Capítulo 36
El pediatra
Carlos había creído que podría terminar la revisión de los expedientes al día siguiente de comenzar. Dos meses después, continuaba sentado frente a la pantalla de fósforo naranja, con los ojos enrojecidos y una taza de café frío junto al teclado.
La primera noche había bastado para descubrir que las cifras no eran normales.
Demostrar que tampoco podían explicarse por el riesgo de los embarazos, las guardias nocturnas o los errores de registro había requerido mucho más tiempo.
No podía presentarse ante la policía con una sospecha basada en porcentajes.
Debía comprobar cada fallecimiento, cada parto gemelar y cada expediente en el que Francisco De Palacios figurase como responsable.
Conchi había dedicado a aquella tarea todas las horas que podía robarle al trabajo habitual.
Al principio se limitó a extraer datos y ordenarlos.
Después aprendió a localizar las pequeñas anomalías que Carlos le había enseñado a buscar: fechas que no coincidían, hojas incorporadas con posterioridad, historiales sin anotaciones de reanimación y recién nacidos declarados muertos después de embarazos sin complicaciones.
—Ya está —dijo la secretaria cuando la impresora terminó de expulsar la última hoja—. Cinco años completos.
Carlos recogió el papel continuo y separó los extremos perforados. Las filas de letras y números ocupaban más de treinta páginas. En una columna aparecía el equipo médico; en otra, el desenlace de cada parto. El nombre de Francisco se repetía junto a demasiados niños muertos.
—No está —respondió Carlos.
—¿Qué falta?
—La explicación.
Conchi se dejó caer sobre una de las sillas.
Eran casi las nueve de la noche y no quedaba nadie más en aquella planta.
Durante las últimas semanas habían aprendido a trabajar después de que las demás secretarias y el personal médico abandonasen la clínica.
Carlos había dicho que preparaban un informe de funcionamiento para justificar la informatización del archivo.
Nadie pareció interesado en comprobarlo.
—Quizá el doctor De Palacios pueda dársela —aventuró ella, aunque ya no sonó tan convencida como al principio.
Carlos recorrió con el dedo una de las columnas.
—De los trece partos gemelares supervisados por su equipo, en once se declaró muerto exactamente a uno de los niños. En uno sobrevivieron ambos y en otro constan dos fallecimientos. Esa concentración no tiene una explicación clínica razonable.
—Entonces, ¿qué va a hacer?
—Hablar con él por última vez. Después iré a la policía.
Conchi miró hacia la puerta cerrada del despacho.
—¿Y si intenta destruirlo todo?
Carlos extrajo un disquete de una caja de plástico, lo introdujo en la unidad y comenzó a copiar el fichero. Cuando terminó, lo retiró, introdujo un segundo disquete y repitió la operación. Después añadió una línea al final del documento antes de guardar de nuevo ambas copias.
—Quiero que te lleves esta a casa —dijo mientras le entregaba uno de los disquetes—. No la guardes aquí ni le digas a nadie que la tienes.
—¿Ni siquiera a la policía?
—Si mañana no he vuelto a hablar contigo, entonces sí. Se la entregas y les cuentas todo lo que hemos hecho.
Conchi sostuvo el cuadrado de plástico entre las dos manos.
—¿Qué ha escrito al final?
—Una forma de asegurarme de que sepan por dónde empezar.
La secretaria regresó a la pantalla y leyó la última línea.
«Si me pasa algo, busca los gemelos».
—No me gusta —dijo.
—A mí tampoco. Por eso quiero que lo hagas.
Conchi guardó el disquete en el bolso y se marchó después de recibir la promesa de que Carlos no haría ninguna estupidez. Él esperó a escuchar las puertas del ascensor antes de recoger las hojas impresas y guardarlas, junto con la otra copia, dentro de su cartera portafolios.
Francisco se encontraba en su despacho. Había pedido que nadie lo molestase y escuchaba música clásica mientras bebía una copa. Carlos entró sin llamar y dejó el informe sobre la mesa.
—Tenemos que hablar, Kiko.
De Palacios bajó el volumen del tocadiscos y observó la cartera.
—Por la cara que traes, supongo que no vienes a hablarme de la ampliación.
—He revisado los partos de los últimos cinco años.
El médico mantuvo la mano sobre el mando del volumen.
—¿Para qué?
—Porque en el funeral de Luci comprendí que había aceptado demasiadas muertes sin comprobar si formaban parte de algo mayor.
La mención de su hermana provocó un cambio casi imperceptible en el rostro de Francisco. Carlos lo vio y dejó de pensar que tal vez existiese una explicación inocente.
—Tu equipo presenta una mortalidad del 4,7 % —continuó—. Los residentes oscilan entre el 0,8 y el 1,4 %, según el año y el tipo de ingreso. Tu cifra casi quintuplica la de pacientes comparables.
—Yo atiendo a pacientes que otros médicos rechazan.
—Lo he tenido en cuenta. También la edad de las madres, los embarazos múltiples, las presentaciones anómalas y las complicaciones previas. No cambia nada.
Francisco se sirvió más whisky y le ofreció una copa. Carlos negó con la cabeza.
—Los registros antiguos contienen errores —dijo De Palacios—. Tú mismo sabes cómo se trabajaba hace cinco años. Muchas
hojas se completaban después del parto y algunas ni siquiera pasaban por nuestras manos.
—No son errores. Alguien ha añadido fallecimientos donde había niños vivos.
—Eso es una acusación muy grave.
—Es tráfico de bebés, Kiko.
El silencio solo fue interrumpido por la música que continuaba sonando a un volumen muy bajo.
—No sabes lo que estás diciendo —respondió Francisco.
—Sé que en once de trece partos gemelares de tu equipo declaraste muerto exactamente a uno de los niños.
Sé que tu mortalidad casi quintuplica la de casos comparables, que faltan partes de reanimación y que varias madres recibieron certificados firmados antes de que terminase el turno en el que supuestamente murió su hijo.
También sé que no existe ningún expediente de la criatura de Luci.
Francisco apretó el vaso con tanta fuerza que los hielos chocaron contra el cristal.
—Luci no dio a luz aquí.
—Pero tú certificaste lo ocurrido. Dijiste que su hija nació muerta y que ella se arrojó desde una quinta planta.
Arreglaste la defunción, la licencia de enterramiento y un ataúd que nadie pudo abrir.
Ahora descubro que no hay un solo documento clínico que demuestre que atendieron a mi hermana o a su hija.
—Lo hice para protegeros.
—¿De qué? ¿De la verdad?
De Palacios dejó la copa sobre la mesa y se puso en pie.
—Estás mezclando el dolor por Luci con un informe que todavía no comprendes. Dame unos días y podré explicarte cada caso.
—Has tenido dos meses sin saber que te estaba investigando. Esta noche tienes hasta que yo salga por esa puerta.
—Carlos, somos amigos desde hace muchos años.
—Precisamente por eso te he dado la oportunidad de hablar conmigo antes de ir a la policía.
Francisco miró la cartera portafolios.
—¿Qué llevas ahí?
—Lo suficiente.
—Déjame verlo.
—No.
Carlos recogió el informe de la mesa. De Palacios rodeó el escritorio y trató de sujetarlo por un brazo.
—Espera. Puedo demostrarte que estás equivocado.
—Entonces hazlo ante la policía.
—¡No sabes con quién estás jugando! —gritó Francisco.
La amenaza salió antes de que pudiera contenerla. Ambos permanecieron inmóviles. Carlos observó la mano de su amigo sobre la manga de la chaqueta hasta que Francisco la retiró.
—Ahora sí lo sé —respondió.
Abandonó el despacho sin mirar atrás.
Cuando llegó a casa, Marisol dormía en el sofá con uno de los gemelos apoyado sobre el pecho.
El otro descansaba en el moisés, junto a ella.
Carlos permaneció unos segundos contemplándolos.
Durante las últimas semanas había evitado pensar en que cualquiera de sus hijos podría haber formado parte de una de aquellas filas de números si Francisco hubiese asistido a Marisol.
Cogió al pequeño con cuidado, lo llevó hasta la cuna del dormitorio y regresó para despertar a su mujer. Marisol abrió los ojos, desorientada.
—¿Qué hora es?
—Casi las once. Vamos a la cama.
—Has vuelto a quedarte en la clínica —protestó mientras se incorporaba—. Dijiste que esta semana terminarías ese informe.
—Ya está terminado.
El teléfono sonó antes de que pudiera añadir nada. Carlos descolgó con la esperanza de que fuese Conchi. La respiración de un hombre ocupó la línea durante unos segundos.
—Tu hermana está viva —dijo una voz desconocida.
Carlos apretó el auricular contra la oreja.
—¿Quién es?
—El ataúd que enterrasteis el siete de julio estaba lleno de arena. Francisco se ocupó del certificado y tú convenciste a toda tu familia para que nadie lo abriese.
—¿Dónde está Luci?
—Puedo llevarte hasta ella.
Carlos volvió la vista hacia Marisol. Su mujer lo observaba desde el sofá, intentando comprender por qué había palidecido.
—Déjame hablar con Luci.
—No estás en condiciones de exigir nada. Escucha con atención y no me obligues a repetirlo. Regresa a la clínica, recoge cien mil pesetas y la copia de lo que has estado preparando con tu secretaria. Después conduce hacia Guadalajara.
El hombre le indicó varias carreteras y un desvío sin señalizar. Carlos anotó las instrucciones en el reverso de un sobre.
—Si Luci está viva, quiero oírla.
—Si llamas a la policía, no volverás a oírla nunca. Si se lo cuentas a tu mujer, tampoco. Ven solo.
—¿Cómo sé que no mientes?
—No lo sabes. Pero sabes que el hombre al que llamabas Kiko lleva meses mintiéndote.
La comunicación se interrumpió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Marisol.
Carlos dobló el sobre y lo guardó en el bolsillo.
—Una urgencia en la clínica. Han ingresado a un niño y quieren que lo vea.
—Pero acabas de llegar.
—Volveré en cuanto termine.
Besó a su mujer y a los gemelos. Marisol no creyó del todo la explicación, pero estaba demasiado cansada para discutir. Carlos salió de casa con la cartera portafolios y la certeza de que quizá acababa de despedirse de ellos.