Errores del destino Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

Gabriel quiso creerlo. Necesitaba que alguien entendiese lo que significaba vivir con recuerdos ajenos, despertarse dentro de una vida empezada por otro y disponer únicamente de fragmentos de tiempo.

Álex no sentía vergüenza ni miedo. Hablaba de evolución, de fuerza y de un mundo dividido entre ovejas y lobos.

Por primera vez, Gabriel dejó de considerarse un error.

La sensación duró poco.

En su tercer encuentro, Álex colocó sobre la mesa dos recibos de depósito. Uno correspondía a las copias registrales que Gabriel había comprado en 2003. El otro, al lote de Marco Mancini. Ninguno contenía nombres, pero los dos mostraban el mismo descriptor: E-71-4C.

—Cometiste un error de principiante —dijo Álex—. Utilizaste dos veces la misma referencia para recibir papel.

Gabriel no tocó los recibos.

—¿Qué sabe de Marco?

—Todo lo que necesitaba saber.

—¿Está vivo?

Álex sonrió.

—Era un hombre meticuloso, pero demasiado confiado con su escondite. Creyó que guardar los originales le daba poder. Solo consiguió que yo tuviera que buscarlo dos veces.

No respondió de forma directa. Tampoco hacía falta.

—Me dijo que era su hijo —recordó Gabriel—. Un padre no persigue a su hijo durante diez años.

—Un padre inteligente se asegura de que el muchacho merece la pena antes de acercarse. Además, ahora sé que no eres tan escurridizo como crees.

Álex pronunció los nombres de Jaime y Maider.

Conocía la dirección de la casa, la rutina de ambos y los días en que acudían al médico.

Después mencionó la empresa de Raúl, sus cuentas y dos pagos que podían relacionarse con el mercado clandestino.

No necesitó formular una amenaza. Le bastó con demostrar que podía tocar todas las partes de la vida que Gabriel trataba de mantener separadas.

Desde entonces, cada favor pareció una enseñanza y cada enseñanza terminó convertida en una deuda.

En uno de aquellos encargos, Álex le entregó una llave antigua de la granja de San Agustín de Guadalix para que pudiera entrar sin ser visto.

Nunca se la pidió de vuelta. Gabriel la conservó porque los objetos que abrían una puerta solían terminar valiendo más que las explicaciones de quien los entregaba.

* * *

Marcos Mendoza apareció en el verano de 2023.

No empleó su nombre al contactar y presentó la operación como la compra de un archivo médico antiguo.

Buscaba documentos de la Clínica De Palacios, registros de una finca utilizada en los años ochenta y cualquier prueba relacionada con un hombre llamado Álex.

Gabriel habría rechazado la petición si el comprador no hubiese enviado una fotografía de la empuñadura de marfil de un bastón. Junto a ella aparecía una llave tubular y una frase: «Aquí guardo lo que él me obligó a callar durante cuarenta años».

Reconoció el bastón en una de las imágenes de Marco. Pertenecía al joven concejal de Urbanismo que aparecía en varias fichas junto a la recalificación de la granja. En las fotografías de 1983 caminaba sin ayuda. En todas las posteriores se apoyaba sobre la madera de nogal.

Gabriel exigió hablar con él antes de aceptar el encargo. Marcos se negó a una reunión, pero accedió a mantener una conversación. Su voz era más vieja de lo que Gabriel esperaba y conservaba una firmeza que se quebró al mencionar a Álex.

—No quiero comprarlo para destruirlo —aclaró—. Quiero entregarlo.

—¿A quién?

—A alguien que no pueda enterrarlo otra vez.

—Ha tenido cuarenta años.

—Durante cuarenta años he necesitado el bastón que me dio el hombre al que debía denunciar. No confunda silencio con olvido.

—¿Piensa dejar los papeles y marcharse?

—Pienso contar lo que hice, lo que permití y por qué acepté la recalificación. Si después tengo que responder por ello, responderé.

Marcos explicó que había obtenido el material durante la recalificación de San Agustín.

De Palacios le entregó un anexo técnico sellado para justificar dependencias preexistentes y le exigió devolverlo después de la firma.

Marcos fotografió cada página antes de entregarlo.

El anexo incluía el plano, los códigos de habitaciones, una relación clínica parcial utilizada para disfrazar el edificio como residencia asistencial y la autorización que él mismo había firmado.

No bastaba para demostrar toda la red, pero sí para obligar a abrir varias investigaciones y enlazar después el material con el archivo de Marco y las entregas de la clínica.

—Voy a reunir a quienes estuvieron allí —dijo—. Después hablaré.

—Si anuncia lo que piensa hacer, no llegará a contarlo.

—Por eso lo estoy comprando antes.

Como prueba de que el bastón existía, Marcos envió una segunda llave tubular dentro del depósito.

Gabriel volvió a emplear E-71-4C. Habían pasado casi veinte años desde la operación de Mancini y el descriptor le parecía una referencia muerta, enterrada entre cientos de movimientos. No lo era. Nunca lo había sido.

Álex lo llamó la misma noche en que confirmó el pago.

—El viejo se ha puesto sentimental —dijo sin saludar—. Quiere confesarse antes de morir.

—No tiene el archivo completo.

—Pero tiene bastante para jodernos a todos.

—A usted, quizá.

Álex se rio.

—Sigues sin entender cómo funciona una familia. Lo que destruye al padre termina aplastando a los hijos.

Gabriel miró la llave depositada sobre la mesa.

—No pienso matarlo.

—No te he preguntado qué piensas.

La negativa provocó un silencio breve. Álex volvió a mencionar a Maider y Jaime. Esta vez dijo a qué hora salían a caminar, dónde compraban el pan y cuál de los dos tardaba más en abrir la puerta.

Gabriel no aceptó el encargo. Tampoco fingió que podía limitarse a rechazarlo y continuar con su vida. Al terminar la llamada comprendió la clase de hombre que había formulado aquella amenaza y decidió preparar algo que pudiera sobrevivirle.