Capítulo 39 #2
Francisco tocó la pistola a través de la chaqueta y entró.
Solo encontró iluminación en el corredor central.
Las bombillas se encendían a intervalos y dejaban franjas de oscuridad entre unas puertas y otras.
Habían retirado las camas, el material clínico utilizable y casi todos los muebles.
Permanecían las marcas de los cerrojos, los pequeños elevadores por los que introducían comida y las barras atornilladas a algunas paredes.
Francisco evitó mirar dentro de las habitaciones.
Había pasado años llamándolas dependencias, estancias o unidades.
Vacías, ya no permitían que las palabras escondiesen su propósito.
—Llegas tarde —dijo Álex desde el final del pasillo.
Francisco se volvió. La mancha roja apareció primero bajo la luz; después lo hizo el resto del rostro.
—No he visto tu coche.
—No tenías que verlo.
—¿Dónde están las cajas?
Álex señaló el montacargas.
—Arriba.
—Te dije que las dejaras en el sótano. Allí podemos quemar lo que no sirve.
—Yo he decidido que empecemos por la quinta planta.
Francisco mantuvo la mano cerca del interior de la chaqueta mientras avanzaba.
Álex lo observó, pero no hizo ningún comentario.
Subieron en el montacargas. La plataforma tembló al ponerse en marcha y el sonido del motor ocupó el hueco durante todo el ascenso.
El médico recordó las camillas, las mujeres trasladadas sin cruzar las zonas comunes y los recién nacidos que habían recorrido aquel mismo trayecto antes de recibir un código.
No sintió culpa. Sintió impaciencia por abandonar el edificio.
—No pienso estar aquí toda la noche —advirtió.
—No hará falta.
Las puertas se abrieron en la quinta planta.
Había doce cajas alineadas frente a la antigua habitación de Luci.
Cada una llevaba una fecha y varias letras escritas con rotulador negro.
Francisco reconoció el sistema utilizado para separar los partos, las entregas, las extracciones y los seguimientos posteriores.
También reconoció una caja que no procedía del archivo de la clínica.
—Esa no la envié yo.
Álex se agachó y levantó la tapa. Dentro había copias de fotografías, recibos, cintas de casete y varios sobres con nombres propios.
—Esta es la mía.
—¿Para qué has traído eso?
—Para comprobar cuánto falta en la tuya.
Francisco extrajo una carpeta de la primera caja y hojeó las fichas.
—Los códigos dobles están en los registros de entrega. Las letras indican el origen y los números corresponden al año y al orden de nacimiento. Lo sabes perfectamente.
—Quiero que me señales todo lo relacionado con Marta Del Pozo, Luci y Carlos García.
—Eso debe destruirse.
—Por eso quiero que lo encuentres.
Francisco cerró la carpeta.
—No vas a conservar nada de Carlos.
—Conchi guardó una copia.
—Nunca la utilizó.
—Eso no significa que no pueda hacerlo.
—Han pasado veinte años. Si pensara entregarla, ya lo habría hecho.
Álex abrió otra caja y sacó una copia al carbón de la nota que Francisco había escrito después de descubrir la auditoría. La sostuvo frente a él.
—«La auditoría incluye partos dobles. Carlos conserva duplicado. Conchi conoce el fichero» —leyó—. Te preocupaba bastante cuando escribiste esto.
—Porque acababa de ocurrir.
—Y luego dejó de preocuparte porque yo me ocupé de él.
—Nos ocupamos de él —corrigió Francisco—. Tú lo mataste, pero yo preparé la carta, el coche y el contacto que frenó la investigación. No intentes colocarme ahora en un lugar distinto al tuyo.
—Yo nunca he querido estar en tu lugar.
El médico arrojó la carpeta dentro de la caja.
—Entonces abre bien los oídos. Todo esto terminó.
Tienes la finca porque yo he permitido que la tengas.
Dispones de dinero, sociedades y contactos porque yo te los proporcioné.
A partir de esta noche no vuelves a llamarme, no te acercas a mi casa y no utilizas mi apellido.
Si algo me sucede, la policía recibirá el sobre.
Álex miró hacia el ventanal situado al final del corredor.
—¿Desde qué ventana dijiste que había saltado Luci?
La pregunta inmovilizó a Francisco.
—No empieces con tus juegos.
—Carlos preguntó si podía haber sobrevivido.
—No recuerdo cada palabra de una conversación de hace veinte años.
—Yo sí.
Álex caminó hasta la última habitación y empujó la puerta.
El espacio conservaba restos de papel pintado, un armario sin hojas y la antigua conducción por la que habían introducido el gas para dejar inconsciente a Luci.
La ventana permanecía abierta. El aire frío agitaba una cortina gris sujeta únicamente por dos anillas.
—Le dijiste que era un quinto piso —continuó—. Que no podía sobrevivir a semejante impacto.
Francisco introdujo la mano dentro de la chaqueta.
Álex cruzó la distancia antes de que consiguiera sacar la pistola. Le golpeó la muñeca contra la pared. El arma cayó al suelo y se deslizó bajo el armario. Francisco trató de apartarlo con el hombro, pero Álex le agarró el cuello de la camisa y lo empujó hacia el interior de la habitación.
—¡Si me matas, entregarán la carpeta! —gritó.
—No existe ninguna carpeta.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo. Tu abogado no sabía qué llamada debía esperar mañana.
Francisco dejó de forcejear.
—¿Lo has llamado?
—He escuchado cómo lo hacías. Dejé un transmisor detrás del mueble bar. Tu abogado no sabía de qué llamada estabas hablando.
La puerta del montacargas, el pasillo vacío, las luces preparadas y la ausencia del coche adquirieron de pronto un significado distinto.
Álex no había acudido para conocer los códigos ni para conservar el archivo.
Había llegado antes, había comprobado cada entrada y había esperado a que él mismo confirmase que nadie conocía la amenaza.
—Podemos arreglarlo —dijo Francisco—. Siempre lo hemos hecho.
—No, doctor. Yo lo he arreglado. Tú has firmado después.
—Te daré más dinero.
—Ya me has vendido la finca.
—La clínica conserva cuentas que no aparecen en la operación. Hay dinero fuera, mucho más del que conoces.
—Lo conozco.
Francisco miró hacia la ventana. La barandilla exterior parecía la misma, pero faltaban dos de los tornillos que la fijaban al muro. Comprendió que Álex no había elegido aquella habitación por la historia de Luci. La había preparado.
—¿Por qué? —preguntó.
Álex aflojó la mano que sujetaba su camisa. Durante un instante, Francisco creyó que la pregunta había encontrado una parte razonable en su interior.