Capítulo 33 #2
—Si ya han empezado a hacer efecto, no podrás detenerlo —le dijo su voz interior de una forma que le pareció distante—.
Puede que hayas conseguido detener el avance del efecto total, porque lo que quedase de las pastillas sin disolverse habrá sido expulsado; pero, si te sientes lento, seguirás sintiéndote lento hasta que tu organismo elimine las sustancias, y ya sabes que, para que eso ocurra, pasarán horas.
Eres un imbécil, Toni Sepúlveda. — Entonces, un escalofrío recorrió su cuerpo y se puso en guardia, ya que él, en sus conversaciones internas consigo mismo —esas que todo el mundo tiene gran parte del tiempo—, nunca se refería a sí mismo por su nombre y apellido.
Miró de un lado a otro del cuarto de baño e incluso se asomó a la habitación para comprobar si había alguien allí.
—¿Quién eres? —preguntó en voz alta, pero sabía que, en realidad, estaba dirigiendo la consulta a su propio interior.
Se tranquilizó de nuevo al no obtener respuesta alguna y recapituló los acontecimientos recientes de su vida: la desaparición de su mujer y el bebé que llevaba dentro de ella, su decisión de obtener refugio en el aislamiento, la ingesta continuada de medicamentos y aquellos sueños.
Se dio cuenta en ese preciso momento de que haber vomitado le había ayudado a mantenerse en el estado inicial del sopor que, de otro modo, le habrían producido las drogas.
Se felicitó a sí mismo y se dio cuenta de que la voz había acertado de lleno.
Dudó de nuevo de si había sido él mismo o no y entendió que todo aquello se lo había dictado la lógica, su propia lógica, y no una voz aislada y separada en su cabeza.
—Me estoy volviendo loco, joder. Tengo que dejar estas porquerías —se dijo a sí mismo en referencia a las medicinas.
Pero inmediatamente recordó el dolor y la pena que le carcomían por dentro cada minuto y cada segundo y se convenció de que, sin la ayuda de lo que su médico le había recetado por su propia insistencia, no podría soportarlo.
Volvió a la cocina, donde le aguardaban lo que quedaba de su café con leche y el periódico abierto por la página de la macabra noticia.
Tomó el tazón y se bebió de un trago el contenido tibio que quedaba en su interior.
Posó el recipiente al lado de la cafetera y llenó el tazón hasta arriba de café, sin nada de leche.
Pensó que una buena dosis de cafeína contrarrestaría los efectos de lo que se había tomado, por lo que le añadió dos generosas cucharadas de azúcar y lo removió con premura para dar un buen trago.
Se bebió medio tazón de una vez y el resto en el segundo trago.
Ese café no era para disfrutarlo ni para degustarlo; de hecho, él nunca tomaba café solo, siempre lo tomaba con leche.
Volvió a caminar por la cocina de un lado a otro, posando la vista en cada ida sobre el periódico, como si tratara de ver algo que no hubiese visto la primera vez, y volvió a hurgar en su memoria tratando de extraer algún recuerdo adicional de aquel sueño premonitorio.
—Es demasiada casualidad; no puede ser que haya sido nada más que una coincidencia —se repetía a media voz mientras caminaba.
Trató de buscar en sus más profundos recuerdos la imagen de un bebé al que le faltasen los globos oculares.
Lo tenía que haber visto en alguna película, seguramente, y de ahí su cabeza lo habría extraído para colocarlo en aquel sueño.
Pero no recordaba haber tenido ese tipo de visión nunca en su vida, lo que le daba más miedo aún.
Sabía que la mente humana podía construir auténticas rarezas a partir de recuerdos pasados, por lo que la idea de que su cerebro hubiese construido aquella espeluznante imagen a partir de recuerdos de bebés completos se le hacía en cierto modo plausible.
Decidió ir hasta el salón para sentarse en su cómodo sofá.
A veces se quedaba allí largos ratos simplemente para pensar o recapacitar.
Estiraba los pies sobre una pequeña mesita y recostaba su cabeza hacia atrás sobre el respaldo de cuero.
Se puso exactamente en aquella postura y cerró los ojos para que las imágenes del ahora no ocupasen nada de la concentración que necesitaba en ese momento.
De inmediato acudieron a su cabeza flashes de lo más variado: un recuerdo de Marta guapísima que le sonreía, el cuerpo desnudo de ella en la ducha, el sacerdote que los casó diciendo las comprometedoras palabras, un recuerdo de él mismo montando a caballo cuando era niño y docenas de recuerdos inconexos tanto del remoto pasado como del reciente.
Decidió no luchar contra el orden en que su mente le presentaba todo aquello y simplemente dejó que su mente consciente surfease por todo ello.
Los recuerdos de Marta se intercalaban con los demás y ocupaban la mayor parte de todo aquello.
Se emocionaba con cada imagen, con cada secuencia, y trataba de disfrutar de aquello como si fuese real y de paladearlo.
Un sentimiento de culpabilidad lo asaltó, primero una vez y después otra y otra.
Deseó haber estado más tiempo presente al lado de ella, deseó haberle dedicado más tiempo para haber acumulado más momentos como aquellos que ahora le asaltaban; anheló haber paseado, haber hablado, haber disfrutado más momentos como aquellos y se juró no dejar escapar ni un solo segundo si recuperaba a Marta.
Un recuerdo conduciendo en una noche lluviosa, pasos sobre la arena húmeda en una mañana de verano, las copas de unos altos pinos balanceándose por el fuerte viento; un perro ladrando que le perseguía mientras montaba en bicicleta, una mujer desnuda y muerta sobre una estrecha cama que parecía haber dado a luz justo en ese momento. Abrió los ojos de inmediato.
—¿Pero qué ha sido eso? —se preguntó asustado por la nitidez de la visión.
Puso sus manos al frente y se las miró mientras las rotaba con lentitud para tratar de evaluar su estado de lucidez como consecuencia de los fármacos, y llegó a la conclusión de que se encontraba casi al cien por cien de lucidez y raciocinio.
—Ese recuerdo no es mío, no puede serlo —se confesó a sí
mismo, tratando de quitarse una culpa que ni siquiera reconocía—. ¿Acaso me estaré volviendo loco?
Conocía un par de casos a los que recientemente les había asaltado la locura, y aparentemente sin previo aviso.
El primero de ellos había sido un excompañero de estudios con el que ya no tenía casi ninguna relación.
Al parecer, según le habían contado los allegados comunes, había salido de fiesta con unos amigos y se habían fumado uno o dos porros de marihuana.
Quienes estaban con él le dijeron que pareció como si literalmente dejase de ser él mismo tras dar unas cuantas caladas al cigarrillo de hierba y nunca se había recuperado.
El segundo caso era otro hombre, pero esta vez solo le conocía de oídas.
Era el típico amigo de un amigo de otro amigo que parece tocarnos de cerca, pero que, en realidad, es una persona lejana.
La comidilla popular decía que empezó a ver y a oír a personas que no existían. Esquizofrenia, le habían dicho.
Toni era un tanto aprensivo y tendía a somatizar con facilidad lo que les ocurría a otros y, aunque él no se consideraba un hipocondríaco, empezó a asustarse al creer que le podría estar pasando algo como aquello.
De nuevo su cabeza empezó a tratar de recordar, pero esta vez en una dirección muy diferente.
Trataba de rememorar recuerdos fugaces que no fueran suyos, pues ahora estaba convencido de que los había tenido en otros momentos y los había achacado a sueños o pesadillas.
La cabeza empezaba a dolerle por la presión psicológica a la que se estaba sometiendo, pero no podía parar.
Nuevas visiones llegaron a su cabeza, pero creyó que todas eran fruto de recuerdos suyos.
Con algunas tuvo dudas, pero no supo identificar lo que las diferenciaría de las meras alucinaciones.
El bebé de ojos negros volvió a aparecer en su mente, sin previo aviso, como un macabro recordatorio de algo que sí le había ocurrido.
—Es tan real —se lamentó sin pronunciar palabra— que no puede ser una mera imaginación. Pero ¿cuándo, dónde y cómo?
Entonces vio a un hombre: era una figura oscura con una gorra que parecía de policía.
Llovía y le decía algo: «¿Qué ha tirado?
». Pero no había sido él quien había contestado; lo sabía.
Estaba allí presente, pero ausente al mismo tiempo, como si fuese el espectador de una película o una representación.
Se escuchaba el mar y entonces estuvo seguro de que conocía aquel sitio.
No sabía quién era aquel hombre que, al parecer, le interrogaba, pero sabía dónde estaba: era la bahía de Santander.
Había estado allí un par de veces con Marta.
A ella le encantaba aquel sitio, como casi todos los puertos pesqueros.
El aroma del mar la revitalizaba, según solía decirle.
Pero sabía que no había estado allí recientemente.
—¿O sí? No estoy seguro de nada; la cabeza me va a explotar.
Cerró los ojos, tratando de rebobinar su película mental y encontrar más fragmentos de aquel disparate que le estaba atormentando.