Capítulo 38 #2
Carla miró el cuadro de transferencias. José Andrés había marcado siete pagos emitidos por una sociedad controlada por Raúl y facturados como asesoría documental.
El dinero atravesaba dos empresas sin empleados y terminaba en un beneficiario que no había conseguido identificar.
Junto a una de las líneas había escrito: «No vende información. Vende acceso a quien la tiene».
—José Andrés murió una semana después de entregar esto — dijo Carla.
—Lo sé.
—La cámara tendría que haber grabado también su asesinato.
—Quien lo esperó en el garaje cortó la alimentación antes de que José Andrés llegase. La policía encontró el cable suelto y pensó que el sistema llevaba días averiado. Este archivo sobrevivió porque la alerta del día veintinueve había enviado una copia automática a un servidor externo.
—Entonces el asesino sabía dónde estaba la cámara y cómo evitarla.
—Y sabía que José Andrés había visto ese vídeo.
—La policía cree que el móvil fue personal porque su exmujer ejercía la prostitución y él había contratado a Edu para perjudicarla.
—Esa explicación le convenía a demasiada gente.
El teléfono de Carla vibró sobre la mesa. Edu estaba llamando. Lo observó hasta que la pantalla se apagó. Unos segundos después volvió a llamar y ella tampoco respondió.
—¿No piensa contestar? —preguntó Alicia.
Carla miró el rostro de Raúl congelado en el vídeo.
—Todavía no sé quién lo hará si descuelgo.
Antes de marcharse hizo dos copias de los archivos. Entregó una a Alicia y le exigió que la enviase de inmediato al policía responsable de la desaparición de Toni, junto con una declaración detallada sobre cuándo y cómo había recibido el sobre. La otra quedó dentro de la carpeta de Carla.
En el ascensor escuchó el mensaje de Edu.
«Me han reconocido. El niño se llamaba Eduardo Raúl Gálvez y creció en esta casa. Ellos creen que soy su hijo. Yo también empiezo a creerlo. Pero hay algo más: conocían el nombre de Gabriel desde que yo era pequeño. Llámame en cuanto escuches esto».
Carla reprodujo el mensaje una segunda vez. Después contempló la imagen detenida de Raúl frente a Álex.
Edu buscaba a Gabriel.
Álex ya había encontrado al hombre que llevaba su cara.
* * *
La caja de seguridad se encontraba en una sucursal situada a menos de diez minutos de la editorial.
Toni había autorizado a Alicia años antes y le había entregado la llave con la orden de no utilizarla salvo que él faltase durante más de siete días.
Carla la acompañó y esperó en una sala privada mientras la secretaria abría el compartimento.
Dentro había un cuaderno, un sobre con fotografías y varios documentos obtenidos en los archivos del propio periódico.
Toni llevaba años investigando sus ausencias sin atreverse a reconocerlo.
Había anotado matrículas que aparecían en sus garajes, facturas de hoteles en los que no recordaba haberse alojado y recorridos que su coche había realizado mientras él creía estar en casa.
En varias páginas se repetían tres lugares: la clínica De Palacios, una finca de Leciñana y el puerto de Santander.
La última anotación sobre el puerto contenía el nombre de un antiguo vigilante jurado: Julián Ceballos.
Toni había utilizado el archivo laboral de una empresa de seguridad desaparecida para identificar a los hombres que estuvieron de servicio durante la noche del 28 al 29 de agosto de 1983.
Junto al nombre había escrito una dirección y una pregunta.
«¿Qué vio arrojar al agua?».
Carla salió de Madrid a media tarde. Condujo durante casi cinco horas, deteniéndose solo para tomar café y enviar a Bea una copia cifrada de los dos vídeos con la instrucción de no abrirla salvo que no regresase al día siguiente.
Llegó a Santander de noche y durmió poco en un hotel cercano al puerto.
A las nueve de la mañana llamó al timbre de una vivienda baja situada en las afueras de la ciudad.
Julián Ceballos tardó en abrir. Tenía más de setenta años, caminaba apoyándose en un bastón de aluminio y conservaba la corpulencia del hombre que aparecía en una fotografía antigua pegada al cuaderno de Toni.
—Soy investigadora privada —se presentó Carla después de mostrarle la acreditación—. Necesito preguntarle por una noche de agosto de 1983 en el puerto.
El anciano intentó cerrar la puerta.
—No sé nada de eso.
—Un hombre arrojó una bolsa al agua y le dijo que dentro iba el cachorro de su hija.
Ceballos dejó de empujar la puerta.
—Era un gato —corrigió—. Dijo que tenía la enfermedad de los gatos.
Carla guardó la acreditación.
—Necesito que me cuente lo que recuerda antes de que yo le enseñe ninguna fotografía.
El antiguo vigilante la hizo pasar a una cocina pequeña. No le ofreció café ni preguntó cómo había encontrado su nombre. Se sentó frente a ella y mantuvo las manos sobre el bastón.
—Llovía con mucha fuerza —comenzó—. Lo vi regresar desde el extremo de la bocana sin llevar nada en las manos.
Cuando le pregunté qué había tirado, dijo que era el cachorrillo de su hija.
Después habló de un virus fatal y de que no quería dejarlo en un contenedor.
Me pareció un padre apenado y lo dejé marchar.
—¿Le vio la cara?
—Le apunté con la linterna. Era un hombre elegante, de unos treinta años. Llevaba paraguas y tenía una mancha roja aquí — respondió, tocándose el pómulo izquierdo—. Como vino, pensé que sería de nacimiento.
—¿Por qué lo recuerda después de cuarenta años?
Ceballos apretó las manos alrededor del bastón.
—Dos días más tarde apareció aquel niño en la playa de Arrigunaga. Sin ojos. Leí que el cuerpo podía haber viajado por el mar y pensé en la bolsa. No dije nada.
—¿Por qué?
—Porque tendría que haber explicado que vi a un hombre arrojarla y lo dejé ir. También me repetí que Santander estaba demasiado lejos, que aquello era un gato y que la bolsa se habría hundido. Uno se cuenta lo que necesita para dormir.
Carla abrió la carpeta y colocó sobre la mesa seis fotografías de hombres de edad parecida. Entre ellas estaban Toni y Álex. Ceballos tardó menos de diez segundos en señalar la imagen de la mancha.
—Ese es.
—¿Está seguro?
—Estoy seguro de la cara y de la marca. De lo demás no puedo jurarle nada después de tantos años.
La prudencia de la respuesta dio a Carla más confianza que una certeza absoluta.
Le pidió permiso para grabar una declaración y Ceballos aceptó.
Repitió la noche completa sin añadir nada nuevo y reconoció que jamás escuchó qué dijo el hombre antes de que él se acercase.
Solo podía afirmar lo que vio y la explicación que recibió.
Cuando terminó, Carla le mostró una imagen actual de Toni Sepúlveda sin pigmento.
—Es el mismo hombre —dijo Ceballos—. Pero este no lleva la mancha.
—Nunca la llevó. Se la pintaba.
El anciano se quedó mirando la fotografía.
—Entonces dejé marchar a un asesino.
—Dejó marchar a un hombre que le contó una mentira creíble. El asesino llevaba cuarenta años aprovechándose de eso.
Carla regresó al centro de Santander y se sentó en una cafetería desde la que podía ver su coche.
Extendió sobre la mesa los documentos de la caja de seguridad y revisó de nuevo las transferencias de José Andrés.
Una referencia se repetía al lado de tres pagos: AG-14.
Toni había relacionado aquellas letras con Agropecuaria Guadalix, una sociedad que había pertenecido a Francisco De Palacios y que fue disuelta después de su muerte.
Entre las propiedades de la empresa figuraba una explotación rural en San Agustín de Guadalix.
La granja.
No había una dirección completa, solo el municipio, un número antiguo de parcela y la indicación de un acceso desde la carretera de Burgos. Carla fotografió las hojas y guardó todo dentro de la carpeta. Cuando salió de la cafetería, recorrió la calle con la mirada antes de acercarse al vehículo.
Había una manzana sobre el parabrisas.
La fruta conservaba un único mordisco y estaba sujeta bajo el limpiaparabrisas con una hoja doblada. Carla no la tocó. Fotografió el conjunto desde varios ángulos y utilizó una bolsa de papel de la cafetería para retirar la manzana. Después abrió la nota.
«San Agustín de Guadalix. Camino de la Dehesa, parcela 14».
Debajo de la dirección alguien había dibujado una llave antigua.
Carla miró los edificios, las ventanas y los coches estacionados. No vio a nadie observándola. Aun así, quien había dejado aquello sabía dónde se encontraba, qué estaba buscando y que una de las dos llaves guardadas en el despacho de Edu no abría un bastón.
Toni Sepúlveda continuaba desaparecido dentro de un hombre llamado Álex.
Y la persona que acababa de localizar a Carla quería conducirla hasta la granja.