Errores del destino Capítulo 39 #3
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Capítulo 39 #3

—Porque quieres marcharte convencido de que fuiste tú quien decidió terminar —respondió—. Porque has pasado veinte años creyendo que el dinero, los títulos y la gente a la que pagabas te convertían en mi dueño. Y porque, en cuanto estés lejos, el miedo puede hacerte hablar de verdad.

—Jamás hablaría. Me destruiría a mí mismo.

—Por eso has vivido tanto.

—Entonces déjame ir.

Álex sonrió.

—Eso pensaba hacer hasta que me amenazaste con un sobre inexistente.

Francisco trató de alcanzar la puerta. Álex le dio un golpe en el estómago y lo sujetó antes de que cayese.

Lo llevó hasta la ventana casi abrazado, como si ayudara a caminar a un hombre enfermo.

El médico hundió los zapatos en el suelo, se aferró al marco y consiguió golpearlo con el codo.

Álex retrocedió un paso. Francisco se volvió y lanzó un puñetazo que apenas rozó su cara.

La uña del pulgar atravesó el pigmento y dejó una línea limpia sobre la piel.

La visión de aquel surco produjo en Álex una furia inmediata. Lo agarró por la solapa, lo impulsó contra la barandilla y mantuvo el cuerpo apoyado sobre ella. El metal se separó unos centímetros del muro.

Francisco miró hacia el patio. Cinco plantas más abajo, los faros del Mercedes continuaban iluminando la entrada.

—Álex, espera.

—Era un quinto piso, Francisco.

—Podemos hablar.

—No podía sobrevivir a semejante impacto.

Empujó.

La barandilla cedió por el lado izquierdo.

Francisco intentó aferrarse al hierro, pero el peso de su cuerpo terminó de arrancarlo.

Durante un instante quedó suspendido frente a la ventana con una mano alrededor del travesaño y la otra buscando algo que ya no existía.

Álex observó sus dedos resbalar uno por uno.

No gritó al caer.

El golpe llegó un segundo después.

Álex permaneció junto a la ventana hasta comprobar que el cuerpo no se movía.

Después recogió la barandilla, la encajó de nuevo sobre los soportes y dejó los tornillos oxidados junto al rodapié.

Recuperó la pistola de debajo del armario, limpió la empuñadura y la devolvió al bolsillo interior de Francisco cuando bajó al patio.

El médico había caído de lado. Una pierna permanecía doblada bajo el cuerpo y el brazo derecho señalaba hacia la fachada.

Álex le registró los bolsillos. Encontró las llaves, la cartera, un billete de avión para el miércoles y el resguardo de una caja de seguridad.

No se llevó el dinero ni el reloj. Solo guardó el resguardo.

Subió de nuevo, recogió su vaso y la botella de whisky que había traído desde el despacho, y abrió la primera caja.

Trabajó hasta pasada la medianoche. Separó los documentos que podían conducir hasta él, conservó los que servían para obligar a otros y dejó suficientes carpetas ordinarias para que el archivo pareciese una acumulación sin valor.

No destruyó la ficha de Marta, la nota sobre Carlos ni los registros del Protocolo G.

Los consideraba herramientas, no recuerdos.

Antes de marcharse desconectó el montacargas, apagó las luces y cerró la puerta principal desde el exterior.

Salió por el acceso lateral y caminó hasta el coche que había ocultado entre los árboles.

Al mirarse en el retrovisor vio la línea sin pintura que el arañazo de Francisco había abierto sobre la mancha.

Humedeció una esponja y extendió de nuevo el pigmento hasta borrarla.

A la mañana siguiente, un técnico enviado para inventariar el edificio encontró el cadáver.

La Guardia Civil comprobó la barandilla desprendida, el estado ruinoso de la quinta planta y el alcohol presente en la sangre.

El coche, las llaves y el billete de avión descartaban una desaparición preparada.

Nadie encontró indicios suficientes para sostener que otra persona hubiese estado allí.

La muerte de Francisco De Palacios fue considerada accidental.

El informe situó el fallecimiento durante una inspección previa a la entrega de la finca y atribuyó la caída al desprendimiento de una protección deteriorada.

Nadie necesitó explicar por qué el antiguo propietario había acudido solo: llevaba semanas entrando y saliendo del edificio para ordenar la operación.

El último certificado relacionado con De Palacios no llevó su firma.

Registró su muerte. Los periódicos recordaron al médico innovador, al filántropo y al hombre que había ayudado a formar miles de familias.

El grupo sanitario mantuvo su apellido en la fachada.

Agropecuaria Guadalix completó la liquidación meses después.

La finca permaneció en manos de una sociedad que no conducía hasta Álex y las cajas continuaron detrás de las mismas puertas durante otros veinte años.

La limpieza de la clínica, sin embargo, no fue perfecta.

Varios documentos atravesaron el traslado sin figurar en ningún inventario.

Una copia de la entrega asociada al código G-83-09 desapareció antes de que el nuevo propietario cerrase el archivo.

Alguien terminó colocándola junto a una certificación literal del nacimiento, incompatible con ella, y otros papeles que consideró demasiado valiosos para arrojarlos a una trituradora.

No llegaron a la policía.

Llegaron al mercado.