Capítulo 39
El último certificado
Francisco De Palacios había pasado la mañana desprendiéndose de cuanto podía comprometerlo y llamándolo jubilación.
La venta de la clínica se había firmado a las once y veinte en una notaría de la calle Serrano.
El grupo sanitario comprador mantendría el apellido en la fachada durante cinco años, conservaría a la mayor parte de la plantilla y presentaría la operación como la incorporación de uno de los centros privados con mayor prestigio de Madrid.
El comunicado hablaba de continuidad, excelencia y futuro.
No mencionaba las cajas que, desde hacía una semana, salían por el montacargas trasero ni los expedientes que Francisco había ordenado separar antes de que los auditores del nuevo propietario accediesen al archivo.
Tampoco mencionaba Agropecuaria Guadalix.
La sociedad había vendido aquella misma mañana su única propiedad a otra empresa sin actividad conocida.
El precio figuraba en la escritura; el dinero había llegado; el administrador que representaba a la compradora poseía un nombre, un documento de identidad y un domicilio fiscal.
Ninguno conducía hasta Álex. Francisco conocía bastante bien la arquitectura de las sociedades interpuestas para comprender que, una vez completada la liquidación de Agropecuaria, la finca desaparecería de su patrimonio y de cualquier herencia futura.
Era el precio de terminar.
—No deberías poner esa cara —dijo mientras firmaba la última hoja que su abogado había dejado sobre el escritorio—. Te llevas el edificio, los terrenos y todo lo que aún pueda servirte. Yo me quedo con la clínica limpia y con la tranquilidad de no volver a verte.
Álex no ocupaba el sillón reservado a las visitas.
Se encontraba de pie junto al ventanal, contemplando el tráfico de la tarde.
Había envejecido menos de lo que Francisco habría deseado.
Conservaba el cabello oscuro, aunque empezaba a clarearle en las sienes, y la mancha rojiza continuaba extendida sobre el pómulo izquierdo con la misma forma irregular que veinte años atrás.
El traje era mejor, la espalda parecía más ancha y la inmovilidad se había vuelto todavía más inquietante.
En otro hombre, aquel silencio habría podido confundirse con educación.
Francisco llevaba demasiado tiempo conociéndolo.
—¿Y las cajas? —preguntó Álex.
—Te esperan en la granja. Esta noche terminaremos de decidir qué se destruye y qué puedes conservar. Mañana irán dos camiones para retirar el resto.
—No habrá camiones.
Francisco dejó la pluma sobre la mesa.
—Ya hemos hablado de eso.
—Tú has hablado. Yo te he escuchado.
—Pues prueba a comprenderlo. El grupo comprador revisará cada planta, cada almacén y cada asiento contable.
No pienso permitir que encuentre una derivación, una pulsera o una anotación hecha por alguna monja imbécil hace treinta años.
He extraído todo lo que no encaja con la actividad legal.
Lo antiguo está en San Agustín y mañana desaparecerá.
Álex se volvió hacia él.
—Ese archivo no te pertenece.
Francisco soltó una risa breve.
—Lleva mi nombre en cada membrete.
—Por eso crees que es tuyo.
El médico recogió las hojas, las alineó golpeando dos veces el borde contra el escritorio y las introdujo en una carpeta.
Había imaginado aquella conversación durante meses.
En todas sus versiones, Álex terminaba aceptando que el tiempo de ambos había concluido.
No por gratitud ni por obediencia, sino porque la operación le entregaba cuanto necesitaba para continuar por su cuenta.
La finca ya era suya. También los contactos que Francisco no había conseguido cortar, las rutas que había aprendido a utilizar y una parte del dinero acumulado fuera de la contabilidad de la clínica.
—Escúchame con atención —dijo—. No estoy pidiéndote permiso.
Tengo edad suficiente para retirarme y dinero suficiente para no volver a trabajar.
Dentro de una semana estaré fuera de España.
Si decides continuar, será asunto tuyo. Pero no utilizarás mi nombre, mis médicos ni una sola sociedad relacionada conmigo.
—Tu nombre lleva años sin ser necesario.
La respuesta le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No.
Álex se apartó del ventanal y caminó hasta el mueble bar. Abrió las puertas inferiores, examinó las botellas y escogió un whisky que Francisco reservaba para las visitas importantes.
—Ese no —advirtió el médico.
Álex rompió el precinto.
—Ya no tendrás que guardarlo para nadie.
Sirvió dos copas sin preguntar y dejó una frente a Francisco.
El médico no la tocó. Observó cómo el otro bebía un trago y comprendió que no estaban celebrando la venta, la separación ni ninguna clase de acuerdo.
Durante veinte años había visto a Álex convertir cada conversación en una lucha cuyo final solo él conocía.
A veces ganaba dinero. Otras conseguía miedo, obediencia o silencio.
Nunca se conformaba con marcharse llevándose lo ofrecido.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Que vengas esta noche a la granja.
—Eso ya estaba previsto.
—Quiero que abras tú las cajas, me expliques los códigos y señales cualquier documento que exista por duplicado. Después podrás irte donde te dé la gana.
—Eso pensaba hacer.
—Entonces termina el whisky.
Francisco acercó la copa, aunque no bebió.
Había aprendido que contradecirlo por cuestiones pequeñas solo servía para alimentar su necesidad de imponerse.
Dejó que el cristal permaneciese junto a su mano y contempló el despacho que había mandado construir cuando todavía creía que el tamaño de una habitación podía convertirlo en el hombre que fingía ser.
—Hay algo que debes saber antes de que salgamos —dijo.
Álex esperó.
—He dejado instrucciones. Si muero de manera inesperada o desaparezco, un abogado entregará determinada documentación a la policía.
—¿Qué documentación?
—La suficiente para que dejen de buscarme a mí y empiecen a buscarte a ti.
Álex sonrió. No parecía divertido.
—Sigues creyendo que puedes asustarme con papeles.
—No necesito asustarte. Solo impedir que hagas una estupidez. La carpeta contiene tu nombre, fotografías, matrículas, pagos y una explicación de lo ocurrido con Carlos. También se demuestra que Antonio Sepúlveda y tú sois el mismo hombre.
Por primera vez desde que había entrado, Álex dejó de mirar a Francisco como si ya conociese cuanto iba a decir. La pausa fue mínima, pero el médico la reconoció y disfrutó de ella.
—No lo sabe nadie más —continuó—. El sobre permanece sellado y mi abogado ignora el contenido. Si dentro de cuarenta y ocho horas no recibe una llamada mía, lo entregará.
—¿Y después lo felicitarán por haber protegido a un asesino durante veinte años?
—Después hará lo que le pagan por hacer.
—¿Dónde está?
—No seas ridículo.
Álex apuró el whisky y dejó la copa sobre el mueble.
—Tú no has preparado ningún sobre.
—Compruébalo.
El médico sostuvo su mirada. Aquella era la parte del plan que más seguridad le proporcionaba porque también era la única completamente falsa.
No había confiado a ningún abogado una confesión capaz de destruir su reputación, entregar su fortuna a las familias perjudicadas y convertir su apellido en el nombre de una trama criminal.
Había preparado, eso sí, una carpeta con material suficiente para convencer a Álex de que podía existir otra más completa.
La guardaba en la caja fuerte del despacho.
Si su antiguo socio exigía verla, le mostraría una parte y permitiría que imaginase el resto.
Álex no exigió nada.
—A las nueve —dijo—. En la granja.
Se marchó sin despedirse. Francisco esperó a que la puerta del ascensor se cerrase antes de abrir el cajón y comprobar que la pequeña pistola continuaba dentro.
Nunca la había disparado. La compró después de la muerte de Carlos y durante años le bastó con saber que estaba allí.
Aquella tarde la introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta.
Después llamó a su abogado.
—Ya está todo firmado —anunció—. Puede iniciar la disolución en cuanto se inscriba la venta.
—Tardará unos meses, Francisco. Primero debemos cerrar las cuentas y publicar los acuerdos.
—Haga cuanto sea necesario. Quiero que Agropecuaria Guadalix deje de existir.
—¿Mantiene el viaje del miércoles?
—Por supuesto. Y no olvide mi llamada de mañana.
El abogado no comprendió la última frase.
—¿Qué llamada?
Francisco colgó antes de responder. Si Álex consultaba después, aquel hombre recordaría una referencia extraña, una conversación interrumpida y la urgencia de su cliente. No demostraría nada, pero quizá bastase para que alguien formulara una pregunta.
Se sirvió otro whisky antes de abandonar el despacho.
* * *
La verja de Agropecuaria Guadalix se abrió con un gemido metálico poco después de las nueve y media.
Francisco detuvo el Mercedes-Benz frente a la entrada principal y dejó encendidos los faros.
La fachada emergió de la oscuridad con las ventanas superiores cubiertas de polvo y varios desconchones extendidos alrededor de los marcos.
Durante años había imaginado aquel edificio convertido en un gran hospital privado.
La recalificación, los permisos y el dinero invertido debían haber transformado la finca en la obra más importante de su carrera.
En cambio, continuaba pareciéndose al lugar que Álex había necesitado: apartado, silencioso y lo bastante grande para ocultar vidas enteras.
El coche de su antiguo socio no estaba a la vista.