Capítulo 34 #2
Carla continuó mirando la pantalla. Su rostro había cambiado, aunque no supe interpretar por qué. Cuando me acerqué para ver la fotografía que acompañaba al artículo, cerró la ventana y se levantó para recoger los envases vacíos de la cena.
—¿Qué haces?
—Estoy cansada de tener esto delante y apesta a salsa de soja.
—No me ocultes cosas.
—No empieces tú a ocultártelas —replicó.
La respuesta me dolió más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Durante los últimos días había tratado de convertir mis lagunas en bromas, exceso de trabajo o alguna estupidez relacionada con la bebida.
Pero el coche había recorrido más de doscientos kilómetros mientras yo no sabía dónde estaba y, según Carla, ni siquiera me encontraba en casa cuando creía estar durmiendo.
Ya no hablábamos de una noche de juerga olvidada.
Alguien podía demostrar que mi cuerpo había hecho cosas de las que yo no conservaba ni un solo recuerdo.
—¿Sigues confiando en mí? —pregunté.
Carla tardó demasiado en responder.
—Creo que no recuerdas esas horas —dijo por fin—. Pero confiar en ti no puede obligarme a ignorar lo demás.
Me levanté y fui a por la chaqueta que había dejado colgada detrás de la puerta desde la tarde del día siete. Al introducir el brazo derecho, Carla me detuvo.
—No te la pongas.
—Hace frío.
—Coge otra. Esa es la que llevabas cuando despertaste sin saber dónde habías estado.
Dos días antes, Carla había arrancado con aires de broma una fibra verde que encontró junto al hombro.
Ahora señaló el puño de la manga izquierda.
En la costura interior había una línea de polvo blanco y, atrapada entre dos puntadas, sobresalía otra fibra corta del mismo color.
La extrajo con las uñas y la dejó sobre una hoja en blanco.
Después pasó el índice por el polvo y observó la mancha que había quedado en la yema.
—Se parece a la otra —dije.
—Mucho.
—¿Crees que estuve en algún lugar relacionado con el asesinato de José Andrés?
—Creo que no debemos descartar nada.
—No he matado a nadie.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
Carla dobló la hoja con la fibra dentro y la apartó de los demás documentos. No me respondió. Como podrá imaginar, su silencio no fue precisamente tranquilizador.
Regresé a la mesa y continué revisando las fotografías para no tener que mirarla.
En la última imagen del sobre aparecía un hombre joven apoyado en un bastón de nogal.
No reconocí el rostro a primera vista, pero el apellido anotado al dorso sí me resultaba conocido: Mendoza.
Marco había añadido una segunda copia ampliada de la empuñadura redonda de marfil.
La imagen mostraba su parte inferior y un pequeño orificio circular casi oculto junto a la rosca.
Me quedé observándolo mientras trataba de recordar dónde había visto una forma semejante.
Entonces miré hacia el sobre marrón de Gabriel, guardado desde el primer día en el cajón con llave de mi escritorio.
Saqué las dos llaves y las coloqué junto a la fotografía. La antigua de paletón no tenía nada que ver con aquel cierre. La pequeña, tubular, era diferente. Su diámetro coincidía con el orificio y la muesca lateral ocupaba exactamente la misma posición que la guía visible en la diminuta cerradura.
—Esta llave es del bastón —dije.
Carla acercó la fotografía a la luz y comparó de nuevo ambas piezas.
—Puede ser.
—No puede ser, Carla. Es.
—Nos falta lo principal.
—El bastón.
Volvimos la vista hacia los documentos extendidos sobre la mesa, como si aquel objeto pudiera aparecer de pronto entre ellos.
No estaba allí. Tampoco lo habíamos visto en la guarida de Marco.
Sin embargo, Gabriel me había enviado la llave casi cuarenta años después de que se tomase aquella fotografía.
Hasta ese momento había creído que me eligió por mi profesión, por alguno de mis casos o por una recomendación. Ahora sabía que no. Gabriel conocía la clínica, conocía el bastón y conocía el nombre escrito en aquella ficha. También sabía que Eduardo R. Gálvez había nacido el mismo día que yo.
Me había elegido porque sabía quién era yo, aunque yo no tuviese ni puta idea.
* * *
El joven dejó que terminase el vaso de agua antes de formular la siguiente pregunta.
Yo habría agradecido que abriera la puerta o, al menos, que dejase de observarme como si cada movimiento de mis manos significara algo.
No había pomo en el lado interior y el cristal situado a mi derecha devolvía nuestro reflejo sin permitir ver qué había detrás.
—¿Cuándo vio por primera vez a Gabriel? —preguntó.
—Nunca lo vi.
—Acaba de decir que lo contrató.
—Él me contrató a mí. No es lo mismo.
—Aceptó dinero, documentación y unas instrucciones de una persona a la que no había visto nunca. ¿No le pareció extraño?
—Me pareció muy extraño. Por eso acepté.
El joven anotó algo sin disimular una leve expresión de sorpresa.
—¿Puede describir al mensajero?
—Yo no estaba en el edificio. Jesús, el portero, dijo que era uno de esos repartidores que van en bicicleta. No recordaba la cara, la empresa ni ningún detalle que pudiera servirnos. La etiqueta del sobre tampoco tenía remitente.
—¿Y el correo electrónico?
—Una cuenta preparada para no conducir a nadie. Carla intentó rastrearla cuando el asunto empezó a ponerse feo, pero Gabriel no era un aficionado. Sabía ocultar el camino sin hacer magia.
—Sin embargo, usted estaba convencido de que existía.
—Había enviado dos mil euros y documentos auténticos. Las personas inexistentes no suelen pagar por adelantado.
—También pudo preparar usted mismo el paquete.
Me reí, pero el joven continuó mirándome con absoluta seriedad.
—Entonces tendría que haber preparado también mis ausencias, los kilómetros del coche y los recuerdos que no eran míos. Si de verdad cree que hice todo eso, no sé para qué me hace preguntas. Escriba la respuesta que le guste y terminamos antes.
—Necesito distinguir lo que vio de lo que dedujo.
—Eso intento explicarle desde el principio. Yo no vi entrar a Gabriel. Vi lo que dejó cuando yo no estaba.