Capítulo 42 #2
Entró en la habitación y cerró sin echar la llave.
La funda negra permanecía sobre la cama, exactamente donde la había dejado.
Sacó el rifle, recuperó la Beretta y volvió a colocar el arma larga sobre el panel preparado durante la madrugada.
Después se puso unos guantes finos de caza y abrió el estuche de pigmento.
Tardó menos de medio minuto en extender el color sobre el pómulo izquierdo. No intentaba parecerse a Álex. Necesitaba que Marcos comprendiese quién lo enviaba antes de que pudiera pedir ayuda.
El teléfono vibró dentro de la chaqueta.
«Cinco minutos. El bastón y el silencio».
Gabriel no respondió. Ocultó la Beretta bajo la prenda, salió al corredor y utilizó la escalera de servicio. Aquella ruta descendía junto a las cocinas y desembocaba cerca de las antiguas cuadras, sin obligarlo a cruzar el vestíbulo.
Al empujar la puerta exterior vio a Marcos a pocos metros. El ministro caminaba hacia los vehículos y el bastón marcaba cada paso sobre las piedras.
—Marcos.
Marcos se volvió.
El hombre que acababa de salir de la puerta de servicio tenía el rostro de Raúl Gálvez.
La ropa era la misma que había llevado durante el desayuno y también la barba recortada.
Sin embargo, la postura había cambiado. Mantenía el hombro derecho algo más bajo y una gran mancha roja cubría su pómulo izquierdo.
Un flash y Marcos regresó a la habitación en la que las naranjas rodaban por el suelo.
—Álex —susurró.
El hombre negó con la cabeza.
—Gabriel.
—Eres, eres… —La voz de Marcos se quebró—. ¿Eres su hijo?
—Entrégame el bastón.
Marcos miró hacia el portalón. Dentro de la casa se oían voces y pasos sobre la escalera.
Si gritaba, Carlos podía aparecer armado.
También podía hacerlo Álex desde cualquier lugar de la finca.
No sabía quién estaba ante él ni qué parte de la conversación pertenecía al hombre al que había conocido durante el desayuno.
—He hablado contigo —dijo—. Tú eres quien recibió la llave.
—El bastón.
—No tienes que hacer esto. Los documentos pueden protegerte.
Gabriel sacó la Beretta de debajo de la chaqueta. El arma parecía demasiado grande en comparación con la tranquilidad de su voz.
—No van a proteger a Maider y Jaime.
Marcos comprendió entonces que el hombre no había acudido por dinero ni por el archivo. También él estaba obedeciendo a alguien.
—Álex te ha enviado.
Gabriel no respondió.
—Escúchame. Voy a entregar todo a Martín. Diré que te obligó. Puedo explicar que intentaste ayudarme y que por eso me vendiste los documentos.
—No se los vendí.
—Entonces ayúdame ahora.
Marcos dio un paso hacia el portalón. Gabriel levantó la pistola.
—Déjalo en el banco.
—Si te doy esto, me matarás igualmente.
—Déjalo.
Marcos miró el bastón. Cuarenta años de miedo pesaban menos que aquella pieza de nogal y, a pesar de ello, nunca había conseguido soltarla. Lo apoyó junto al banco y abrió la mano.
—Ya está.
Gabriel indicó con el cañón que se apartase. Marcos obedeció. La distancia hasta los coches no llegaba a veinte metros. Pensó que quizá el otro solo pretendía recuperar la prueba y desaparecer. Dio un paso, luego otro, y volvió la cabeza hacia el Mercedes.
La voz de Martín llegó amortiguada desde el interior de la casa.
Marcos comprendió que no tendría otra oportunidad.
Abrió la boca para llamarlo.
Gabriel disparó.
El proyectil alcanzó a Marcos cuando giraba el cuerpo hacia el portalón.
El impacto quebró el movimiento; chocó contra el borde del banco y la sangre golpeó la pared encalada.
Cayó de lado, con una pierna doblada debajo de la otra.
El bastón rodó unos centímetros y se detuvo entre las botas de Gabriel.
Durante un instante, el patio quedó completamente quieto.
Gabriel mantuvo el arma levantada. Sabía que debía moverse, pero la parte de su mente que había aceptado matar no estaba preparada para el ruido, la sangre ni el cuerpo de un hombre que unos minutos antes bebía agua con limón.
Se obligó a bajar la pistola.
Lo alzó lo suficiente para sentarlo contra la pared. No pudo reproducir una postura natural; el muerto se vencía hacia la izquierda y el brazo quedaba atrapado. Lo liberó, colocó la Beretta en la mano derecha y cerró los dedos alrededor de la empuñadura. En cuanto los soltó, volvieron a abrirse.
No había tiempo para intentarlo de nuevo.
Buscó la vaina. La encontró junto a los leños, demasiado lejos y en el lado contrario al que habría ocupado durante un suicidio.
Dio un paso hacia ella y se detuvo. Si la recogía tendría que decidir dónde colocarla, limpiar las huellas y explicar después por qué faltaba.
Álex le había ordenado fingir que Marcos se había disparado.
No le había enseñado a reconstruir un escenario.
Una puerta se cerró en la planta superior.
Gabriel recogió el bastón y corrió hacia el acceso de servicio.
Subió por la escalera trasera sin cruzarse con nadie.
Al entrar en la habitación, dejó el bastón sobre la cama, abrió la funda del rifle y levantó el panel interior.
La madera cabía por menos de un centímetro.
Tuvo que forzar el forro con el puño izquierdo; la espuma blanquecina volvió a deshacerse y varias fibras quedaron atrapadas en la costura de la chaqueta.
Ocultó el bastón debajo del panel, colocó el rifle encima y dejó la cremallera abierta unos centímetros. Desde fuera, la funda solo parecía mal cerrada.
En el cuarto de baño retiró el pigmento con agua y papel. La piel quedó irritada, pero limpia. Guardó el estuche en el bolsillo interior y regresó junto a la cama.
Abajo, Marga gritó el nombre de Rodrigo.
Gabriel cerró los ojos.
Raúl recuperó el control de pie, con la respiración agitada y la funda del rifle abierta en un lugar donde no recordaba haberla dejado.
No tuvo tiempo para preguntarse por qué se encontraba junto a la cama ni de dónde procedía el polvo blanco pegado a la manga.
El segundo grito de Marga lo hizo salir al pasillo.
Bajó detrás de Martín. Cuando llegó al portalón, vio a Marcos desplomado sobre el banco y la parte posterior de su cabeza convertida en una herida imposible.
—Dios mío.
Retrocedió hasta chocar contra la puerta.
Su horror era auténtico.
También lo era el cadáver que Gabriel acababa de dejarle.