Capítulo 38
El desaparecido
Carla esperó a que el Audi de Edu desapareciese al final de la calle antes de cerrar la aplicación de localización.
El punto azul continuó avanzando en dirección a Chamartín, camino de la casa de Jaime Gálvez y Maider.
No le gustaba que hubiese ido solo, pero le gustaba todavía menos la posibilidad de que aquellos dos ancianos preparasen una respuesta después de ver entrar a dos investigadores por la puerta.
Regresó al despacho y colocó sobre la mesa las cuatro fotografías que había impreso.
En las dos primeras aparecían Edu y Raúl Gálvez.
La misma cara, la misma cicatriz junto al pulgar y la misma forma de sujetar una taza.
Las otras dos procedían del archivo de Marco Mancini: Toni Sepúlveda entraba en la clínica De Palacios sin ninguna señal en el rostro y, cincuenta minutos después, un hombre idéntico salía del aparcamiento con una gran mancha roja en el pómulo izquierdo.
Hasta aquella mañana, Carla había contemplado ambos misterios por separado.
Edu podía tener un hermano gemelo del que no supiera nada.
Toni también. La posibilidad era extraordinaria, pero la novela que estaban investigando llevaba demasiadas páginas escrita por gente a la que le encantaban las coincidencias extraordinarias.
Lo que no podía aceptar era que la misma explicación improbable sirviese dos veces.
Abrió el informe de la entrevista que Edu había mantenido con Toni.
Sepúlveda reconocía ausencias, recuerdos confusos y un viaje cuyo destino no podía precisar.
También había descrito su despacho en penumbra y una fotofobia progresiva que le impedía soportar la luz.
Marco, en cambio, había fotografiado al otro hombre a pleno día.
Si Álex era un hermano, compartía el coche, la ropa, los horarios y los lugares de Toni.
Si no lo era, la mancha no podía ser lo que parecía.
Carla guardó las fotografías en una carpeta, cogió la acreditación profesional y llamó a la Corporación Sepúlveda. La mujer que respondió se identificó como Alicia Torres.
—Necesito hablar con el señor Toni Sepúlveda —dijo Carla.
Al otro lado se produjo un silencio parecido al que había escuchado días antes cuando la secretaria de José Andrés Gálvez les comunicó su muerte.
—El señor Sepúlveda no se encuentra disponible.
—¿Cuándo lo estará?
—No puedo facilitarle esa información.
—Trabajo con Eduardo Marín. Estuvo reunido con él hace unos días por la desaparición de Marta Del Pozo.
La respiración de la mujer cambió.
—¿Ha dicho Eduardo Marín?
—Sí.
—Venga a las oficinas. Pregunte por mí y no explique el motivo en recepción.
La comunicación se cortó antes de que Carla pudiera solicitar una hora.
Llegó cuarenta minutos después. La sede del grupo ocupaba varias plantas de un edificio acristalado en el que todo parecía diseñado para que nadie permaneciese quieto.
Empleados, mensajeros y visitantes cruzaban el vestíbulo mientras las pantallas mostraban noticias de los distintos medios de la corporación. En ninguna aparecía Toni Sepúlveda.
Alicia la esperaba junto a los tornos. Era una mujer de poco más de sesenta años, con el cabello corto, un traje oscuro y el aspecto agotado de quien llevaba varios días respondiendo preguntas sin poder decir la verdad.
Comprobó la acreditación de Carla y la condujo hasta un despacho pequeño, alejado de la planta presidencial.
—¿Dónde está Eduardo? —preguntó en cuanto cerró la puerta.
—Trabajando en otra parte del caso.
—¿Sigue haciéndose pasar por policía para conseguir entrevistas?
Carla la miró sorprendida.
—¿Se lo contó?
—El señor Sepúlveda supo que no existía ningún subinspector Martos antes de recibirlo. Aun así, lo dejó entrar.
—Eso suena a Edu.
La secretaria no sonrió.
—El señor Sepúlveda desapareció el cuatro de septiembre.
Carla dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Desapareció cómo?
—Sin coger el coche de empresa, sin avisar al conductor y sin llevarse el teléfono habitual. Canceló las reuniones de la mañana, salió por el garaje y no volvió. A las diez de la noche presenté la denuncia.
—¿Por qué no se ha publicado?
—El consejo sostiene que se encuentra de baja por motivos personales.
Dicen que hacerlo público hundiría el valor de varias empresas y provocaría una guerra por el control del grupo.
La policía tampoco vio indicios de que alguien lo hubiese obligado a marcharse.
Es un adulto con dinero, propiedades y suficientes medios para desaparecer si lo desea.
—¿Y usted cree que no lo deseaba?
—Creo que llevaba semanas aterrorizado.
Alicia abrió un cajón y sacó un sobre acolchado que había sido cerrado con cinta adhesiva. En el frente, escrito a mano, figuraba el nombre de Eduardo Marín Alcázar.
—Me lo entregó el mismo día que desapareció —explicó—.
Dijo que solo debía abrirlo si alguien venía preguntando por la mancha de su cara.
La policía tiene una grabación más breve en la que afirma que teme perder la memoria y hacerse daño.
Consideraron que atravesaba una crisis y que podía haberse apartado voluntariamente. Esto no se lo enseñé.
—Ha ocultado pruebas en una desaparición.
—He protegido algo que mi jefe me confió después de cuarenta años trabajando con él. Puede juzgarme cuando lo haya visto.
Carla extrajo las fotografías de Toni y Álex y las puso sobre la mesa. Alicia observó primero la imagen sin mancha y después la otra. No pareció sorprendida.
—Entonces ha llegado hasta aquí por el motivo correcto —dijo.
Cortó la cinta del sobre. Dentro había una memoria USB, una llave pequeña de caja de seguridad y tres hojas dobladas.
La primera contenía una relación de fechas, lugares y kilómetros.
La segunda era un cuadro de transferencias entre varias sociedades.
La tercera solo tenía una frase escrita en el centro.
«Si desaparezco sin avisar, no crea ninguna carta firmada por mí».
Alicia introdujo la memoria en un ordenador que no estaba conectado a la red. Aparecieron dos archivos de vídeo y una carpeta protegida. El primero había sido grabado a las siete y doce de la mañana del 4 de septiembre.
Toni Sepúlveda ocupaba el centro de la imagen. Estaba sentado en el mismo despacho rojizo en el que había recibido a Edu, aunque una lámpara blanca iluminaba su cara. No tenía ninguna mancha.
—Me llamo Antonio Sepúlveda —comenzó—. Grabo esto porque hace casi cuarenta años que pierdo horas, a veces días, y siempre he encontrado una explicación que me permitiera seguir adelante. Medicación, alcohol, estrés, dolor. Ya no me sirve ninguna.
Se llevó una mano a la frente y permaneció en silencio durante varios segundos.
—He recordado lugares en los que nunca estuve y cosas que no hice.
Un bebé, un puerto, un hombre uniformado preguntando qué había arrojado al agua.
Durante años creí que eran sueños. Hace unos días vi una grabación en la que mi cuerpo hacía algo que yo no recuerdo.
No era un sueño. No es mi hermano, porque no tengo ninguno.
Tampoco es una mancha de nacimiento. Es pintura.
Toni acercó a la cámara un pequeño estuche metálico. En su interior quedaban restos de un pigmento rojo oscuro y una diminuta esponja endurecida.
—Lo encontré dentro de un compartimento de mi coche que no sabía que existía.
También había documentos a nombre de Álex.
No sé si ese es su nombre, pero otra persona lo llamó así mientras utilizaba mi cara.
Desde entonces escucho pensamientos que llegan terminados, como si alguien llevase años hablando detrás de una puerta y hubiera aprendido a abrirla. Creo que sabe que estoy grabando esto.
Miró hacia la derecha, a un punto fuera de la imagen.
—Si dejo de acudir al periódico, no den por hecho que me he marchado.
Puede que siga aquí y no sea capaz de volver.
Alicia, entregue esta copia a Eduardo Marín si regresa con las fotografías.
Él está investigando lo mismo que yo no supe detener.
No confíen en mi voz si la persona que habla conoce esta grabación.
Toni se inclinó hacia la cámara para apagarla. Antes de que la imagen se volviera negra, su mano quedó inmóvil en el aire y la expresión de miedo desapareció de su rostro. Durante un segundo miró directamente al objetivo con una tranquilidad que no había mostrado en toda la grabación.
Después sonrió.
El archivo terminó.
—Fue la última vez que lo vi —dijo Alicia—. Cuando salí del despacho ya no estaba.
Carla abrió el segundo vídeo. La fecha impresa en la esquina inferior correspondía a la noche del 29 de agosto.
Una cámara fija mostraba el garaje de la vivienda de José Andrés Gálvez.
La imagen carecía de sonido y tenía poco color, pero permitía reconocer a los dos hombres que conversaban junto a una columna.
Uno era Raúl Gálvez.
El otro, Toni Sepúlveda.
Carla adelantó la grabación hasta el momento señalado en una de las hojas.
Toni apoyó la espalda contra la columna, bajó la cabeza y permaneció inmóvil.
Raúl siguió hablando durante unos segundos antes de callarse.
Entonces Toni se incorporó. La postura había cambiado.
Separó los pies, elevó la barbilla y se quitó la corbata con un tirón impaciente.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta el estuche metálico, humedeció la esponja y extendió el pigmento sobre el pómulo izquierdo utilizando la pantalla del teléfono como espejo.
No hubo corte, salida del encuadre ni tiempo para que un hermano sustituyese a otro.
Cuando terminó, Raúl dio un paso atrás. Toni se acercó a él, le sujetó la nuca y dijo algo que la cámara no podía registrar. Después ambos abandonaron el garaje.
La mancha de Álex no aparecía.
Se la pintaba.
—José Andrés descubrió el vídeo al revisar una alerta de movimiento —explicó Alicia—. Conocía a Raúl porque eran primos y compartían negocios. Se lo enseñó al señor Sepúlveda al día siguiente. Él no recordaba haber estado allí.