Errores del destino Capítulo 40 #3
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Capítulo 40 #3

La mujer rodeó los hombros de Luci con un brazo.

Entraron en el restaurante. Olía a café, tabaco y aceite caliente.

En la barra desayunaban varios camioneros.

Una familia pagaba junto a la caja y el conductor del autocar hablaba con una camarera.

Nadie prestó atención a las dos mujeres que avanzaban hacia los aseos.

La puerta del baño no tenía cerradura, pero en el interior había tres cabinas individuales. La acompañante abrió la primera y entregó el bolso a Luci.

—Límpiese deprisa.

—¿Cómo se llama?

—Eso no importa.

—A usted sí debería importarle.

La mujer miró hacia la entrada.

—No empeore las cosas.

—Me secuestraron cuando estaba embarazada. Me quitaron a mi criatura y han hecho creer a mi familia que estoy muerta. Ese hombre ha amenazado con matar a mi hermano si intento escapar.

—Me dijeron que sufrió una crisis después del parto.

—¿Y también le dijeron que había más mujeres encerradas?

La acompañante apretó los labios.

—No sé de qué está hablando.

—Lo sabe. Ha cerrado los ojos cuando una de ellas golpeó la puerta.

—Cállese.

—Míreme.

La mujer lo hizo.

—Me llamo Lucía García —continuó Luci—. Fui novicia y después trabajé como ATS. Mi hermano es médico. Yo no estoy enferma y no viajo voluntariamente. Si me devuelve al coche, será usted quien me entregue.

Durante unos segundos solo se escucharon los grifos. La acompañante sostuvo su mirada, pero no contestó. Luci comprendió que no iba a ayudarla. También comprendió que no deseaba detenerla con la misma fuerza que Álex.

Dejó caer el bolso.

Cuando la mujer se agachó para recogerlo, Luci la empujó dentro de la cabina. No utilizó toda su fuerza. Solo la necesaria para hacerle perder el equilibrio. Cerró la puerta desde fuera, giró el pestillo con la mano introducida por encima y colocó el cubo de limpieza debajo del picaporte.

—¡Abra! —gritó la mujer.

—Lo siento.

Luci recogió el bolso y salió.

No corrió. Una mujer enferma que corría habría llamado la atención. Atravesó el restaurante con la gabardina manchada, el bolso pegado al cuerpo y la cabeza inclinada. El conductor del autocar acababa de despedirse de la camarera.

—¿Va a Madrid? —preguntó Luci.

—Salimos ahora.

—He perdido el billete.

—Tendrá que comprar otro.

Abrió el sobre dentro del bolso y le entregó un billete. El conductor la miró, observó el estado de su ropa y señaló la puerta sin formular preguntas.

—Suba. Ya le hago el billete.

Luci ocupó uno de los últimos asientos. El autocar se puso en marcha mientras ella todavía buscaba la palanca para reclinarlo. A través de la ventanilla vio a Álex salir del restaurante. Caminaba deprisa, con la acompañante varios pasos detrás. La mujer señaló el autocar.

Álex echó a correr.

Llegó al aparcamiento cuando el vehículo se incorporaba a la carretera. Luci se deslizó hacia el suelo y permaneció agachada entre los asientos. Esperó un grito, un frenazo o el golpe de otro coche cerrándoles el paso. Solo escuchó el motor y la conversación apagada de los pasajeros.

Al cabo de varios minutos se incorporó lo suficiente para mirar por la luna trasera. El vehículo oscuro de Álex adelantaba a un camión y reducía distancia.

La fuga todavía no había empezado.

El conductor anunció que realizarían una parada breve en Alcalá de Henares antes de continuar hasta Madrid. Luci se levantó y avanzó por el pasillo.

—Necesito bajar allí.

—Este servicio termina en Madrid.

—Ha dicho que se detiene en Alcalá.

—Para dejar a dos pasajeros. Usted ha subido con destino a Madrid.

Luci miró hacia atrás. El coche seguía al autocar, separado por tres vehículos.

—Mi marido viene detrás —dijo—. Me ha pegado y no quiero que sepa dónde voy.

El conductor observó por el espejo la gabardina manchada y el miedo que Luci ya no tenía que fingir.

—Si necesita a la policía…

—Solo necesito bajar sin que él me vea.

El hombre guardó silencio durante varios segundos.

—Quédese junto a la puerta cuando entremos en la estación.

El autocar abandonó la carretera y se adentró en Alcalá. El coche de Álex continuó detrás hasta el primer semáforo. Cuando la luz cambió a ámbar, el conductor aceleró. Álex quedó detenido al otro lado del cruce y un camión que inició la marcha desde la vía transversal le cerró el paso.

En la estación, el autocar no ocupó uno de los andenes principales. Se detuvo junto a una salida lateral. El conductor abrió la puerta delantera.

—Tiene menos de un minuto.

Luci descendió, cruzó detrás del vehículo y entró en un edificio donde varias personas esperaban frente a las taquillas. No miró hacia atrás. Atravesó otra puerta, salió a una calle distinta y caminó hasta perder de vista la estación.

Entonces corrió.

Corrió con los zapatos resbalando sobre el pavimento, el bolso golpeándole la cadera y el aire clavándose en un pecho que había olvidado aquel esfuerzo. Dobló dos esquinas, cruzó una plaza y entró en una pensión cuyo cartel había visto desde la acera. La mujer de la recepción levantó la cabeza.

—Necesito una habitación.

—¿Para una noche?

—Sí.

—El documento de identidad.

Luci introdujo la mano en el bolso y sacó el documento que De Palacios había preparado.

Antes de entregarlo pensó en la posibilidad de acudir a una comisaría, pronunciar su verdadero nombre y pedir que llamaran a su familia.

Pero Álex conocía las direcciones. De Palacios había firmado su muerte.

Su hermano podía estar vigilado y ella no poseía ninguna prueba aparte de una esquela que declaraba exactamente lo contrario de cuanto pretendía denunciar.

Entregó el documento.

La mujer abrió el libro de registro.

—Nombre.

Luci pensó en su madre, en su padre y en Carlos.

Pensó en la criatura a la que nunca pudo sostener, en la ventana desde la que supuestamente se había arrojado y en las otras mujeres encerradas detrás de aquellas seis puertas.

No renunciaba a ellos. Tampoco los olvidaba.

Los alejaba de Álex hasta encontrar una forma de volver sin conducirlo hasta sus casas.

—Lucía Salas.

La mujer copió los datos y le entregó una llave.

Cuando tuvo la llave, Luci salió otra vez.

Caminó durante casi una hora, se quitó la gabardina manchada y la abandonó en un contenedor.

Compró un abrigo barato en una tienda, un cepillo de dientes y unas tijeras pequeñas.

En el aseo de una cafetería se cortó el cabello por encima de las orejas. Después regresó a la pensión.

En la habitación, Luci cerró con pestillo, apoyó una silla contra la puerta y dejó el bolso sobre la cama.

Sacó el recorte de periódico y lo extendió al lado del documento falso.

Uno afirmaba que estaba muerta. El otro mentía sobre quién era.

Entre las dos mentiras no quedaba ningún papel que contuviera la verdad.

Durante años había obedecido decisiones tomadas por otros: la vocación que su familia celebró, las normas que convirtieron el amor en culpa, el hombre que la dejó embarazada, el médico que prometió protegerla y el asesino que le quitó el nombre.

Aquella noche no sabía dónde viviría, cómo conseguiría trabajo ni cuánto tardaría Álex en encontrarla.

Solo sabía que no regresaría a la granja y que nadie volvería a decidir por ella qué debía salir de su cuerpo, de su boca o de su memoria.

Doblaría la esquela y la conservaría. Algún día serviría para demostrar el tamaño de la mentira. Hasta entonces, Luci García tendría que continuar enterrada.

Lucía Salas apretó el documento entre las manos.

Era falso, pero podía tocarlo.

Por el momento, tendría que bastar.