Capítulo 41 #3
El paquete salió hacia la agencia de Eduardo Marín el 1 de septiembre.
Incluyó los tres recortes que permitían relacionar al bebé de Arrigunaga, la desaparición de Marta Del Pozo y los recién nacidos robados; varias fotografías compradas a Marco; la llave tubular que abría el bastón; otra llave antigua perteneciente a la granja y dos mil euros en efectivo.
No añadió el manifiesto ni una explicación.
Si escribía demasiado, Álex podía entender el recorrido antes que Edu.
Eligió a un mensajero ordinario que no sabía qué transportaba y envió después el correo electrónico.
Sabía que el dinero despertaría la curiosidad de Edu y que los documentos harían el resto.
No necesitaba ordenarle que investigase.
Bastaba con ofrecerle un misterio y dejar que creyera que había tomado la decisión por su cuenta.
Durante los días siguientes comprobó que el encargo avanzaba.
Edu localizó a Koldo, habló con Del Pozo, llegó hasta Toni y terminó entrando en la guarida de Marco.
Gabriel observaba sus movimientos mediante rastros que el investigador dejaba sin saberlo y, a veces, a través de recuerdos que no estaba dispuesto a examinar con demasiada atención.
El 6 de septiembre, Álex volvió a llamar.
Describió el garaje de José Andrés Gálvez, la cámara situada junto a una columna y la grabación en la que ambos aparecían.
José Andrés había seguido los pagos de una sociedad de Raúl hasta dos intermediarios utilizados por Gabriel.
Cuando intentó hablar, alguien lo esperó en el garaje de su casa y cortó la alimentación de la cámara.
—La policía encontrará un empresario que pagaba por información clandestina y un cliente asesinado después de descubrirlo —continuó Álex—. Si yo les facilito lo que falta, no tendrán que buscar muy lejos.
—Usted lo mató.
—Eso tendrás que demostrarlo desde la cárcel.
Gabriel aceptó acudir a Leciñana. No lo hizo porque Álex fuese su padre ni porque creyera en los lobos. Lo hizo para conservar con vida a Maider y Jaime y porque el paquete ya había iniciado una investigación que podía continuar si él no regresaba.
Álex envió la última instrucción después de colgar. Marcos viajaría a Leciñana al día siguiente con el bastón. La Beretta de Carlos Carrillo estaría en su habitación. Raúl había sido invitado a la cacería y nadie encontraría extraño que subiese a recoger un rifle después del desayuno.
Gabriel leyó el mensaje dos veces. Después abrió el manifiesto guardado fuera de la red y recorrió las antiguas operaciones hasta encontrar el lote Mancini.
Veinte años separaban aquel pago del depósito de Marcos Mendoza.
Ambos conservaban el mismo descriptor: E-71-4C.
El manifiesto incluía además una cuenta de recuperación: un fondo separado para pagar médicos, transporte o refugio cuando una operación dejaba a alguien herido o sin posibilidad de identificarse.
Cada beneficiario autorizaba sus propios gastos mediante una clave física.
Gabriel administraba el saldo y las reglas; Álex nunca le entregó la suya ni permitió que la copiara.
Gabriel había mantenido aquel registro porque no confiaba en una operación que no pudiera reconstruir sobre papel.
Esa costumbre había protegido su negocio durante dos décadas y ahora podía destruirlo.
Cerró el archivo, guardó el manifiesto y apagó el ordenador. Frente al espejo del cuarto de baño, humedeció una gasa y comenzó a retirar el pigmento rojo del pómulo izquierdo. La mancha desapareció poco a poco hasta dejar la piel limpia.
Cuando terminó, el cristal le devolvió el rostro de Raúl Gálvez.
* * *
El joven mantuvo los dedos sobre la carpeta sin llegar a abrirla. Gabriel se frotó varias veces el pómulo izquierdo. Había quedado una irritación rojiza sobre la piel y el joven acercó un paquete de gasas abierto hasta el centro de la mesa.
—Necesito que me explique qué vendía en ese mercado.
—Yo no vendía secretos. Ponía en contacto a quien los tenía con quien estaba dispuesto a pagar por ellos.
—Es una diferencia cómoda.
—Las diferencias cómodas suelen ser las que permiten dormir.
—¿Aceptaba cualquier encargo?
—No.
—¿Cuáles rechazaba?
—Armas, drogas, personas retenidas y documentos falsos. También rechazaba a quien pedía instrucciones para hacer daño. La información debía existir antes de llegar a mí.
—Pero trabajó para extorsionadores.
—Y para víctimas que buscaban el expediente con el que las habían extorsionado. No preguntaba quién era bueno. Comprobaba quién tenía el papel.
El joven abrió por fin la carpeta y consultó la primera hoja.
—¿Quién administraba el acceso?
—Nadie lo administraba todo. Había vendedores, compradores, verificadores e intermediarios. Si una sola persona decía controlarlo, mentía o preparaba una estafa.
—¿Y el descriptor E-71-4C?
La pregunta hizo que Gabriel levantase la mirada.
—Un error.
—Lo reutilizó.
—Por eso fue un error.
—Su padre lo descubrió.
Gabriel apretó la gasa que sostenía en la mano.
—No vuelva a llamarlo así.
—Álex dijo que era su padre.
—Álex decía lo que necesitaba para convertir una amenaza en una deuda.
—¿Y usted qué creyó?
Gabriel pasó la gasa por el pómulo izquierdo antes de responder.
—Creí que alguien me entendía. No es lo mismo que creer que me quería.
Cuando dejó la gasa sobre la mesa, una mancha de pigmento rojo se extendía por el centro del tejido blanco.