Capítulo 40 #2
—Entonces podrás ver lo que le pasa a tu familia si decides llamar la atención. Tu hermano será el primero. Después iremos a Bilbao. Conocemos la dirección de tus padres, la parroquia y hasta el bar donde tu padre toma café los domingos. No necesito que me creas. Solo necesito que tengas una duda.
Luci bajó los ojos hacia los comprimidos.
Álex tenía razón en una cosa. La duda bastaba.
—¿Carlos sabe que estoy viva?
—Carlos sabe lo que le conviene saber.
—Eso no significa nada.
—Para mañana significa todo. Si te portas bien, él seguirá con su vida. Si intentas escapar, pagará por ti.
En septiembre había desaparecido el único privilegio que aún le concedían: una revista médica atrasada, seguramente recogida de la clínica, en cuyos márgenes encontraba de vez en cuando anotaciones antiguas de Carlos.
Preguntó por qué ya no se la llevaban. Álex contestó que su hermano se había cansado de jugar a detective.
Después le mostró una postal sin firma, supuestamente enviada desde Francia, y aseguró que Carlos había abandonado Madrid.
Luci nunca creyó ninguna de las dos versiones.
Sin embargo, necesitaba creer que seguía vivo.
Álex se levantó.
—Tómatelas después de cenar. Volveré antes de que salga el sol.
—¿Quién es Lucía Salas?
Él miró el bolso.
—Nadie. Por eso resulta tan útil.
Cuando se quedó sola, Luci comió lo suficiente para no despertar sospechas.
Después introdujo los comprimidos en la boca, bebió agua y esperó junto a la puerta.
Sabía que observaban a través de la pequeña abertura situada cerca del techo.
Al cabo de unos minutos empezó a arrastrar las palabras de una oración.
Se tumbó vestida y dejó caer un brazo fuera de la cama.
Permaneció inmóvil hasta escuchar los pasos alejándose.
Entonces escupió los comprimidos dentro de la mano.
No había planeado una fuga. Planear exigía conocer las puertas, los horarios y el terreno exterior, y Álex se había encargado de negarle las tres cosas.
Lo que había hecho durante meses era algo más sencillo: prepararse para reconocer una oportunidad si llegaba a presentarse.
Recuperó fuerza caminando de una pared a otra.
Fingió que las dosis la dejaban más adormecida de lo que realmente estaba.
Prestó atención a las conversaciones del corredor.
Aprendió que por las mañanas entraban vehículos, que el cambio de personal se producía poco después de las siete y que el hombre de la mancha roja odiaba perder el control incluso en los asuntos más pequeños.
Mañana saldría del edificio por primera vez.
Aquella era la oportunidad.
También podía ser la última.
Luci abrió el bolso. Encontró un peine, un pañuelo, un pequeño neceser, la documentación y un sobre con varios billetes.
Todo había sido escogido para construir la apariencia de una mujer corriente.
Guardó dentro los comprimidos, dobló de nuevo el recorte de la esquela y comprobó cuánto dinero tenía.
Después se acercó al lavabo y contempló su rostro en el espejo.
Había perdido peso. El cabello, cortado a la altura de los hombros, empezaba a recuperar el color.
Seguía teniendo una cicatriz pequeña en el interior del codo derecho y otra bajo el ombligo que De Palacios nunca le había explicado.
El cuerpo que le devolvía el cristal era el suyo y al mismo tiempo parecía pertenecer a alguien que había envejecido muchos años dentro de una habitación.
—Lucía Salas —susurró.
El nombre no produjo nada.
Lo repitió hasta que dejó de sonar ajeno.
* * *
La despertaron a las cinco y media.
Álex comprobó que caminaba con dificultad y se mostró satisfecho.
Luci mantuvo los párpados caídos, permitió que la ayudara a ponerse la gabardina y apoyó la cabeza contra la pared mientras él registraba el bolso.
Encontró el sobre, la documentación y el recorte de periódico.
No descubrió los comprimidos envueltos en el pañuelo del neceser.
—Veo que ya guardas recuerdos —dijo, alzando la esquela.
—Es lo único que me habéis dejado de mi familia.
Álex volvió a introducirla en el bolso.
—Acuérdate de ellos cuando tengas ganas de hacer una tontería.
En el corredor esperaba una mujer de unos cincuenta años, vestida con falda gris y abrigo oscuro.
Llevaba una pequeña cruz de plata prendida en la solapa.
Luci no la conocía, pero reconoció la forma de sujetar las manos y el gesto con el que evitó mirarla directamente.
Había vivido demasiados años entre religiosas para no distinguir una costumbre conservada después de abandonar el hábito.
—Ella viajará contigo —explicó Álex—. Si necesitáis deteneros, lo decidiré yo.
La mujer asintió.
Nadie puso esposas a Luci. Tampoco la sujetaron.
La ropa, la documentación y la acompañante debían hacer que pareciera una convaleciente trasladada por decisión propia.
Álex confiaba en el efecto de los comprimidos y en la amenaza contra Carlos.
Luci caminó encorvada, arrastrando un poco los pies, y cruzó por primera vez el pasillo que había imaginado durante meses.
Contó seis puertas antes de llegar a un ascensor de carga. En dos escuchó respiraciones. En otra, una mujer empezó a golpear cuando el mecanismo se puso en marcha. La acompañante cerró los ojos.
—Usted sabe lo que ocurre aquí —murmuró Luci.
—No hable.
—¿Cuántas somos?
—He dicho que no hable.
Álex las observó durante el descenso.
—La enferma está confusa —dijo—. No conviene hacerle caso.
Salieron por una puerta lateral. El aire frío le golpeó el rostro y Luci estuvo a punto de detenerse. Olía a tierra mojada, combustible y hojas. Nunca había pensado que el exterior pudiera resultar doloroso. Respiró una vez, luego otra, tratando de no mirar el cielo como quien acaba de recuperarlo.
Álex abrió la puerta trasera de un vehículo familiar de color oscuro. La mujer se sentó junto a Luci. Él ocupó el volante y cerró todas las puertas antes de arrancar.
—Repetimos —dijo mientras avanzaban por un camino de tierra—. ¿Cómo te llamas?
—Lucía Salas.
—¿Adónde vas?
—A una residencia para recuperarme.
—¿Viajas contra tu voluntad?
—No.
—¿Quién es Carlos García?
Luci tardó en contestar.
—No conozco a nadie con ese nombre.
Álex la miró a través del espejo retrovisor.
—A lo mejor no eres tan tonta.
La finca quedó atrás. Luci no volvió la cabeza hasta que los árboles escondieron la fachada.
Memorizó el giro del camino, una tapia de piedra, un poste de tendido eléctrico y el cartel que encontraron varios minutos después.
San Agustín de Guadalix. Madrid quedaba en la dirección que habían tomado.
Comprendió que la granja se encontraba al norte de la capital y que Álex conducía hacia el sur.
Fingió dormirse.
Durante la primera hora no ocurrió nada.
Atravesaron carreteras cada vez más transitadas, bordearon Madrid y tomaron la dirección de Barcelona.
Luci mantenía la mejilla apoyada contra la ventanilla y abría los ojos únicamente cuando el vehículo reducía la velocidad.
Las puertas permanecían bloqueadas. La acompañante olía a colonia de lavanda y llevaba un rosario en el bolsillo del abrigo.
A veces movía los labios sin emitir sonido.
—¿Es usted una Misericorde? —preguntó Luci sin levantar la cabeza.
La mujer se sobresaltó.
—Duerma.
—Yo también fui religiosa.
—Lo sé.
—Entonces sabe que no estoy enferma.
Álex golpeó el volante con los dedos.
—Como sigáis charlando, os pongo a rezar a las dos en el arcén.
Luci volvió a cerrar los ojos. Esperó hasta que dejaron atrás Alcalá de Henares y las construcciones se hicieron menos frecuentes.
No podía saltar de un coche en marcha. Tampoco conseguiría vencer a Álex por la fuerza.
Necesitaba que abriera una puerta y necesitaba un lugar donde él no pudiera llevársela sin que alguien hiciera preguntas.
Pensó en el medicamento que supuestamente había tomado. Uno de sus efectos habituales era provocar náuseas. Nadie se extrañaría de que una mujer débil, mareada por el viaje y todavía sometida a tratamiento necesitara detenerse.
Introdujo dos dedos en la boca mientras fingía toser.
El primer espasmo no produjo nada. En el segundo, el desayuno escaso que le habían dado cayó sobre la gabardina y el suelo del vehículo.
—¡Joder! —Álex miró por el espejo—. ¿Qué has hecho?
Luci se cubrió la boca y volvió a vomitar.
La acompañante se apartó todo lo que le permitía el asiento.
—Tenemos que parar.
—Puede esperar.
—Podría aspirarlo si vuelve a quedarse dormida.
—Pues que no se duerma.
Luci dejó caer la cabeza hacia delante y respiró de forma irregular. La mujer le tomó el pulso.
—Está muy pálida.
—Lleva un año pálida.
—Necesita limpiarse y beber algo. La siguiente estación está a pocos kilómetros.
Álex no respondió. Aumentó la velocidad, pero diez minutos después se desvió hacia un establecimiento situado junto a la carretera.
Había varios surtidores, un restaurante, seis camiones estacionados y un autocar blanco frente a la entrada.
En el cristal delantero del autocar, una placa mostraba una sola palabra.
Madrid.
Luci dejó que los párpados volvieran a caer.
Álex aparcó en el lateral del edificio y apagó el motor.
—Cinco minutos —ordenó—. Vais al baño y regresáis. El bolso se queda aquí.
—Necesita la documentación —dijo la mujer.
—Para mear no hace falta documentación.
—También necesitará cambiarse la ropa. Hay dinero y un neceser dentro.
Álex miró a Luci. Ella permitió que una nueva arcada le sacudiera el pecho. Él tomó el bolso, lo abrió, comprobó el sobre y la documentación, y se lo entregó a la acompañante.
—Cinco minutos. Y no cierres la puerta del baño.