Capítulo 33 #3
Su mano entregaba una nevera a un hombre en la oscuridad.
No sabía quién era, pero recogía el objeto y daba media vuelta sin terciar palabra.
Aquello no le decía nada, pero sabía que él no había hecho un intercambio semejante, porque simplemente no tenía ninguna nevera como aquella y hacía años que no había visto ninguna.
Apretó los párpados y siguió escarbando en las profundidades de su mente.
Unos ojos pequeños y sanguinolentos aparecieron sobre un guante azul.
Sin duda era su mano la que sujetaba aquellos ojos, pero al mismo tiempo no podía serlo.
Asustado y casi temblando, abrió los ojos, pues no quería visualizar nada más ni seguir recordando aquello, pero la imagen se resistía a irse y se mantenía en el centro de su subconsciente como un cuadro que cuelga de una pared justo enfrente de uno mismo.
Otro recuerdo acudió a su mente de pronto.
Era como una explicación, como una sugerencia que podría explicarlo todo, pero que, al mismo tiempo, le aterraba que fuese real.
Recientemente había leído, por recomendación de un amigo, la archiconocida novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.
La novela le había resultado muy entretenida, pero al mismo tiempo perturbadora.
Ahora se sentía así exactamente, perturbado y creyendo que su locura pudiera transformarle en un asesino en momentos que ni siquiera recordaba.
Otra idea fugaz acudió a él casi de inmediato.
—Estás interiorizando el libro, Toni, es solo eso, nada más —se explicó interiormente para tratar de calmarse y quitarle hierro al asunto.
Pero no lo consiguió porque otra parte de su subconsciente se aferraba a aquella investigación y trataba de profundizar mucho más.
Quería retroceder años, décadas incluso, para mostrarle pruebas de que aquello ya le había ocurrido antes, y no una vez, sino muchas.
Intrigado y temeroso de poder encontrar algo, no pudo más.
Necesitaba dejarlo, tenía que parar o estaba convencido de que perdería la cabeza.
Se levantó decidido a ir a por las pastillas que esperaban en sus cajas sobre la mesa de la cocina, pero, justo cuando daba el segundo paso, recordó algo que sabía que había ocurrido de verdad y que era muy real.
Sabía que había llevado el coche al taller para hacerle el cambio de aceite y, después de aquello, no lo había vuelto a utilizar.
Se apresuró en ir hasta su despacho, donde guardaba las facturas y los comprobantes de aquellos gastos.
Sabía que en el taller habrían apuntado los kilómetros con los que había entrado el vehículo y habrían puesto con cuántos tendría que volver a llevarlo.
Cuando alcanzó el asa del cajón donde sabía que estaba el documento, inspiró con fuerza y esperanza antes de abrirlo.
Rebuscó en su interior y encontró la factura.
Navegó con su mirada por ella y encontró la cifra que buscaba: 30.
114 km. Supo que debía hacer una cosa más para cerciorarse de si todo aquello estaba siendo una pesadilla o todo lo contrario.
Así que cogió la gabardina que había en el perchero de madera de su estudio y se la puso sobre el pijama.
Estaba decidido a bajar al garaje con toda la premura posible y, para ello, no se cambiaría ni de ropa ni de calzado.
Bajaría en zapatillas y gabardina; no le importaba lo que pensaran sus vecinos si le veían.
A fin de cuentas, todos sabían lo que tenía encima, por lo que excusarían casi cualquier comportamiento en él.
Salió de casa y tomó el ascensor, ansioso por llegar al aparcamiento del edificio, que se encontraba en el sótano.
Cuando la puerta corredera del elevador se abrió, vio su coche justo enfrente, apuntándole con sus cuatro relucientes faros.
Caminó despacio hasta la iluminada plaza de garaje, esperando leer un número muy cercano al que estaba mecanografiado en la factura.
Sacó las llaves del bolsillo lateral de su abrigo y abrió la puerta.
No quiso sentarse al volante, por lo que se inclinó desde el exterior en busca del odómetro, y lo que vio no solo no le gustó, sino que además le dejó de piedra y asustado.
Los números blancos sobre aquellos rodillos negros eran determinantes: 31.
036 km. Miró el número con fijeza desde su incómoda posición, parpadeó varias veces esperando que cambiase, pero no lo hizo.
Descorazonado, sin saber qué pensar y sin poder entender nada de todo aquello, cerró la puerta y volvió apesadumbrado al ascensor.
Cuando estuvo de nuevo en su rellano, arrastró los pies hasta su puerta y la abrió.
Como un autómata, fue hasta la cocina sin quitarse la gabardina, tomó las cajas de pastillas, extrajo un puñado que le pareció suficiente y lo llevó consigo hasta el salón.
Abrió el mueble bar, tomó un pesado vaso con la base labrada, lo posó sobre la tapa del mueble, que era un espejo de cristal por el lado interior, y depositó los fármacos en el fondo.
Buscó entre las bebidas espirituosas que allí había y escogió el más barato de sus whiskies.
Quitó el tapón a rosca y vertió un poco del contenido en el vaso.
Con un movimiento rápido, lanzó todo el contenido a su boca y lo tragó alzando la barbilla.
Rellenó de nuevo el vaso, pero esta vez lo hizo hasta el máximo de su capacidad.
Sin siquiera posar la botella, cogió el vaso y de un largo trago ingirió todo su contenido para repetir la operación otras dos veces.
La tercera vez, la botella dejó escapar sus últimas gotas y él la dejó allí, encima de aquel espejo que la reflejaba vacía e inservible.
Retrocedió hacia el sofá y se dejó caer sobre él para recuperar la postura de hacía unos minutos y dejar que los fármacos y el alcohol le alejasen de la realidad tanto como fuera posible.
Unos minutos después, Toni Sepúlveda había salido de escena.