Capítulo 35 #2
Antes de abandonar el despacho, Salcedo revisó también las fotografías tomadas en las habitaciones.
Ropa, botas, rifles y fundas aparecían en el mismo lugar en que los investigadores los habían encontrado.
En la de Raúl, una funda negra permanecía abierta varios centímetros y dejaba ver un forro verde oscuro.
De la cremallera sobresalían pequeñas fibras de tejido rígido.
El laboratorio ya había recogido otras semejantes de la alfombra y del borde de la cama.
Por el momento, solo demostraban que alguien había utilizado la funda. Salcedo anotó el detalle y continuó.
No era suficiente para señalar a uno de los presentes.
Sí lo era para saber que el asesinato había comenzado mucho antes del disparo.
* * *
Carla regresó al despacho el día diez antes de las ocho de la mañana. Había dormido poco más de tres horas y no consiguió permanecer en la cama durante la cuarta. La cara de Raúl Gálvez continuaba ocupando el lugar exacto en el que debería haber estado la de Edu.
La noche anterior había cerrado la fotografía antes de que él pudiera verla.
No lo hizo para ocultarle una prueba ni porque dejase de confiar en él.
La cerró porque necesitaba contemplarla a solas, sin escuchar una de sus bromas ni permitir que una explicación improvisada sustituyera a lo que tenía delante.
Abrió de nuevo el artículo publicado por el cumpleaños de Raúl.
La imagen mostraba al empresario durante un desayuno de trabajo celebrado semanas atrás.
Estaba sentado ante una taza blanca, ligeramente girado hacia la mujer que ocupaba la silla contigua.
La barba era algo más corta y llevaba el cabello peinado de otro modo.
Todo lo demás pertenecía al hombre con el que Carla trabajaba desde hacía años.
No era un parecido.
Era la misma cara.
Buscó fotografías antiguas de la agencia y encontró una tomada durante una comida con Bea.
Edu sujetaba una taza de café con la mano izquierda, introduciendo el índice en el asa y apoyando el pulgar sobre el borde.
Raúl la sostenía de la misma forma. En ambas manos se distinguía, junto a la base del pulgar, una pequeña cicatriz blanca.
Carla amplió primero una imagen y después la otra. La cicatriz tenía la misma longitud, la misma inclinación y una interrupción diminuta en el centro. Dos hombres podían parecerse. Dos gemelos podían compartir el rostro. No compartían una cicatriz ni repetían un gesto hasta el último detalle.
Escribió «Raúl Gálvez Leciñana Marcos Mendoza» en el buscador.
Las primeras noticias se limitaban a la muerte del ministro y evitaban identificar a los asistentes.
Una información publicada aquella madrugada incluía ya cuatro nombres.
Entre el coronel Carlos Carrillo, el director del CNI, Martín Revuelta, y el propietario de la finca aparecía Raúl Gálvez, descrito como empresario e invitado reciente del grupo.
Carla abrió después el Registro Mercantil, varias entrevistas económicas y las páginas corporativas del grupo Gálvez.
Raúl figuraba como administrador o apoderado de numerosas sociedades.
Su biografía pública comenzaba muchos años antes de que Edu abriese la agencia y no contenía ningún periodo vacío en el que ambos nombres pudieran intercambiarse con facilidad.
Había fotografías de Raúl en juntas, inauguraciones y entregas de premios correspondientes a los mismos años en que ella había trabajado con Edu.
Edu había estado en la casa en la que asesinaron a Marcos. Había utilizado otro nombre, había regresado a Madrid sin recordarlo y llevaba en la chaqueta una fibra verde cuyo origen ninguno de los dos podía explicar.
Carla sintió el impulso de llamar a la policía. En lugar de hacerlo, marcó el número de Edu.
Respondió al primer tono.
—¿Qué quieres?
La voz era la suya y, al mismo tiempo, no lo era. Había perdido la ironía, la pereza fingida y esa familiaridad con la que pronunciaba su nombre incluso cuando estaba enfadado.
—Quiero hablar con Edu.
—Ya estás hablando con él.
—No. Quiero saber quién eres.
Al otro lado no se escuchó ninguna respiración. Carla miró las dos fotografías abiertas en la pantalla.
—Raúl —dijo.
El silencio duró apenas un segundo.
—No vuelvas a seguirlo.
—¿A quién?
—Sabes perfectamente a quién.
—¿Dónde está Edu?
La comunicación se interrumpió.
Carla volvió a llamar. El teléfono estaba apagado.
Abrió la aplicación de localización que utilizaban para los vehículos de la agencia.
El Audi de Edu llevaba toda la noche estacionado en su garaje.
Después consultó las fotografías públicas de Raúl hasta localizar el todoterreno oscuro con el que aparecía en varios actos.
La matrícula no se leía completa, pero cuatro caracteres y un adhesivo circular en la luneta bastaban para reconocerlo si volvía a verlo.
Imprimió las dos imágenes, guardó la fibra encontrada en el puño junto a la chaqueta y anotó en una hoja los nombres de Jaime y Maider. A continuación tomó las llaves de su coche y salió del despacho.
Hasta aquel momento había investigado junto a Edu.
A partir de entonces tendría que investigarlo a él.
* * *
El joven esperó a que retirase la mano del vaso antes de continuar.
—Necesito que regresemos a la mañana del siete de septiembre —dijo.
—Ya le he explicado que no la recuerdo.
—¿Cuál es su último recuerdo anterior?
—Estaba trabajando. Después me desperté en mi cama a las seis de la tarde con ropa que no recordaba haberme puesto y más de doscientos kilómetros añadidos al coche.
—Sin embargo, conoce lo ocurrido durante el desayuno de Leciñana.
—Lo he leído.
—¿Dónde?
—En los periódicos. En el archivo de Marco. No lo sé.
El joven consultó una hoja y luego me observó por encima de ella.
—Ninguna información publicada menciona los bollos suizos, el vaso de agua con limón ni que Martín Revuelta bebiera la primera taza de café de pie.
La respuesta apareció en mi cabeza antes de que pudiera impedirlo.
—Siempre hacía eso. Hasta que no terminaba el primer café, no se podía hablar con él.
—¿Cómo lo sabe?
Miré hacia el cristal. Durante un instante vi reflejada una mesa demasiado grande, cinco hombres desayunando y un bastón apoyado junto a una silla. La imagen desapareció en cuanto traté de retenerla.
—No lo sé.
—¿Recuerda haber utilizado el nombre de Raúl Gálvez?
—No.
—¿Recuerda haber estado en Leciñana?
—He dicho que no.
—Entonces, ¿por qué acaba de hablar de Martín como si lo conociera?
No respondí. Bajé la mirada y descubrí que llevaba varios segundos frotando con el índice la pequeña cicatriz situada junto a la base de mi pulgar izquierdo.