Errores del destino Capítulo 40
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Capítulo 40

Lucía Salas

Luci llevaba nueve meses muerta cuando De Palacios entró en la habitación y dejó sobre la mesa el nombre de otra mujer.

No lo vio llegar. Llevaba tanto tiempo distinguiendo cada sonido de aquella planta que habría reconocido los pasos de Álex, el arrastre de las bandejas por el hueco inferior y el giro de cualquiera de las llaves que utilizaban para encerrarla.

Sin embargo, la puerta se abrió después de un silencio absoluto y el médico apareció vestido con un traje oscuro, una gabardina doblada sobre el brazo y un maletín de piel en la mano.

Luci permaneció sentada en el borde de la cama.

Habían transcurrido meses desde la última vez que lo tuvo delante.

Entonces todavía sufría hemorragias, se despertaba llamando a una hija que nunca le permitieron ver y necesitaba apoyarse en las paredes para caminar hasta el baño.

De Palacios le había explicado que la niña nació muerta.

Utilizó palabras médicas, habló de una presentación complicada y de una pérdida de sangre que había puesto en peligro su vida.

Luci era ATS. Había asistido a partos suficientes para reconocer una explicación construida con términos correctos y silencios imposibles.

Preguntó por el cuerpo.

De Palacios respondió que no era aconsejable que lo viera.

Preguntó quién había certificado la muerte.

El médico le ordenó que descansara.

Preguntó si la criatura había respirado.

Álex le inyectó algo en el brazo.

Cuando despertó, ya no quedaba nadie dispuesto a responder.

—Has mejorado —dijo De Palacios.

Luci observó la puerta abierta detrás de él. En el corredor había un hombre al que no conocía. No llevaba bata y evitaba mirar hacia el interior. De Palacios siguió sus ojos y cerró.

—No lo suficiente para que me dejéis salir.

—Precisamente he venido a hablarte de eso.

Abrió el maletín y extrajo una carpeta, un sobre y un pequeño bolso marrón. Colocó los tres objetos sobre la mesa. Después dejó la gabardina encima de una silla con el cuidado de quien visita a una enferma en una habitación corriente.

Luci no se movió.

—Mañana abandonarás la granja —anunció.

La palabra granja resultó más cruel que cualquier otra.

Durante meses había tratado de descubrir dónde se encontraba.

Desde la ventana, demasiado estrecha para pasar el cuerpo y protegida por una barra exterior, solo podía ver una franja de terreno, varios árboles y el extremo de una construcción baja.

Por las mañanas escuchaba aves. Algunas noches llegaba el ruido de un motor pesado.

Sabía que seguía cerca de Madrid, pero ignoraba si la habían trasladado después del parto o si continuaba en el edificio donde Álex la dejó inconsciente.

—¿Adónde vais a llevarme?

—A una residencia donde podrás recuperarte. Tendrás más espacio, realizarás algún trabajo y, si colaboras, con el tiempo disfrutarás de cierta libertad.

—¿Cierta?

—No estás en situación de exigir nada.

De Palacios abrió la carpeta. Sacó un documento y lo empujó sobre la mesa hasta dejarlo frente a ella.

Luci tardó unos segundos en acercarse. La fotografía era suya, aunque no recordaba que nadie se la hubiese tomado.

Mostraba el rostro hinchado, el cabello retirado de la frente y unos ojos que apenas parecían conscientes.

Debajo figuraba un nombre que nunca había escuchado.

Lucía Salas.

Lo leyó dos veces.

—¿Quién es?

—Tú, a partir de mañana.

—Yo me llamo Lucía García.

—Lucía García murió el pasado mes de julio.

El médico lo dijo sin levantar la voz. No pretendía asustarla ni humillarla. Lo enunció con la misma naturalidad con la que habría confirmado un resultado de laboratorio. Aquello fue lo que más daño le hizo.

—¿Qué le habéis contado a Carlos?

—Lo necesario para que pudiera despedirse de ti.

—¿Qué significa eso?

—Tu hermano cree que sufriste una hemorragia después del parto y que, al comprender que la niña había muerto, te arrojaste desde una ventana. Hubo un certificado, un funeral y un entierro. Tu familia ha llorado tu pérdida. Nadie te busca.

Luci apoyó las manos sobre la mesa. Las uñas se le habían clavado tantas veces en las palmas durante aquellos meses que apenas sentía la presión.

—Carlos no habría aceptado un ataúd cerrado.

—Lo aceptó.

—Habría preguntado.

—Preguntó.

—Y habría seguido preguntando.

De Palacios desvió la mirada hacia la carpeta.

—Carlos ha continuado con su vida. Deberías hacer lo mismo.

La respuesta no encajaba. Su hermano podía haberse equivocado, confiar en el médico que lo había formado e incluso firmar papeles sin comprender la mentira que escondían.

Lo que nunca habría hecho era continuar con su vida.

Carlos convertía cada duda en una investigación y cada injusticia en una deuda personal.

De niño desmontó un reloj porque se retrasaba dos minutos y no descansó hasta descubrir qué pieza fallaba.

La muerte de su hermana no podía haberse convertido en un asunto cerrado.

—Quiero hablar con él.

—No es posible.

—Un minuto. Ni siquiera tiene que saber dónde estoy.

—He dicho que no.

—Entonces dile que sigo viva.

—Eso tampoco es posible.

Luci se levantó. De Palacios retrocedió un paso, sorprendido por un movimiento que no contenía ninguna amenaza.

—Él confió en usted —dijo—. Yo vine aquí porque Carlos confiaba en usted. ¿Ha sido capaz de mirarlo a la cara después de enterrarme?

El médico cerró el maletín.

—Intento mantenerte con vida. No confundas las cosas.

—¿Y a mi hija? ¿También intentó mantenerla con vida?

—La niña nació muerta.

—Míreme y dígamelo.

De Palacios levantó los ojos.

—Tu hija nació muerta.

Luci esperó encontrar algo en su expresión: culpa, piedad, la vacilación de quien repite una mentira demasiadas veces. Solo vio cansancio.

—No le creo.

—Eso ya no cambia nada.

El médico señaló la documentación.

—Mañana viajarás con ese nombre. La residencia dispone de los informes necesarios y espera a una mujer que ha sufrido una enfermedad grave después del parto.

Si alguien os detiene durante el camino, dirás que te llamas Lucía Salas, que viajas voluntariamente y que necesitas reposo.

No hablarás de este lugar, de tu familia ni de Carlos.

—¿Y si no lo hago?

—Álex te lo explicará de una forma menos agradable.

Recogió la carpeta, pero dejó el documento, el sobre y el bolso sobre la mesa. Luci vio una segunda fotografía, varios impresos y una ficha en la que aparecía su nueva identidad junto a una fecha de traslado. De Palacios cubrió los papeles antes de guardarlos.

—Dentro del sobre hay dinero para tus primeros gastos. El bolso y la gabardina también son tuyos. Procura que mañana no tengamos que lamentar ninguna decisión precipitada.

—¿Adónde me lleváis?

—Lejos de aquí.

—Eso no es un lugar.

—Para ti tendrá que bastar.

Abrió la puerta. Luci habló antes de que pudiera salir.

—Si de verdad quisiera mantenerme con vida, me devolvería mi nombre.

De Palacios se detuvo de espaldas a ella.

—Tu nombre es precisamente lo que puede matarte.

La puerta se cerró y la llave volvió a girar.

* * *

Álex llegó cuando ya había oscurecido.

Entró sin llamar, con una bandeja de comida en una mano y un recorte de periódico en la otra. Dejó la bandeja sobre la mesa, apartó el bolso y extendió el papel delante de Luci.

El anuncio ocupaba una sola columna. No había fotografía.

Su nombre figuraba entre dos cruces negras y debajo aparecía una fecha: 7 de julio de 1983.

La familia agradecía las muestras de afecto recibidas después del fallecimiento de Lucía García y de la hija que esperaba. Se celebraría una misa por ambas.

Luci acarició el borde del recorte. Imaginó a su madre escogiendo la ropa para un ataúd que no pudo abrir, a su padre dando la mano a personas incapaces de mirarlo y a Carlos de pie frente a una caja llena de algo que no era su cuerpo.

Durante nueve meses había sospechado que Álex mentía cuando le aseguraba que todos la creían muerta.

Ahora tenía delante una mentira publicada como si fuese un hecho.

—Bonito, ¿verdad? —preguntó él—. Poca gente puede leer su propia esquela.

Luci dobló el recorte y lo guardó en el bolso.

—¿Qué hicisteis con mi hija?

—Ya te lo ha contado el doctor.

—Te lo pregunto a ti.

Álex se sentó en la silla, al otro lado de la mesa.

—Se murió.

—¿Era una niña?

—Eso dicen los papeles.

—Tú estabas aquí.

—He estado en muchos sitios.

—¿La viste?

Álex sonrió.

—Come. Mañana tienes un viaje largo.

Luci no apartó la mirada.

—Una vez creí que lo peor que podía hacer una persona era perder la fe —dijo—. Me equivocaba. Lo peor es aprender a utilizar la fe de los demás para que bajen la guardia.

—¿Eso va por mí o por el cura?

—Por todos vosotros.

Álex empujó la bandeja hacia ella.

—Tu problema siempre ha sido pensar demasiado.

Primero te creíste enamorada de aquel mequetrefe de Bilbao.

Después creíste que tu hermano iba a salvarte.

Ahora crees que puedes hacerme sentir algo.

Mañana te subirás al coche, tomarás lo que te demos y llegarás dormida.

Cuando despiertes, contestarás si te llaman Lucía Salas.

Es un nombre mejor que el de una muerta.

Sacó del bolsillo un pequeño frasco y dejó dos comprimidos al lado del plato.

Luci los examinó. Reconoció el tamaño, el color y el amargor que uno de ellos dejaba en la lengua.

Durante los primeros meses se los administraban triturados con la comida.

Más adelante, cuando empezó a fingir resignación, Álex permitió que los tomara delante de él.

Luci aprendió a retenerlos debajo de la lengua, a esperar el momento preciso y a esconderlos en una costura abierta del colchón.

No siempre lo conseguía. Las noches en las que tragaba uno despertaba con horas enteras borradas.

—¿Y si no llego dormida?

Álex apoyó los codos sobre la mesa.