Capítulo 33
Temores
Tras la desaparición de su mujer, Toni Sepúlveda se había encerrado en sí mismo casi por completo.
Solo hacía excepciones a su preferencia por la soledad para asistir a las reuniones de negocios en las que su presencia era estrictamente necesaria.
Las visitas a su médico personal se habían multiplicado, pero no para chequeos rutinarios.
Lo que Toni buscaba en aquel caro y exclusivo facultativo era algo de paz frente al tormento que sufría.
Para ello, el especialista le había recetado, a regañadientes, un cóctel a base de calmantes y antidepresivos que debía tomar con rutinaria precisión.
La mezcla le aportaba algo de calma y sosiego, pero no conseguía mitigar su dolor.
Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su casa o en la ostentosa oficina que tenía en su empresa.
Cuando no estaba sumido en esos momentos de quietud que le facilitaban los fármacos, solía salir a conducir con su coche, bien dando vueltas por la ciudad o saliendo de ella sin rumbo y conduciendo durante horas y horas.
En no pocas ocasiones le había ocurrido que no podía distinguir entre haber salido a conducir de verdad o haberlo hecho en uno de sus amargos y cruentos sueños, como el de aquella noche en que creía haber conducido hasta Santander y haber encontrado el macabro cadáver de un bebé en su maletero.
Para su alivio, se había despertado agitado y empapado en sudor en su cama.
Aquella mañana se despertó tarde a propósito, como si restarle horas de actividad al día pudiera librarle de parte de su dolor.
Fue hasta la cocina enfundado en el pijama de franela granate que le había regalado Marta por su cumpleaños.
Allí no encontró a nadie, como cada día después de la desaparición, pero la eficiente sirvienta había dejado todo listo para que él, el señor de la casa, pudiera desayunar con tranquilidad mientras leía la prensa nacional e internacional.
Puso a calentar el cazo con leche que ya reposaba sobre el fuego de butano y encendió la tostadora, que ya tenía dos rebanadas de pan de molde en su interior.
Tocó la cafetera italiana, que seguía sobre uno de los fogones apagados, y comprobó que aún estaba muy caliente.
De cuando en cuando introducía su meñique derecho en la leche para comprobar su temperatura, pues no le gustaba demasiado caliente.
Tras la tercera comprobación, giró la rueda selectora y la llama circular azul se extinguió.
Tomó el cazo por el asa y vertió la leche sobre su tazón hasta llenarlo un poco por encima de la mitad.
Devolvió el cazo al lugar que ocupaba hasta entonces y cogió la cafetera para rellenar con ella el tazón casi hasta arriba.
Con rutinaria precisión, retornó la cafetera a su lugar y fue a por el azucarero que había en la mesa.
Llenó una cucharada sopera hasta la mitad y la dejó caer en el interior del humeante café con leche.
Acababa de escuchar cómo la tostadora había expulsado las dos rebanadas, por lo que tomó el plato blanco que había sobre la mesa y fue a por ellas.
Después, acudió hasta la nevera y asió un tarro abierto de mermelada de ciruela verde y un recipiente de margarina también abierto.
Con todo ello en su sitio, se sentó en su silla y comenzó a revolver el contenido del tazón con lentitud y con la mirada en ninguna parte.
Repetía aquel ritual de forma exacta desde que Marta había desaparecido hacía seis días. Antes de aquello la sirvienta se encargaba de poner todo en su sitio en cuanto se percataba de que el señor se había levantado.
Con el azúcar disuelto, dio un sorbo corto y decidió que necesitaba algo más, por lo que añadió un cuarto de cucharada y lo disolvió girando la cuchara con parsimonia en el sentido de las agujas del reloj.
Tomó un nuevo sorbo y, esta vez, su agrado le permitió dar el siguiente paso: preparar las tostadas.
Con un cuchillo plano tomó una porción generosa de margarina y la extendió con uniformidad por una de las tostadas.
Después, con una cuchara grande, se sirvió abundante mermelada sobre la otra.
Sin extenderla, juntó ambas tostadas por sus aderezadas caras y formó una especie de bocadillo dulce.
Lo posó sobre el plato y, con el mismo cuchillo de la mantequilla, lo partió por la mitad.
Cogió una de las mitades y la introdujo hasta la mitad en el tazón durante un par de segundos antes de sacarla de nuevo y comérsela de dos bocados; después, repitió la acción con la segunda mitad.
Se limpió los labios con la servilleta de tela blanca y bordes bordados con hilo verde y dio un nuevo sorbo a su café con leche.
Entonces, y solo entonces, estiró el brazo para alcanzar uno de los cinco periódicos que la sirvienta había dejado sobre el centro de la mesa.
Sabía que la prensa nacional se haría eco de la noticia de la desaparición de su esposa, pero él no leería aquellos artículos sensacionalistas en busca de carnaza para el público.
Buscaba refugiarse en las noticias sobre economía y empresa para tratar de apartar la mente del caso, puesto que había decidido hablar sobre ello solo con la policía y con nadie más, aparte de su familia.
Decidió empezar, como hacía desde hacía años, por el primero de la pila: el diario vasco El Correo Español.
Estaba suscrito a él y lo recibía cada mañana.
Echó un vistazo, como cada día, a la imagen de portada, que ya no era una de su adorada Marta.
En esta ocasión se trataba de una playa no muy bonita, con un montón de desperdicios apilados en la arena.
Su cabeza divagó un momento sobre las desgracias acaecidas en el norte como consecuencia de las inundaciones que tuvieron lugar días atrás, cuando una fuerte pleamar se sumó al aumento de los cauces de los ríos a consecuencia de las copiosas lluvias.
El río Nervión había sido el gran protagonista aquellos días en los informativos nacionales.
Se dio cuenta de su lucidez mental y rápidamente desvió su vista hasta las cajas de medicamentos que había entre él y los periódicos.
Tomó las pastillas correspondientes y se las lanzó a la boca con un giro de muñeca.
Un sorbo de café con leche le ayudó a pasar las grageas antes de retornar su atención al diario.
Fue entonces a leer la letra pequeña que, como nota explicativa, rezaba bajo la imagen de portada:
«La playa de Arrigunaga atestada de desperdicios devueltos por el mar en la que apareció el bebé mutilado».
De pronto, se le erizó el vello de los brazos y la alarma saltó sobre él, helándole la sangre. Sin siquiera leer el titular, buscó la noticia en las páginas interiores.
El Correo Español
2 de septiembre de 1983
Las inundaciones dejan 34 víctimas mortales en Euskadi
Nada se sabe aún del bebé aparecido muerto en la playa de Arrigunaga. Ninguna familia ha denunciado su desaparición; el caso continúa siendo un misterio.
Hallan el cuerpo de un bebé sin ojos en la playa de Arrigunaga
—¡Dios mío! —exclamó en voz alta—. No puede ser. No puede ser —se repetía a media voz tras haber leído parte de la noticia.
Su cabeza trataba de recapitular todo lo que recordaba sobre aquel extraño sueño, pero su mente ya no trabajaba con rapidez ni lucidez.
Los fármacos habían comenzado a hacer su magia y esta tan solo le permitía leer sin preocuparse por nada durante tres o cuatro horas.
Pero él ahora necesitaba procesar aquello, necesitaba entenderlo.
Hojeó las páginas en busca de alguna foto que le sacase de su error, pero no había ninguna, claro.
Algo como aquello, un bebé desfigurado, no podía ser mostrado al público.
El sueño le parecía extraño y distante, pero no aquellos ojos o, mejor dicho, la ausencia de ellos.
Si bien todo estaba confuso, la instantánea mental que tenía de aquella bolsa y su contenido era nítida y precisa; la recordaba a la perfección.
Se levantó de su silla y comenzó a caminar por la cocina de una punta a la otra.
Sabía por experiencia que, si se movía, el letargo tardaba más en llegar.
Quería estar lúcido, a diferencia de lo que solía desear el resto de días después de lo de su mujer.
Se arrepentía de haberse tomado las pastillas, pero era consciente de que ya no había remedio: las drogas harían su trabajo de forma inexorable.
Tuvo entonces un destello de lucidez y corrió hacia el baño de su habitación.
Cuando llegó, se puso de rodillas frente a la taza y, abriendo la boca, introdujo sus dedos índice y corazón tan adentro como pudo para tratar de provocarse el vómito.
El primer intento falló y solo consiguió producirse una desagradable arcada; ocurrió lo mismo con el segundo y con el tercero.
Pero estaba decidido y no pararía hasta lograrlo.
La cuarta vez funcionó y al fin vomitó con esa sensación tan desagradable que se tiene al hacerlo.
El escaso contenido de su estómago cayó al fondo del inodoro.
Escupió varias veces entre lágrimas de puro esfuerzo y se puso en pie.
Tras tirar de la cadena, se enjuagó la boca con el agua del lavabo y dio un largo trago.
Esperaba que el agua diluyese el efecto de lo que quedase de los fármacos en su organismo.