Errores del destino Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Volvía somnoliento, con marcas en las muñecas y horas que no podía explicar.

Le hacían repetir versiones incompatibles de lo que acababa de ver y, a veces, respondía a nombres que nosotros no habíamos utilizado.

Cuando protestamos, De Palacios nos recordó que las revisiones formaban parte del acuerdo y que, si dejábamos el seguimiento, podía informar de que incumplíamos las condiciones de la entrega.

No dijo que fueran a quitárnoslo. Consiguió que lo entendiéramos.

—¿Cuánto duró? —pregunté.

—Las sesiones mensuales terminaron cuando cumplió seis años. Después hubo revisiones aisladas. Para entonces, las pesadillas, las lagunas y los cambios de nombre ya no desaparecieron.

—Maider no estuvo embarazada.

—Nosotros creíamos que eras genéticamente nuestro —replicó él—. Eso fue lo que nos vendieron.

Maider se levantó de golpe.

—No nos vendieron un hijo.

—Nos mintieron —dijo Jaime con calma—. No es lo mismo.

La mujer abandonó el salón. Escuché el ruido de tazas en la cocina y el agua de un grifo abierto con demasiada fuerza.

—¿Cuándo lo descubrieron? —pregunté.

—Nunca llegamos a descubrirlo del todo. Años después pedimos tu expediente completo por una consulta médica.

En la clínica aparecía el parto y el seguimiento, pero no existía ningún informe del laboratorio que hubiese creado el embrión ni una sola prueba genética.

De Palacios dijo que se habían extraviado durante un traslado del archivo.

Cuando insistimos, nos recordó que otra mujer te había dado a luz y que remover aquello podía provocar que un juez cuestionase la filiación.

—Los amenazó con quitarles al niño.

—No necesitó decirlo de esa manera. Lo comprendimos.

—Y dejaron de preguntar.

Jaime sostuvo mi mirada.

—Sí.

No trató de justificarse. Quizá por eso resultó más fácil comprenderlo. Habían sospechado que la historia del embrión no era cierta y eligieron conservar a su hijo antes que averiguar de dónde procedía. Aquella decisión podía ser cobarde, egoísta y, al mismo tiempo, la de dos padres aterrados.

Maider regresó con una bandeja. Había preparado tres cafés y colocado cucharillas junto a las tazas. Jaime alineó la suya con el borde de la mesa. Sin darme cuenta, corregí la posición de las otras dos para que quedasen a la misma distancia.

Los tres nos fijamos en mis manos.

—Siempre hacías eso —dijo Maider.

—Lo aprendió de mí —añadió Jaime.

Retiré las manos y tomé la taza. Mientras vertía azúcar, Maider empezó a tararear una melodía muy baja. Continué las últimas notas antes de ser consciente de que conocía la canción.

Ella dejó de cantar.

—Te la cantaba cuando estabas enfermo.

—No la recuerdo.

—Acabas de hacerlo.

La caja de música continuaba sobre la cómoda. Me levanté y la cogí. La madera estaba más oscura que en la fotografía, pero la bailarina seguía pintada en la tapa. Busqué la pequeña llave de latón en la parte posterior y la giré tres veces.

—No le des otra vuelta —advirtió Maider.

—Se atasca.

La tapa se abrió y las primeras notas de Para Elisa sonaron demasiado deprisa antes de encontrar el ritmo. Durante un instante no vi el salón actual, sino unas manos pequeñas forzando la llave y a Maider arrodillada a mi lado. El recuerdo desapareció en cuanto intenté mirar más allá.

—La rompiste cuando tenías ocho años —dijo—. Jaime consiguió arreglarla, pero desde entonces no admite más de tres vueltas.

Devolví la caja a la cómoda. Ya no podía seguir sosteniendo que todo fuese una coincidencia. Aquel cuerpo había crecido en esa casa, había aprendido los gestos de Jaime y conocía la voz de Maider. Sin embargo, yo no recordaba ser el niño de las fotografías.

—¿Cuándo me vieron por última vez?

—A finales de agosto —respondió Jaime—. Comiste aquí. Hablamos de la ampliación de una empresa y te marchaste antes del café.

—Yo no he estado aquí.

—Raúl sí —dijo Maider.

La miré.

—¿Por qué lo diferencia?

—Porque tú también lo hacías.

Fue hasta un armario bajo y extrajo varios álbumes. Colocó el primero sobre la mesa y pasó las páginas con rapidez. Había cumpleaños, vacaciones, actos escolares y comidas familiares. En algunas fotografías sonreía. En otras contemplaba la cámara con una seriedad impropia de un niño.

—De pequeño decías que Raúl era el nombre de los días en que tenías que ser mayor —explicó—. Luego dejaste de hablar de eso y empezaste a presentarte así fuera de casa. Pensamos que era una forma de separar al niño del hombre en quien te habías convertido.

Se detuvo en una fotografía de mi adolescencia. Estaba sentado en el brazo del sofá, con los hombros rígidos y la mirada fija en un punto situado fuera del encuadre. Maider intentó pasar la página, pero la imagen se desprendió de las esquinas que la sujetaban y cayó boca abajo sobre la mesa.

En el reverso había una fecha y cuatro palabras escritas con tinta azul.

«Hoy ha vuelto Gabriel».

Maider arrancó la fotografía de mis manos.

—¿Quién era Gabriel? —pregunté.

—Nadie.

—El hombre que me envió el archivo se llama así.

La bandeja vibró cuando Jaime apoyó la taza.

—¿Qué archivo? —preguntó.

Les mostré la copia de la ficha, las fotografías de 1983 y el código de seguimiento. Maider apenas miró los documentos. Continuaba sujetando la imagen contra el pecho.

—¿Quién era? —repetí.

—Un nombre que empezaste a mencionar después de algunas consultas —respondió Jaime—. A veces decías que era un amigo. Otras, que te hacía daño. De Palacios aseguró que era imaginario y nos prohibió darle importancia.

—¿Podía ser otro niño de la clínica?

—Nunca lo vimos.

—¿Un hermano?

—No lo sabemos.

Maider negó con la cabeza.

—Gabriel te hacía cambiar. Después no recordabas nada. Cada vez que aparecía ese nombre, tardábamos días en recuperarte.

—¿Por eso escribió la frase en la fotografía?

—Empecé a anotar las fechas porque el médico decía que exageraba. Quería demostrarle que no eran cosas de una madre nerviosa.

—Déjeme verla.

—No.

—Maider.

—¡He dicho que no!

Su grito nos dejó inmóviles. Apretó la fotografía hasta doblarla y, de inmediato, trató de alisar la esquina con los dedos.

—Ayer cumpliste cuarenta años —dijo con la voz rota—. Has vuelto a esta casa llamándote Edu, igual que cuando eras pequeño, y ahora traes otra vez ese nombre. No pienso perderte de nuevo por culpa de Gabriel.

No supe qué significaba perderme de nuevo. Podía referirse a mis ausencias, a Raúl o a un episodio que ninguno estaba dispuesto a contarme. Guardé las copias dentro de la carpeta y recuperé el documento de identidad.

—Necesito averiguar quién es.

—Quédate y lo averiguaremos juntos —pidió Maider.

—No puedo.

—Esta es tu casa.

Miré las fotografías. Todas afirmaban que tenía razón.

Yo era quien aparecía en ellas, aunque no recordase una sola de aquellas celebraciones.

La mujer que me había abrazado conocía mis canciones y el hombre sentado frente a mí había dejado sus gestos en mis manos.

Eran mis padres y también dos desconocidos.

—Volveré —prometí.

Maider se acercó y me acarició la cara. Esta vez no dudé antes de abrazarla.

—Llámame cuando llegues —pidió.

—Lo haré, mamá.

La palabra salió sin que la eligiera. Maider cerró los ojos y me apretó con más fuerza.

Cuando regresé al coche, llamé a Carla. No respondió. Probé una segunda vez y saltó el buzón de voz.

—Me han reconocido —dije después de la señal—. El niño se llamaba Eduardo Raúl Gálvez y creció en esta casa. Ellos creen que soy su hijo. Yo también empiezo a creerlo. Pero hay algo más: conocían el nombre de Gabriel desde que yo era pequeño. Llámame en cuanto escuches esto.

Finalicé la llamada y permanecí con las manos sobre el volante.

Había acudido buscando una respuesta sobre mi nacimiento y salía con dos padres, dos apellidos, tres nombres y ninguna certeza sobre cuál de ellos me pertenecía.

* * *

El joven esperó a que terminase de hablar antes de consultar sus notas.

—Ha llamado «mamá» a una mujer a la que asegura no recordar.

—Ella llevaba cuarenta años recordándome a mí. En aquel momento me pareció suficiente.

—¿No pensó que las fotografías, el libro de familia y los objetos podían haber sido preparados para convencerlo?

—¿También habían hundido un peldaño, roto una caja de música y enseñado a mis manos a ordenar cucharillas?

—Los recuerdos pueden construirse después de conocer un dato.

—Yo conocía la casa antes de cruzar la verja.

El joven anotó algo.

—¿Qué creyó que significaba la frase sobre Gabriel?

—Que podía haber sido otro niño de la clínica, un hermano o alguien que me había hecho daño durante aquellas revisiones. Cualquier explicación en la que fuese una persona distinta de mí.

—¿Y sus padres?

—Tenían miedo de él.

—Vuelve a llamarlos sus padres.

Miré hacia el cristal. Mi reflejo se superponía al suyo y, durante un instante, no supe cuál de los dos parecía más incómodo.

—Aquel día creí haber encontrado a mis padres. El problema era que ellos no parecían haber encontrado siempre al mismo hijo.