Capítulo 36 #2
En la clínica abrió la caja fuerte pequeña del despacho de administración. Introdujo cien mil pesetas en la cartera que llevaba en el bolsillo trasero y dejó la llave donde la había encontrado. Por momentos pensó en llamar desde allí a la policía. Incluso llegó a levantar el auricular.
Si el desconocido había dicho la verdad, cualquier intervención podía costarle la vida a Luci. Si había mentido, la copia que Conchi guardaba permitiría que la investigación continuase. Carlos dejó de nuevo el teléfono sobre su soporte y bajó al aparcamiento.
El Simca 1200 abandonó Madrid poco antes de la medianoche.
La finca se encontraba al final de una pista que parecía no conducir a ninguna parte. Carlos necesitó bajarse dos veces del coche para comprobar que no se había equivocado. Cuando llegó frente al edificio, un hombre lo esperaba bajo la luz de un foco exterior.
Era alto, vestía pantalones oscuros y una cazadora de cuero. Una mancha rojiza descendía desde la sien izquierda hasta la mandíbula. Carlos detuvo el vehículo a varios metros y mantuvo las manos sobre el volante.
—Sal del coche, doctor —ordenó el hombre.
—¿Eres Álex?
La sonrisa del desconocido confirmó que había acertado.
—Kiko te habló de mí. Qué detalle.
Carlos bajó y recogió la cartera. Acto seguido y sin pedir ningún tipo de permiso, Álex lo registró, le quitó las llaves del coche y lo obligó a caminar hacia la entrada.
—¿Dónde está mi hermana?
—Dentro.
—Quiero verla.
—La verás cuando compruebe que has traído lo que te pedí.
El interior del edificio no se parecía al lugar de retiro que De Palacios le había descrito.
Las puertas de varias habitaciones tenían cerrojos por fuera.
En una de ellas quedaban dos camas estrechas y un pequeño elevador para introducir comida sin abrir.
En otra había correas sujetas a una estructura metálica, cajas con pulseras numeradas y prendas femeninas apiladas en un armario.
Sobre la pared, junto a una ventana cerrada con tornillos, alguien había arañado varias líneas verticales.
Carlos dejó de preguntarse si los registros estaban falseados. Ya conocía la respuesta.
—¿Cuántas mujeres habéis retenido aquí?
Álex le dio un empujón para que continuase caminando.
—Las preguntas las hago yo.
Lo condujo hasta una estancia de la planta baja. Había una mesa, dos sillas y un teléfono. Carlos dejó la cartera sobre la superficie.
—La copia —exigió Álex.
Carlos sacó el disquete y las hojas impresas. El hombre examinó primero los papeles y después sostuvo el disquete a contraluz, como si pudiera leer lo que había dentro.
—¿Es todo?
—Sí.
—¿Dónde está la copia de tu secretaria?
Carlos sintió que el corazón le golpeaba con violencia contra el pecho, pero no apartó la mirada.
—Conchi me ayudó a introducir datos. No sabe lo que significan y no tiene ninguna copia.
Álex descolgó el teléfono y marcó un número. De Palacios respondió al segundo tono.
—Está aquí —dijo Álex—. Ha traído el informe.
Carlos reconoció la voz de Francisco al otro lado, aunque no consiguió entender sus palabras.
—Pregúntale dónde está Luci —pidió.
Álex sonrió y acercó el auricular a Carlos.
—Díselo tú.
—Kiko, ¿mi hermana está viva? —preguntó Carlos.
El silencio de Francisco duró demasiado.
—Carlos, escúchame. Haz lo que te diga y saldrás de ahí — respondió por fin.
—¿Está viva?
—Yo no quería que sucediese nada de esto.
—¡Contéstame!
Álex apartó el auricular.
—Luego te llamo, Paquito.
Colgó y se sentó frente a Carlos.
—Tu amigo tiene la mala costumbre de sentirse culpable después de hacer las cosas.
—¿Dónde está Luci?
—No aquí.
—Me has mentido.
—Te he dicho que podía llevarte hasta ella. No que fuese a hacerlo.
Carlos se abalanzó sobre él. Álex lo esperaba.
Esquivó el primer golpe, agarró la cartera portafolios y la descargó contra su cara.
Las gafas de montura dorada salieron despedidas y chocaron contra la pared.
Carlos consiguió sujetarlo por la cazadora, pero un segundo golpe en la parte posterior de la cabeza lo dejó aturdido.
Álex se colocó detrás, le pasó el antebrazo alrededor del cuello y apretó.
Carlos trató de introducir los dedos entre el brazo y su garganta.
Dio varios pasos a ciegas, golpeó la mesa y tiró una de las sillas.
Durante los últimos segundos pensó en Luci, no en Marisol ni en sus hijos.
Murió creyendo que su hermana continuaba viva en algún lugar y que Conchi entregaría la copia.
Álex mantuvo la presión mucho después de que dejase de moverse. Cuando lo soltó, el cuerpo cayó de lado sobre el suelo.
Recogió las gafas, guardó los cristales rotos en la funda rígida que Carlos llevaba sujeta al cinturón y revisó los bolsillos.
Encontró las cien mil pesetas dentro de la cartera, pero no las tocó.
Se llevó la documentación, las llaves y cualquier papel en el que apareciese su nombre.
Después destruyó el disquete y las hojas impresas.
La cabeza era el principal medio para reconocer a un cadáver.
Álex no necesitó que De Palacios se lo explicase, pero tampoco podía descuartizarlo allí y dejar restos en la propiedad donde lo había matado.
Envolvió el cuerpo entero en una lona de uso agrícola, lo aseguró con dos correas y utilizó la carretilla y el montacargas del almacén para llevarlo hasta el Simca.
Abatió los asientos traseros, cubrió el piso con sacos de pienso vacíos y lo introdujo de lado.
Conocía el Antiguo Coto del Barranco por los expedientes de recalificación que Marcos había tramitado para De Palacios.
La casa llevaba años cerrada, no había guardas y una pista forestal permitía acercarse a la parte alta de la torrentera sin cruzar ningún pueblo.
Llegó antes del amanecer. Solo allí abrió la lona, decapitó el cadáver y separó la cabeza del resto para dificultar una identificación inmediata.
Dejó la ropa, el dinero y las gafas de oro.
También las cuatro coronas dentales: creyó que nadie buscaría en Guadalajara a un hombre que, según todos los indicios, había subido a un avión en Barajas.
Arrastró el cuerpo hasta el cauce seco y lanzó la cabeza entre las zarzas de la ladera.
Después cargó de nuevo la lona, la carretilla plegable y las correas.
Nada de lo utilizado debía quedarse allí.
Antes de regresar a Madrid limpió el maletero en una gasolinera de carretera y arrojó los sacos en dos contenedores distintos.
Al amanecer condujo el Simca hasta Barajas.
Estacionó en el aparcamiento del aeropuerto y dejó en la guantera una carta mecanografiada.
En ella, Carlos admitía haber tomado dinero de la clínica, abandonar a su familia por otra mujer y marcharse al extranjero antes de que descubriesen lo que había hecho.
Francisco había preparado el texto durante la noche.
También se ocupó de que un hombre lo recogiese a la salida del aparcamiento y de avisar después a un antiguo contacto.
Cuando Marisol denunció la desaparición y el coche apareció en Barajas, la carta convirtió la búsqueda de un padre y un médico en la fuga voluntaria de un hombre infiel que había robado a su empresa.
Conchi llegó a la clínica el día catorce esperando encontrar a Carlos en su despacho.
A media mañana, después de llamar dos veces a su casa y hablar con Marisol, guardó el disquete en un sobre y decidió llevarlo a la policía.
No alcanzó a salir de la planta. De Palacios la llamó a su despacho y cerró la puerta.
—¿Carlos te entregó algo anoche? —preguntó.
—No. ¿Por qué?
—Ha desaparecido dinero de la caja y también su coche. Si dejó algún documento relacionado con lo que estaba haciendo, debes dármelo. No querrás que la policía piense que lo ayudaste.
Conchi comprendió que Francisco conocía el trabajo y que Carlos tenía razón.
Negó de nuevo, regresó a su mesa y esperó hasta la hora de salida.
Esa noche escondió el disquete en el lugar donde guardaba las escrituras de su casa.
No acudió a la policía. Se avergonzaría de aquella decisión durante años, pero el miedo consiguió que la única copia permaneciese fuera del alcance de De Palacios.
De Palacios declaró que Carlos llevaba semanas extraño y que había descubierto un descuadre económico.
Se mostró preocupado por su amigo, avergonzado por lo que había hecho y dispuesto a no presentar denuncia si devolvía el dinero.
Su contacto se aseguró de que aquella versión permaneciese en Madrid y de que nadie buscara en Guadalajara a un hombre que, según todos los indicios, había subido a un avión.
La tarde del quince de septiembre comenzó a llover sobre el antiguo coto.
El agua descendió por la torrentera, desplazó barro, ramas y parte del cuerpo.
La cabeza quedó enganchada entre unas zarzas varios metros más arriba.
Cuando la tormenta terminó, ambos restos quedaron separados y ocultos bajo capas distintas de arrastre.
La cartera seguía en el bolsillo trasero con las cien mil pesetas dentro.
La documentación que Carlos García llevaba consigo ya no estaba junto a los restos.
* * *
El joven dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Ha descrito el asesinato de Carlos García como si hubiese estado allí.
—No estaba.
—Solo había otra persona en la habitación.
—Álex.
—Entonces la historia solo puede proceder de él o de usted. ¿Cómo sabe que Carlos dejó una copia?
—Porque Álex destruyó la que encontró, no la que Conchi se llevó a casa.
—¿Y qué contenía esa copia?
—Cinco años de niños declarados muertos y una última frase.
—¿Qué frase?
Miré hacia el cristal. Durante unos segundos, la luz me devolvió el reflejo de una pantalla naranja y una línea escrita al final de un fichero.
—«Si me pasa algo, busca los gemelos».