Errores del destino Capítulo 34
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Capítulo 34

La fecha imposible

Habíamos convertido la mesa de juntas en una reproducción a pequeña escala de la guarida de Marco Mancini.

Había fotografías, fichas, recortes, negativos y hojas mecanografiadas ocupando casi toda la superficie, además de cuatro montones que Carla había distribuido con su particular sentido del orden: importante, revisar, dudoso y descartado.

Yo había añadido un quinto grupo sin darme cuenta, compuesto por todo aquello que cogía de uno de los anteriores y dejaba después en cualquier otro sitio.

—Como vuelvas a cambiarme algo de lugar, te corto las manos —me advirtió sin levantar la vista de una ficha.

—Qué carácter. Solo intento aportar dinamismo al sistema.

—Tú aportas caos hasta cuando respiras. El montón de tu derecha es el que ya hemos revisado.

—Eso dices ahora.

Carla me miró por encima de las pequeñas gafas de lectura que solo utilizaba para trabajar con documentos antiguos. No necesitó decir nada más. Devolví la fotografía que tenía en la mano al lugar donde creía haberla cogido y ella la trasladó de inmediato al montón correcto.

Llevábamos más de seis horas encerrados en el despacho y pasaban de las once de la noche.

Bea se había marchado a las siete, después de preguntarnos dos veces si necesitábamos algo y de recibir otras tantas respuestas diferentes.

Carla pidió comida china; yo aseguré que no tenía hambre y terminé comiéndome casi la mitad de sus tallarines.

Desde entonces, aparte del roce de los papeles y alguna protesta suya, solo se oía el zumbido del aire acondicionado.

El dosier que habíamos sacado de Chamberí contenía mucho más que las fotografías de Toni y Álex.

Marco había reunido información sobre la Clínica De Palacios, varias religiosas de Las Misericordes de Jesús, mujeres embarazadas, familias adineradas y un buen número de personas cuyos nombres no me decían absolutamente nada.

El problema no era la falta de datos, sino que habían sido recopilados durante años diferentes y por motivos que desconocíamos.

Ordenarlos sin saber qué buscábamos se parecía bastante a montar un puzle sin la imagen de la caja y sin la certeza de que todas las piezas perteneciesen al mismo.

Tomé una hoja de papel cebolla adherida por la humedad a una ficha de cartulina. La separé con cuidado para evitar que se rompiera y la sostuve bajo la lámpara. En la parte superior figuraba el membrete de la Clínica De Palacios; debajo, alguien había escrito a máquina «Derivación y entrega».

—Puede que tenga algo —anuncié.

—Déjalo en su sitio y lo vemos los dos —ordenó Carla.

—No soy un niño.

—Entonces compórtate como un adulto y deja de mover mis montones.

Obedecí, más por el interés de la hoja que por su amenaza. Carla se colocó a mi lado y empezó a leer desde arriba mientras yo seguía con el dedo las líneas mecanografiadas. La tinta se había perdido en algunas letras, pero el contenido principal se entendía.

Código de seguimiento: G-83-09.

Fecha de entrega: 9 de septiembre de 1983.

Familia receptora: Jaime Gálvez. Esposa: Maider.

—Maider —dije.

Carla giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué pasa con Maider?

—No lo sé.

—Has puesto una cara muy rara.

—Es un nombre poco habitual. Supongo que me ha sorprendido.

No era verdad. Ni siquiera había llegado a leerlo de forma consciente cuando lo pronuncié.

Al hacerlo sentí algo parecido a un vuelco en el estómago y, durante un instante, tuve la certeza de que una mujer acababa de llamarme desde otra habitación.

No escuché una voz real ni vi una imagen precisa.

Fue más bien una sensación fugaz, demasiado débil para convertirse en recuerdo y demasiado intensa para considerarla una simple ocurrencia.

Continué leyendo para evitar que Carla empezase con las preguntas.

Nombre asignado al recién nacido: Eduardo R. Gálvez.

Me quedé mirando aquellas tres palabras. Después regresé a la fecha y volví a leerla. Nueve de septiembre de 1983.

Carla hizo lo mismo. Primero observó la hoja, luego consultó la esquina inferior derecha de la pantalla de su ordenador y, por último, me miró.

—Felicidades —dijo.

—¿Por qué?

—Porque acabas de cumplir cuarenta años, imbécil.

Nunca celebraba mi cumpleaños. No me gustaban las tartas, las velas ni esa obligación absurda de mostrarse feliz porque el calendario hubiese completado otra vuelta.

Carla conocía la fecha porque aparecía en toda mi documentación y porque Bea la anotaba cada año en la agenda de la empresa, aunque ambas sabían que no quería celebraciones.

Aun así, siempre me felicitaban y yo siempre fingía haber olvidado qué día era.

Esta vez no estaba fingiendo.

—Tiene que ser una coincidencia —dije, aunque la frase sonó como una defensa.

—Claro. Una coincidencia que el cliente anónimo que te ha enviado todo esto conocería muy bien.

—Mi fecha de nacimiento no es secreta. Figura en el Registro Mercantil, en el colegio profesional y en otros veinte sitios.

—También figura que te llamas Eduardo Marín Alcázar, no Eduardo R. Gálvez.

—Razón de más.

Carla no respondió. Fotografió la hoja por las dos caras, la introdujo en una funda transparente y anotó el código en su cuaderno.

Yo la observé trabajar con esa mezcla de admiración y fastidio que me producía cuando se negaba a aceptar una explicación fácil.

Decidí llamar a Josean antes de que ella llegase a una conclusión que no me apetecía escuchar.

Contestó al cuarto tono.

—Como no estés detenido, malherido o acompañado por dos hermanas gemelas, no son horas —protestó.

—Una duda sobre el archivo de Marco.

—Pues mañana.

—¿Recuerdas que me dijiste que te preguntó por un Gálvez?

Hubo unos segundos de silencio al otro lado.

—Sí. No me dio el nombre y yo no pude ayudarlo.

—Hemos encontrado una hoja de la Clínica De Palacios. Habla de la entrega de un recién nacido a un tal Jaime Gálvez y a una mujer llamada Maider. Nueve de septiembre de 1983. El niño aparece como Eduardo R. Gálvez.

Josean no hizo ninguna broma. Escuché el ruido de un mechero y, poco después, la primera calada.

—¿Dónde estaba?

—Dentro de la carpeta de Álex, entre la documentación de De Palacios.

—Entonces Marco consideraba que estaba relacionado con los tres. No mezclaba papeles porque sí.

—Eso ya lo sé. Quiero saber si te dijo algo de un niño.

—Nunca. Solo me preguntó si el apellido Gálvez me sonaba en relación con el asunto y le dije que no. Pareció decepcionado, pero no insistió.

—¿Y la inicial R?

—Puede ser un segundo nombre, un apellido, una anotación incompleta o cualquier otra cosa. No conviertas una letra en una teoría porque te convenga.

—No me conviene una mierda —repliqué.

Josean volvió a guardar silencio. Me conocía lo suficiente para advertir que aquello me afectaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Edu, si Marco guardó la hoja, busca las fotografías de la misma serie. Solía apuntar el número del negativo en el ángulo inferior de las fichas de derivación.

Carla acercó la funda a la lámpara y señaló una inscripción diminuta escrita a lápiz: 18/4.

—Aquí está —dijo.

—Gracias, abuelo. Mañana te cuento.

—No hagas ninguna tontería esta noche.

—Me ofende que pienses que esperaría hasta mañana para hacerla.

Colgué antes de que pudiera contestar y buscamos el cuarto sobre de la serie dieciocho.

Carla lo encontró dentro de una carpeta rotulada con el mismo código, G-83-09.

Había seis fotografías y una tira de negativos.

Las dos primeras mostraban a Jaime y a Maider saliendo de la clínica con un bebé en brazos.

En la tercera, la pareja posaba en el salón de una casa.

Él sostenía al niño; ella apoyaba la cabeza sobre el hombro de su marido y sonreía a la cámara.

A simple vista, nada diferenciaba aquella imagen de cualquier fotografía familiar de los años ochenta.

Cogí la cuarta.

El bebé aparecía dormido en una cuna. Sobre una cómoda, al fondo de la habitación, había una pequeña caja de madera clara con una bailarina pintada en la tapa.

—Tocaba Para Elisa —dije.

Carla dejó de revisar el resto de las fotos.

—¿Qué has dicho?

—La caja de música. Tocaba Para Elisa.

—¿Cómo sabes que era una caja de música?

Miré la imagen con mayor atención. La fotografía estaba tomada desde demasiado lejos y el mecanismo no se veía. Tampoco había ninguna nota al dorso que describiese el objeto.

—Por la forma —improvisé.

—Es una caja de madera, Edu. Podría guardar joyas, cartas o botones.

—Sé que era una caja de música.

—¿Y la canción?

No supe qué responder. La melodía sonaba dentro de mi cabeza con una claridad irritante.

Recordé una llave de latón ofreciendo resistencia al girarla, el chasquido del mecanismo al alcanzar el tope y las primeras notas demasiado rápidas.

También recordé un olor dulce, quizá el de un perfume, y la voz de una mujer que me pedía que no forzase más la llave porque terminaría rompiéndola.

Aparté la fotografía.

—La habré visto antes —dije.

—¿Dónde?

—No lo sé, Carla. En casa de alguien, en una película, en un anuncio. ¿Qué coño quieres que te diga?

Ella tomó la fotografía sin contestar. Volvió a guardarla en su sobre y después abrió el navegador.

Buscó los nombres de Jaime Gálvez y Maider junto al código, la clínica y la fecha.

Los primeros intentos no arrojaron nada útil.

Añadió «Eduardo», sustituyó después ese nombre por la inicial R y terminó buscando únicamente «Gálvez 9 septiembre 1983».

—Raúl Gálvez —murmuró.

—¿El primo de José Andrés?

—Sí.

Abrió una información económica publicada aquella misma mañana. Vi cómo sus ojos recorrían el titular y se detenían después en algún punto de la pantalla. Acercó el ordenador hacia ella y amplió la página antes de contestar.

—Cumple cuarenta años hoy.

Me reí sin ganas.

—Pues ya somos tres.

—¿Tres?

—El Eduardo del documento, Raúl Gálvez y yo.

—El primero podría ser el segundo.

—Y ninguno de los dos soy yo.