Errores del destino Capítulo 42
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Capítulo 42

Cuarenta años apoyado

Marcos desenroscó la empuñadura de marfil poco después de las tres y media de la madrugada.

Había esperado a que terminase la cena, a que Rodrigo dejara de servir coñac y a que el último de sus compañeros desapareciese por el pasillo.

Después cerró la puerta de la habitación, apoyó el bastón sobre la cama y sacó del neceser una llave tubular idéntica a la que había enviado a Gabriel semanas atrás.

El mecanismo ocupaba el pequeño orificio situado junto a la rosca.

Al girar la llave, una pieza interior liberó la empuñadura y Marcos pudo separarla de la madera.

El hueco del bastón no era grande, pero durante años había aprendido a doblar los papeles de la forma exacta para introducirlos sin dañarlos.

Sacó primero tres fotografías viejas y decentemente conservadas, protegidas por una funda de plástico.

Eran parte de la serie que Álex utilizó para extorsionarlo.

Clara las había tomado en la habitación del hotel y mostraban lo suficiente para destruir la carrera de un concejal en 1983.

Eran tres de las copias con las que Álex se aseguró de que nunca olvidase que conservaba los negativos y muchas más.

Marcos sostuvo una de ellas durante unos segundos.

No recordaba el dolor del primer golpe. Recordaba las naranjas rodando por el suelo cuando la toalla se abrió, la voz de Álex sobre él y el instante en que comprendió que no volvería a caminar sin ayuda.

Durante décadas había explicado la cojera con un accidente de esquí.

La mentira resultaba más elegante que contar que un hombre lo había golpeado hasta dejarlo inconsciente después de utilizar su deseo para tenderle una trampa.

Guardó de nuevo la fotografía.

El resto del contenido estaba formado por una copia parcial del registro que Carlos García intentó sacar de la clínica, el plano de las dependencias ocultas de San Agustín de Guadalix, una relación incompleta de códigos y la autorización urbanística que llevaba su firma.

Ninguna prueba bastaba por sí sola para explicar lo sucedido.

Juntas podían obligar a un juez a buscar lo que faltaba.

Marcos había prometido completar el lote con los documentos que Gabriel vendía. Después descubrió que el intermediario no pretendía ayudarlo y que alguien conocía cada uno de sus movimientos. Ya no confiaba en recibir nada. Tampoco necesitaba hacerlo para contar la verdad.

Introdujo una hoja más, apretando brevemente el muelle que empujaba todo el contenido interno.

La había escrito aquella tarde, antes de viajar a Leciñana, y contenía los nombres de De Palacios, Álex, Clara —la prostituta que tomó las fotografías— y Carlos García.

Junto al nombre del pediatra añadió una frase breve: «No huyó. Lo hicieron desaparecer».

Volvió a montar la empuñadura y giró la llave hasta escuchar el clic. Comprobó dos veces que la unión no cedía. Después apoyó el bastón contra la mesilla.

Durante cuarenta años aquel objeto lo había ayudado a caminar y, al mismo tiempo, le había recordado por qué cojeaba.

Cuando decidió ocultar los papeles en su interior creyó que solo los conservaría hasta encontrar a alguien capaz de utilizarlos.

Pasaron cinco años, después diez y luego veinte.

Con cada ascenso político resultaba más difícil explicar por qué no denunció antes.

Al convertirse en ministro comprendió que ya no existía un momento que pudiera salvarlo.

Solo quedaba elegir si la verdad lo alcanzaría vivo o muerto.

Se tumbó vestido sobre la cama y apagó la lámpara. No consiguió dormir.

* * *

Gabriel abrió los ojos en la oscuridad de la habitación.

El reloj del teléfono marcaba las cuatro y diecisiete.

Raúl llevaba varios minutos dormido cuando Gabriel ocupó el cuerpo.

No necesitó reconstruir dónde se encontraba.

Durante la cena había visto en qué habitación entraba cada invitado y Álex le había dado el nombre del hombre que guardaba la pistola junto con una única instrucción.

«La Beretta. Antes del desayuno».

Se sentó al borde de la cama, esperó a que la respiración dejase de temblarle y salió al pasillo.

La puerta de Carlos Carrillo no estaba cerrada con llave. Ninguna lo estaba. Los hombres que dormían en aquella casa llevaban rifles, pistolas y escoltas; consideraban que el peligro siempre se encontraba al otro lado de los muros.

Gabriel giró el picaporte con lentitud. El coronel dormía de espaldas, cubierto hasta la cintura. Había dejado la ropa doblada sobre una silla y la funda de la Beretta en el cajón abierto de la mesilla. La pistola estaba dentro, cargada, con el martillo abatido y el seguro activado.

La sacó sin tocar el metal con los dedos. Utilizó un pañuelo, cerró el cajón y regresó al pasillo. Carlos no cambió de postura.

En la habitación de Raúl, el rifle permanecía dentro de una funda negra sobre la cama.

Gabriel abrió la cremallera y levantó el arma.

El forro verde oscuro cubría un panel de espuma y una lámina rígida que daba forma al conjunto.

Álex le había advertido que tendría que sacar de la finca un bastón de nogal.

A simple vista, no existía espacio para esconderlo.

Introdujo los dedos bajo una de las costuras y tiró hasta separar varios centímetros de tejido. La espuma, envejecida por el uso, se deshizo en un polvo blanquecino. Varias fibras verdes quedaron sobre la colcha y otras se engancharon en el puño izquierdo de la chaqueta.

La cavidad entre el forro y la parte posterior era estrecha, pero recorría toda la longitud de la funda. Bastaría.

Colocó la Beretta debajo del rifle, cerró la cremallera y limpió la cama con la palma de la mano.

No consiguió retirar todas las fibras. Tampoco lo intentó durante mucho tiempo.

A aquellas horas, el mayor riesgo no era dejar un hilo sobre una alfombra, sino que Raúl despertase antes de que la pistola estuviera oculta.

El teléfono vibró.

«Si fallas, mañana serán ellos quienes abran la puerta».

Gabriel no necesitó preguntar quiénes eran. Álex había descrito la rutina de Maider y Jaime con demasiado detalle.

Borró la notificación de la pantalla, guardó el teléfono y permaneció sentado junto a la cama. Durante unos segundos contempló sus manos. Eran las mismas con las que Edu había abierto el paquete, las que Raúl utilizaba para firmar contratos y las que él estaba preparando para matar a un hombre.

Se repitió que no tenía alternativa.

La frase no modificó cuanto estaba a punto de hacer.

Cerró los ojos y dejó que Raúl regresara.

* * *

A las seis y cuarenta y tres, Marcos escribió un mensaje para Martín.

«Esta mañana te enseñaré lo que llevo cuarenta años apoyando en el suelo».

Lo leyó varias veces sin enviarlo. Si el teléfono estaba intervenido, aquella frase bastaría para avisar a quien trataba de impedirle hablar. Si no lo estaba, podría decirla en persona dentro de unas horas. Guardó el borrador, se afeitó y bajó al comedor con el bastón sujeto entre los dedos.

El desayuno transcurrió como tantos encuentros en los que hombres importantes fingían no serlo.

Martín tomó la primera taza de café de pie.

Carlos leyó la sección de deportes. Rodrigo discutió con Marga sobre si debía preparar otra cafetera y Raúl llegó después de hacer unas llamadas que, según dijo, le permitirían apagar el teléfono durante el resto del día.

Marcos llenó un vaso de agua, añadió una rodaja de limón y trató de comportarse como si no hubiera pasado la noche repasando su propia ruina.

Nadie advirtió nada. Aquella normalidad lo tranquilizó y lo ofendió al mismo tiempo.

Durante cuarenta años había temido que la culpa pudiera verse en su cara; ahora estaba a punto de confesarla y sus amigos solo veían a un hombre con resaca.

Observó a Martín por encima del vaso. Había elegido hablar con él porque dirigía el CNI, pero también porque lo conocía desde antes de que ambos aprendieran a medir cada palabra. No esperaba que lo protegiese. Solo que impidiera que la documentación desapareciese antes de llegar a un juzgado.

—Cuando salgamos de aquí, volveremos a ser personas importantes —dijo Marcos—. Hasta entonces, intentemos no estropearlo.

Martín sonrió y continuó bebiendo café.

Marcos estuvo a punto de pedirle que saliese con él.

No lo hizo. Carlos había empezado una broma sobre la inexperiencia de Raúl y el momento pareció inadecuado.

Después Rodrigo habló de los puestos, de las autorizaciones y del recorrido hasta la zona de aguardos.

Cada asunto aplazó el siguiente hasta que todos terminaron de desayunar.

Cuando se levantaron, Marcos comprobó por costumbre que la empuñadura de marfil continuaba enroscada. Los papeles seguían dentro.

—¿Soy el único que lo tiene todo listo? —preguntó mientras los demás enumeraban lo que habían dejado en sus habitaciones—. Para que luego digáis que los políticos no servimos para nada. Os espero en los coches y conduzco yo.

—Con esa pierna, conducirás cuando yo esté muerto — respondió Martín.

—Eso puede arreglarse.

Las risas lo acompañaron hasta el vestíbulo.

Al cruzar el portalón, el aire frío le despejó la cabeza.

Los vehículos se encontraban al otro lado del patio, más allá de las antiguas cuadras.

Marcos avanzó despacio. El golpe del bastón contra las piedras se repitió seis veces antes de que una voz pronunciase su nombre.

* * *

Raúl siguió a Martín hacia la escalera. Los dos comenzaron a subir juntos, pero el director del CNI se detuvo en el primer rellano para responder a una pregunta de Carlos. Raúl continuó unos peldaños más.

Gabriel ocupó el cuerpo antes de que alcanzase la segunda planta.

No hubo un desmayo ni una caída. El movimiento ya estaba iniciado cuando tomó conciencia del pie apoyado en el escalón. Durante un instante recibió la imagen incompleta del comedor, las bromas y el vaso con limón. Después solo quedó la orden de Álex.