Capítulo 35
La madera hueca
Sebas pidió hablar de nuevo con el teniente Salcedo poco después de las siete de la mañana.
Llevaba la misma ropa del día anterior y tenía los ojos hinchados, aunque no parecía haber llorado.
Permaneció de pie junto a la puerta del despacho, con ambas manos hundidas en los bolsillos, hasta que el investigador apartó el informe que estaba leyendo y le indicó que tomase asiento.
—¿Ha ocurrido algo esta noche? —preguntó Salcedo.
—No.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Sebas se sentó en el borde de la silla. Durante unos segundos observó el lugar que había ocupado el día anterior y pareció arrepentirse de haber regresado.
—Le mentí —admitió por fin.
Salcedo no mostró sorpresa. Había escuchado demasiadas mentiras como para celebrar que una de ellas regresase convertida en verdad. Encendió la grabadora, dejó constancia de la hora y pidió al joven que repitiese la frase.
—Ayer no le conté todo lo que vi.
—¿Alguien te ha pedido que cambies tu declaración?
—No. Mi madre no sabe que he venido. Cree que estoy ayudando a mi padre con los caballos.
—¿Te ha amenazado alguien?
Sebas negó con la cabeza.
—El señor Martín me dijo que entrase y que no hablara con nadie hasta que llegaran ustedes. Dijo que podía haber un asesino en la finca.
—Eso ya me lo contaste.
—No me dijo solo eso. Cuando llegué al patio, el coronel estaba agachado junto al señor Mendoza. Tenía el cargador de la pistola en la mano, envuelto en un pañuelo. Estaba vacío.
Salcedo apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Ayer te pregunté si viste al coronel sacar el cargador y dijiste que no.
—No lo vi sacarlo. Cuando llegué, ya lo tenía fuera.
—¿Viste los cartuchos?
—No. El coronel guardaba algo en el bolsillo, pero el señor Martín se puso delante y no me dejó acercarme.
—¿Quién te explicó que estaban comprobando el arma porque había algo que no les cuadraba?
Sebas bajó la mirada.
—El señor Martín.
—Por tanto, eso tampoco lo viste.
—No.
—¿Viste a alguno de ellos tocar la vaina?
—No. Entré en la casa cuando me lo ordenó. No sé qué hicieron después.
Salcedo dejó que la precisión quedase recogida. Una declaración corregida no adquiría mayor valor por contener más acusaciones, sino por distinguir con claridad aquello que el testigo había visto de lo que otros le habían hecho repetir.
—¿Por qué mentiste?
Sebas miró hacia la ventana. Desde allí se veían las cuadras, el portalón y una parte del patio todavía acordonado. Había nacido en aquella finca y sus padres habían vivido siempre bajo un techo que no les pertenecía.
—El coronel es guardia civil. El señor Martín dirige el CNI y don Rodrigo es el dueño de todo esto. Mi padre dice que debería estar agradecido porque tenemos casa y trabajo. Si yo los acusaba de algo y después resultaba que no era importante…
—Un cargador vacío junto al cadáver de un ministro es importante.
—Ahora lo sé.
—También lo sabías ayer.
Sebas apretó los labios y asintió.
—Cuando volví a mi habitación, no pude dejar de pensar que quizá habían matado ellos al señor Mendoza. Después pensé que, si lo hubieran hecho, no se habrían quedado allí. Y luego pensé que podían estar cambiando algo para proteger al asesino. Cada explicación era peor que la anterior.
—¿Viste a Raúl Gálvez en algún momento entre el disparo y tu llegada al patio?
La pregunta lo obligó a pensar.
—No. Lo vi después, dentro de la casa, cuando ya estaban todos abajo.
—¿Y antes del disparo?
—Durante el desayuno.
—¿Nada más?
—No.
Salcedo continuó durante casi veinte minutos. Repitió las horas, los caminos y la posición de cada persona hasta comprobar que el relato no cambiaba. Cuando terminó, pidió a Sebas que leyese la declaración completa antes de firmarla.
—¿Voy a tener problemas? —preguntó el joven.
—Los habrías tenido si hubieras mantenido la mentira. Ahora dependerá de lo que decida la jueza.
—¿Y mis padres?
—Tus padres no han hecho nada.
Sebas firmó todas las hojas. Al levantarse, parecía más cansado que cuando había entrado, pero ya no evitó la mirada del teniente.
Salcedo esperó a que saliera para llamar a los dos agentes que permanecían en el pasillo.
Ordenó que Carlos Carrillo y Martín Revuelta fueran conducidos de nuevo a habitaciones distintas y que ninguno utilizase el teléfono hasta que recibieran nuevas instrucciones.
No necesitaba preguntarles otra vez si habían tocado el arma.
Ya conocía la respuesta. Lo que necesitaba saber era hasta dónde había llegado la manipulación y por qué dos hombres con décadas de experiencia habían decidido arriesgarlo todo para ocultarla.
Martín solicitó hablar con el teniente en cuanto supo que volverían a tomarle declaración. Salcedo lo recibió en el mismo despacho.
—¿Qué ha cambiado desde ayer? —preguntó el director del CNI.
—Su versión.
—Mi versión no ha cambiado.
—Ese es el problema.
Salcedo colocó sobre la mesa una copia de la primera declaración de Sebas, pero no la corregida.
—Usted afirmó que no tocaron nada. El coronel afirmó lo mismo. Ahora sabemos que el cargador salió del arma antes de que llegase la Policía Judicial.
Martín no miró el documento.
—Carlos descargó su pistola por seguridad. Había personas alteradas alrededor de un arma que todavía podía contener munición.
—Ayer dijo que no la habían tocado.
—Ayer no sabía qué alcance pretendía dar usted a la palabra tocar.
—El habitual. Poner las manos sobre algo.
—Nadie puso las manos directamente. Utilizamos un pañuelo.
Salcedo permaneció en silencio. Martín acababa de incluirse en una acción de la que el investigador no le había acusado todavía.
—¿Utilizamos? —repitió.
El hombre comprendió el error demasiado tarde.
—Sostuve el cargador un par de segundos mientras Carlos comprobaba la recámara. Eso es todo.
—¿Tocó usted la vaina?
—No.
—¿La movió con el pañuelo?
—No.
—¿Intentó borrar alguna huella?
Martín adelantó el cuerpo sobre la silla.
—Teniente, le recomiendo que mida muy bien sus palabras.
—Yo le recomiendo que empiece a medir las suyas. Ayer mintió en una declaración sobre la muerte del ministro del Interior. Hoy acaba de admitir que ayudó a manipular el arma. Si quiere continuar dándome recomendaciones, espere a que llegue su abogado.
La conversación terminó en ese punto. Carlos, interrogado después, admitió también que había descargado la Beretta, pero sostuvo que lo hizo para evitar un segundo disparo.
Negó haber guardado munición y aseguró que había dejado los cartuchos junto al cuerpo.
Salcedo le preguntó dónde estaban. El coronel respondió que alguien debía de haberlos retirado más tarde.
Por primera vez, las versiones de Carlos y Martín no solo contradecían las pruebas. También se contradecían entre ellas.
La llamada del Instituto de Medicina Legal llegó poco antes del mediodía.
El resultado preliminar de la autopsia eliminaba ya la hipótesis del suicidio.
La herida no presentaba señales compatibles con un disparo efectuado a la distancia del propio brazo y la trayectoria descendente, de izquierda a derecha, no podía reproducirse desde la posición en que Marcos apareció sentado.
Tampoco se habían detectado residuos de disparo en sus manos.
Aquel resultado, por sí solo, no habría bastado para excluir que hubiese accionado el arma; unido a la distancia y al recorrido del proyectil, confirmaba que otra persona había disparado.
—Entonces lo sentaron después —dijo uno de los investigadores.
—O lo obligaron a sentarse antes —respondió Salcedo.
El asesino se había acercado lo suficiente para colocar la pistola entre los dedos del muerto y, pese a ello, no había dejado el cargador, los cartuchos ni el bastón. Después, Carlos y Martín habían terminado de destruir cuanto quedaba de la escena original.
El teléfono de Marcos aportó la siguiente pieza. No contenía mensajes de despedida, pero el análisis de la conversación mantenida con Martín conservaba un borrador que no llegó a enviarse. Salcedo lo leyó dos veces.
«Esta mañana te enseñaré lo que llevo cuarenta años apoyando en el suelo».
La frase estaba escrita a las seis y cuarenta y tres. Marcos la dejó sin enviar y bajó a desayunar con el bastón de nogal. Menos de dos horas después, el bastón había desaparecido.
Salcedo reconstruyó de nuevo los minutos posteriores al desayuno.
Marcos salió solo hacia los vehículos. Rodrigo, Raúl, Carlos y Martín subieron a sus habitaciones casi al mismo tiempo.
El disparo se produjo antes de que transcurriesen diez minutos y la primera llamada a la Comandancia se efectuó cuando el cargador ya había sido vaciado, la munición había desaparecido y la Beretta descansaba de nuevo en la mano del muerto.
Aquella franja era demasiado breve para que un desconocido llegase hasta la casa, encontrase la habitación correcta, tomase la pistola y convenciera a Marcos de que caminase con él hasta el banco.
Quien lo hizo conocía la finca o estaba dentro de ella.
Salcedo pidió que buscasen fotografías recientes de Marcos en los archivos de prensa.
En casi todas aparecía apoyado en la empuñadura redonda de marfil.
Una imagen tomada durante un acto oficial permitía distinguir la unión entre la madera y la pieza superior.
La amplió hasta que perdió definición y solo quedaron manchas oscuras alrededor de la rosca.
—No se llevaron el bastón porque necesitara caminar —dijo—. Se lo llevaron por lo que guardaba dentro.
Las grabaciones del pabellón confirmaron que ningún vehículo ni persona desconocida había accedido por la entrada principal desde la llegada de los invitados hasta el cierre de la finca.
Quedaban los caminos de servicio y tres mil hectáreas imposibles de vigilar por completo, pero el autor había conocido el momento exacto en que todos abandonarían el comedor, la habitación de Carlos, el lugar donde guardaba la Beretta y la importancia de un objeto que Marcos llevaba consigo desde hacía cuatro décadas.