Capítulo 37
Padres de un desconocido
—Buenos días —saludé—. Me alegra comprobar que el concepto de propiedad privada sigue sin afectarte.
Carla no respondió a la broma. Señaló mi teléfono.
—¿Por qué lo apagaste?
Lo saqué del bolsillo. Estaba encendido y tenía algo menos de la mitad de batería.
—No lo he apagado.
—A las ocho y cuarto te llamé. Contestaste y después lo apagaste.
Consulté el registro. Su número aparecía en una llamada recibida de veintisiete segundos. No recordaba haber escuchado el teléfono, mucho menos haber hablado con ella.
—Estaría dormido.
—No lo parecías.
—Nunca parezco dormido cuando hablo dormido. Es una de mis mejores cualidades.
—Me dijiste que no volviera a seguirlo.
La frase eliminó las pocas ganas que me quedaban de continuar bromeando.
—¿A quién?
—Eso mismo te pregunté. Colgaste sin responder.
Volví a mirar la duración de la llamada, como si los veintisiete segundos pudieran explicarme qué había hecho durante ellos. No había ningún mensaje, ninguna búsqueda abierta ni otra comunicación posterior.
—Yo no he dicho eso.
—Tu voz sí.
—Carla…
—No voy a discutir contigo sobre lo que escuché —me interrumpió—. Ayer me preguntaste si seguía confiando en ti. Confío en que no recuerdas lo que ocurre durante algunas de esas ausencias. Lo demás tendremos que demostrarlo.
Se levantó de mi silla y me entregó el papel doblado. Contenía una dirección de una zona residencial de Chamartín y los dos nombres de la ficha: Jaime Gálvez y Maider.
—La vivienda de las fotografías sigue a nombre de Jaime — explicó—. La compraron antes de casarse y no consta ninguna transmisión posterior. El teléfono fijo también continúa asociado a la misma dirección.
—¿Has llamado?
—No. Si esa gente recibió un niño de De Palacios, no voy a advertirles antes de que lleguemos.
—Llegue —corregí.
Carla cruzó los brazos.
—Ni hablar.
—Si abren la puerta y aseguran que soy su hijo, quiero ver cómo reaccionan antes de que tú conviertas el salón en una sala de interrogatorios.
—Sé hablar con la gente.
—Claro. Por eso Bea avisa a los clientes nuevos de que no deben mirarte directamente a los ojos.
—Iré contigo y esperaré en el coche.
—No.
No me apetecía reconocerlo, pero también había otra razón. Si Jaime y Maider no sabían quién era yo, prefería descubrirlo sin testigos. Y, si me reconocían, no quería que Carla estuviese allí observando cada gesto y comparándolo con una fotografía que se había negado a enseñarme.
—Comparte la ubicación del teléfono y no vuelvas a apagarlo —exigió.
—¿Algo más, mamá?
Su expresión cambió al escuchar la última palabra.
—Si notas que te falta tiempo, me llamas.
—Si me falta tiempo, probablemente no estaré para notarlo.
—No tiene ninguna gracia.
—Ya lo sé.
Guardé la dirección y las copias dentro de una carpeta. Cuando fui a recoger la chaqueta de la noche anterior, Carla la apartó de mi alcance.
—Esa se queda aquí.
—¿Piensas denunciarme por robar mi propia ropa?
—Pienso conservar el polvo y la fibra hasta saber de dónde salieron.
Tomé otra del armario y abandoné el despacho antes de que encontrase un nuevo motivo para detenerme.
La casa estaba situada al final de una calle tranquila, detrás de una verja negra y un jardín demasiado cuidado para pertenecer a alguien con afición por las plantas.
No era especialmente grande comparada con otras viviendas de la zona, pero conservaba esa apariencia sólida de las construcciones levantadas cuando todavía se esperaba que una familia viviese en ellas durante varias generaciones.
Detuve el coche frente a la entrada y contemplé durante unos segundos la fachada.
La había visto en dos fotografías del archivo de Marco, aunque ninguna mostraba la parte exterior.
Aun así, sabía que el sendero de piedra se bifurcaba detrás del seto y que el ramal de la derecha conducía a una puerta lateral.
También sabía que uno de los tres peldaños del porche estaba ligeramente hundido.
No tenía forma de saberlo.
Comprobé que Carla podía ver mi ubicación, guardé el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta y crucé la verja. El sendero se bifurcaba donde yo esperaba. El segundo peldaño cedió unos milímetros bajo mi pie izquierdo.
Estuve a punto de dar media vuelta.
Llamé al timbre antes de poder hacerlo. Escuché unos pasos rápidos, el sonido de una llave y una voz de mujer al otro lado.
—Ya voy.
La puerta se abrió.
Maider tenía el cabello completamente blanco, recogido detrás de la cabeza, y unos ojos claros que me resultaron conocidos antes de que pudiera relacionarlos con la mujer joven de las fotografías. Permaneció inmóvil durante menos de un segundo. Después se llevó una mano a la boca.
—Eduardo.
No preguntó quién era ni qué deseaba. Me rodeó el cuello con los brazos y apoyó la cara contra mi pecho.
Yo mantuve las manos separadas de su cuerpo, sin saber dónde colocarlas.
Entonces percibí el olor dulce de su perfume y la melodía de la caja de música regresó a mi cabeza con tanta fuerza que terminé abrazándola.
—Sabía que vendrías —dijo entre lágrimas—. Ayer esperé hasta la noche.
Un hombre apareció al fondo del recibidor. Caminaba despacio, apoyándose en el marco de una puerta, pero la edad no había borrado los rasgos de Jaime. Observó a su mujer aferrada a mí y después se fijó en mi cara.
—¿Edu? —preguntó.
Maider se apartó lo suficiente para mirarme.
—Claro que es Edu.
Jaime no pareció tan convencido.
—¿Vuelves a ser Edu o prefieres que te llamemos Raúl?
La pregunta me dejó sin respuesta.
—Me llamo Eduardo —dije al fin.
—Lo sé, hijo.
La última palabra me produjo un golpe en el pecho.
—Necesito hablar con ustedes.
Maider frunció el ceño.
—¿Con ustedes?
—Pasa —ordenó Jaime antes de que ella pudiera continuar—. No vamos a hablar en la puerta.
El recibidor desembocaba en el salón de la fotografía.
Los muebles habían cambiado y las paredes estaban pintadas de otro color, pero la distribución era la misma.
A la izquierda se encontraba la cómoda sobre la que había visto la caja de madera.
A la derecha, una librería ocupaba el hueco entre dos ventanas.
Supe que el último cajón de la cómoda se atascaba en verano y que, detrás de la cortina más próxima, había una grieta vertical cubierta varias veces con pintura.
No comprobé ninguna de las dos cosas.
Las fotografías familiares cubrían una pared entera. Jaime y Maider aparecían más jóvenes, acompañados siempre por un niño, un adolescente o un hombre adulto. Me acerqué sin pedir permiso.
El bebé de las primeras imágenes era el mismo que figuraba en el archivo de Marco.
Después aparecía sentado en una trona, montado en un triciclo, vestido para el colegio y sosteniendo una tarta con siete velas.
En las siguientes, la cara empezaba a parecerse a la que veía cada mañana en el espejo. A los quince años ya era la mía.
—No puede ser —murmuré.
Maider me sujetó por el brazo.
—¿Qué te ocurre?
—No recuerdo ninguna de estas fotografías.
—No empieces otra vez con eso —suplicó. Su expresión había pasado de la alegría al miedo—. Ayer fue tu cumpleaños. Dijiste que intentarías venir y has venido. No lo estropees ahora.
—Yo no hablé con usted ayer.
—Deja de tratarme de usted.
Saqué la cartera y le entregué el documento de identidad. Maider leyó el nombre dos veces.
—Eduardo Marín Alcázar —pronunció—. ¿Quién es?
—Según todos los documentos que tengo, yo.
Jaime tomó el carné de sus manos. Comprobó la fotografía, la fecha de nacimiento y el número. Después lo giró como si esperase encontrar en la parte posterior una explicación.
—Esto es falso.
—Lo utilizo desde hace años. Tengo una agencia de investigación, una licencia profesional, cuentas bancarias y una vida entera con ese nombre.
—Tú te llamas Eduardo Raúl Gálvez —afirmó Maider.
—Demuéstremelo.
La frase la hirió. Lo vi en sus ojos y me arrepentí de inmediato, aunque no encontré una forma menos cruel de pedir lo único que necesitaba.
Jaime salió del salón y regresó con un libro de familia protegido por una funda de plástico. Lo abrió sobre la mesa y señaló la inscripción correspondiente al hijo.
Eduardo Gálvez. Nacido en Madrid el 9 de septiembre de 1983.
Los nombres de Jaime y Maider figuraban debajo como padre y madre.
—Eduardo lo eligió tu madre —explicó Jaime—. De pequeño siempre fuiste Edu. Cuando empezaste a trabajar en el grupo, decidiste utilizar Raúl porque te parecía más serio y elegante. Al principio nos hizo gracia. —Jaime apartó la mirada, consciente de aquel error cometido décadas atrás.
—¿Qué grupo?
Maider se sentó en el sofá.
—Por favor, deja de hacerle preguntas como si fuese un extraño, Jaime.
—Lo está preguntando él.
—No recuerda.
Ambos guardaron silencio. No discutían sobre si decía la verdad, sino sobre algo que ya habían vivido.
—¿Me ha ocurrido antes? —pregunté.
Maider bajó la mirada hacia sus manos.
—De niño tenías temporadas. Algunas mañanas no recordabas lo que habías hecho el día anterior. Otras te enfadabas si te llamábamos Eduardo y exigías que utilizáramos Raúl. Después volvías a ser el de siempre y decías que nosotros habíamos inventado la discusión.
—¿Y no me llevaron a un médico?
—Te llevamos —respondió Jaime—. A De Palacios.
El apellido pareció enfriar la habitación.
—La clínica insistió en hacerte revisiones de seguimiento durante tus primeros años —continuó—.
Formaban parte del acuerdo. Al principio eran mensuales; después, cada seis meses.
El doctor aseguraba que tus pesadillas, los cambios de humor y las lagunas eran una reacción a la ansiedad de Maider durante el embarazo.
—No eran revisiones normales —dijo Maider—.
Al principio nos hacía esperar fuera. Se llevaba al niño a una sala del sótano y cerraba con llave.
Una vez entré sin permiso: estaba sujeto a una silla con correas anchas, llevaba auriculares y una luz blanca le daba directamente en los ojos.
De Palacios dijo que medía respuestas al estrés y que interrumpir la prueba podía hacerle daño.
Jaime apretó las manos.