, rechazó la llamada y me mostró la pantalla. Bajo la hora aparecían cuatro palabras.
«Raúl Gálvez. Grupo Gálvez».
—Puede ser un teléfono preparado —dije.
—Pon el pulgar en el lector.
—¿Cuál de los tres?
—El izquierdo, imbécil.
Lo hice. El dispositivo se desbloqueó al primer intento.
Carla tomó mi teléfono, lo bloqueó y me obligó a repetir la operación.
También aceptó la huella. Dos aparatos distintos reconocían el mismo dedo, y uno de ellos contenía correos corporativos, una agenda de reuniones, mensajes dirigidos a Raúl y varias aplicaciones que nunca recordaba haber instalado.
En el calendario del día siete aparecía una única anotación: «Leciñana. Cacería».
Continué mirando la pantalla, esperando que alguna parte de mi cerebro ofreciese una explicación. No llegó ninguna. En cambio, apareció el recuerdo breve de un vaso de agua con limón, Martín bebiendo café de pie y un bastón apoyado junto a una silla.
—Yo no soy él —dije.
—No estoy diciendo que lo seas.
—Acabas de demostrar que tengo su teléfono dentro de mi casa.
—Estoy diciendo que no hay dos cuerpos. Lo demás todavía tenemos que entenderlo.
Aquella precisión no me tranquilizó. Hasta entonces había intentado encontrar a un hermano, un impostor o un desconocido que hubiese utilizado mis documentos. Carla acababa de reducir todas esas posibilidades a un hombre que aparecía en el espejo cada mañana.
El teléfono no era lo único que guardaba la funda.
Cuando Carla abrió la cremallera, apareció un rifle colocado sobre un panel rígido.
El forro era verde oscuro. Cerca de uno de los extremos, varias fibras sobresalían de una costura abierta y la espuma interior se había convertido en un polvo blanquecino.
Carla me miró.
—La chaqueta —dije.
Regresó al despacho y volvió con la prenda que me había prohibido utilizar y la hoja doblada en la que conservaba la fibra encontrada en el puño.
No necesitó colocar una junto a la otra.
El color, el grosor y la rigidez coincidían a simple vista, aunque ambos sabíamos que solo un análisis podía demostrar que procedían del mismo tejido.
—Esta funda estuvo en Leciñana —afirmó.
—Y después alguien la trajo a mi casa.
—Tu teléfono, tu coche y tu cuerpo estuvieron fuera el día siete. Lo único que no estuvo allí fue tu memoria.
Retiró el rifle sin tocar el gatillo y lo dejó en el suelo, separado de nosotros. El panel cedió al levantarlo por la esquina rasgada. Debajo apareció una pieza de madera oscura que ocupaba casi toda la longitud de la funda.
Reconocí la empuñadura redonda antes de que Carla terminase de extraerla.
—El bastón de Marcos Mendoza.
Lo apoyamos sobre la cama. En el extremo de marfil se distinguía el pequeño orificio de la fotografía.
Regresé al despacho, abrí el cajón de mi mesa y saqué las dos llaves enviadas por Gabriel.
La antigua de paletón quedó junto a la nota que Carla había encontrado bajo una manzana en Santander.
La tubular entró en la empuñadura como si nunca hubiese abierto otra cosa.
—Espera —ordenó Carla.
Activó la grabadora del teléfono, anunció la fecha, la hora y el lugar, y describió cómo habíamos encontrado la funda. Después fotografió el bastón por todos sus lados. Solo entonces me permitió girar la llave.
La empuñadura se separó de la madera con un clic.
El contenido fue empujado hacia afuera por un muelle o resorte.
Había tres fotografías protegidas por plástico, varias hojas dobladas y un plano enrollado con tanta fuerza que conservó la forma al extraerlo.
Carla extendió primero el documento más pequeño.
Era una autorización urbanística relacionada con la recalificación de la granja.
Al pie aparecía la firma de Marcos y, en la esquina superior, el número del anexo técnico que había descrito a Gabriel.
La copia procedía, por tanto, del expediente que Marcos fotografió antes de devolvérselo a De Palacios.
El plano mostraba las dependencias de San Agustín de Guadalix, incluido un acceso de servicio marcado en un lateral.
La relación clínica parcial repetía códigos del archivo de Marco y añadía otros nuevos.
La última hoja estaba escrita a mano. Contenía cuatro nombres: Francisco De Palacios, Álex, Clara y Carlos García. Junto al del pediatra, Marcos había añadido una frase.
«No huyó. Lo hicieron desaparecer».
No recuerdo haber dejado de leer.
* * *
Carla vio cómo el índice de Edu permanecía inmóvil sobre el nombre de Carlos.
No cerró los ojos ni perdió el equilibrio.
La respiración se hizo más lenta y el hombro derecho descendió unos centímetros.
Después apartó la hoja con una mano que hasta entonces no había utilizado para tocar los documentos.
La transformación resultaba mucho menos visible que la de Toni en el vídeo. No había pintura, ropa distinta ni una sonrisa capaz de anunciarla. Solo desaparecieron de su cara la incredulidad y el miedo. Cuando volvió a mirar a Carla, parecía llevar varios minutos esperando a que ella comprendiese.
—No debería haber ido a Santander —dijo.
La voz era la misma que había respondido al teléfono la mañana anterior. También era la de Edu, pero pronunciaba cada palabra sin su ironía habitual y sin una sola vacilación.
Carla no detuvo la grabación.
—¿Quién eres?
—Ya lo sabe.
—Quiero que lo digas.
El hombre miró el piloto rojo de la pantalla.
—Gabriel.