Errores del destino Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Supongo que sí. ¿Sabe tu “anfitrión” de tu existencia? — preguntó Álex con retintín.

—Estoy casi seguro de que no. Puede que sospeche algo o que note algo raro, pero diría que no. ¿Y el suyo?

—Nah, ese no se entera de nada. Es un blando, un ser débil; si no fuera porque estrictamente lo necesito vivo, ya estaría muerto.

—¿Lo habría matado de ser una persona ajena a su cuerpo?

—No lo sé, pero es una posibilidad.

—Sepa que le pregunto porque usted tendrá mucha más experiencia que yo, solo por eso —le aclaró antes de continuar—. ¿Ha conseguido controlar cuándo tomar el control y cuándo no, o es aleatorio?

—Ah, sí. El eterno objetivo: tomar el control y tirarlo a él por el retrete —dijo tras dudar un par de segundos—.

Hubo un tiempo en que creí que sería capaz de vencer a su personalidad y enterrarla en lo más hondo de nuestro cerebro.

Pero con los años he aprendido que eso es imposible o, al menos, no he conseguido dar con el cómo de ese importante asunto.

Lo que hace tiempo logré fue tomar el control más a menudo, salir a la superficie en determinadas circunstancias o ante acontecimientos concretos.

—¿Entonces cada vez puede permanecer más tiempo al mando? —quiso saber Gabriel esperanzado.

—Al principio eran solo unos minutos, pero con los años fui aprendiendo no solo cómo despertar, sino también cómo mantenerme durante horas seguidas, a veces incluso días completos.

Pero su parte, la de él, también lucha por salir y hay determinadas horas del día que él tiene monopolizadas, salvo raras excepciones.

Parece ser que no depende únicamente de nosotros y de cuánto nos esforcemos.

—Yo estoy en esa fase ahora. Cada vez me cuesta menos salir y me cuesta menos permanecer más tiempo, por eso tengo la esperanza de que llegue el día en que no le necesite más.

—Pues ve quitándote esa idea de la cabeza, porque ese día nunca llegará, créeme, lo he intentado todo.

—Una cosa que hago para mantenerle ajeno a esto es elegir los momentos en que salir a escena. Para no montar un espectáculo en media calle, por ejemplo.

—Sí, eso es básico. Yo también tuve que aprender a hacerlo. Al principio no podía ni concertar una maldita cita con nadie porque no sabía si tan siquiera estaría despierto.

—¿Tu anfitrión tiene la mancha también? —quiso saber Gabriel.

—¡Deja de llamarlo así, me pone de los nervios! —rugió Álex con la mirada vidriosa, ya que no soportaba conceder a Toni una jerarquía mayor que la suya.

Gabriel no se inmutó y aguardó la respuesta.

—Ya te he dicho que esto —respondió Álex, señalándose la mejilla izquierda— me distingue de él y me hace único.

—El mío tampoco la tiene. Y, sin embargo, los dos llevamos un estuche igual. He visto la toalla del baño.

Álex siguió la dirección de su mirada y sonrió con condescendencia.

—El pigmento fija el tono y ayuda a mantener la identidad cuando salimos. Es un ritual, no una explicación.

—Pero sí explica que la mancha aparezca y desaparezca.

—Explica lo que ve cualquiera. No lo que ocurre por debajo — replicó Álex—. Hay casos clínicos de alergias, tensión arterial, agudeza visual y otras respuestas que cambian según quién controla el cuerpo. Los médicos llevan años escribiendo sobre ello sin entender una mierda.

—¿Y marcas como las nuestras?

—También las mencionan.

—¿En estudios comprobados o en relatos de pacientes? — preguntó Gabriel—. Bastaría con que un dermatólogo examinara la piel antes y después de uno de nuestros cambios.

La sonrisa de Álex desapareció.

—No pienso prestarme a que un médico me trate como a un mono de feria.

—Si fuese cierto, una fotografía y un examen lo demostrarían.

—No necesito que nadie me demuestre quién soy —espetó Álex—. Tú tampoco deberías necesitarlo. Estamos a la cabeza de la evolución, podemos hacer cosas con nuestros cuerpos que la medicina es incapaz de explicar.

—Es un modo de verlo —respondió Gabriel—. Otro es que usemos el pigmento para reconocernos y que lo demás siga sin demostrarse.

Álex lo sostuvo con la mirada mientras sonreía.

—Tienes mucho que aprender y demasiado miedo a creer en ti mismo.

—¿Has pensado en contárselo?

—¿Contarle qué a quién? —Álex sabía muy bien lo que quería decir el otro, pero no estaba dispuesto a contemplar la opción.

—Ya sabes, a tu anfitrión o como prefieras llamarlo.

—¿Tú eres hijo mío o eres un tonto de los cojones?

—Yo he estado tentado muchas veces y cada vez creo que sería lo mejor para ambos.

—¿Y por qué iba a ser bueno, muchacho?

—No lo sé, por las amnesias, por ejemplo. Yo las tengo

constantemente y es como…

—Vivir sin haber vivido realmente —le completó Álex sin bajar el tono malhumorado—.

Pues tienes dos opciones: vivir con ello, como hice yo durante muchísimos años, o solucionarlo, pero no contándole que tiene otra persona viviendo en su cuerpo.

¿Qué quieres, que vaya al psiquiatra y que lo encierren y, de paso, a ti con él? Menudo plan de mierda.

—No sé si sabes que ya no encierran a nadie, a no ser que haya riesgo para las personas. Los antiguos psiquiátricos ya no existen.

—¡Me da igual, coño! No sabemos qué harían o qué no. La gente enloquece por cosas miserables e insignificantes; son débiles. Podrían suicidarse, por ejemplo. ¿Y dónde nos dejaría eso? Yo te lo diré: a dos metros bajo tierra o en un puto horno incinerador.

—¿Tienes miedo de que tu…, ya sabes, el otro, pierda el

control?

—Te he dicho que es débil, no escuchas y eso te traerá problemas en la vida.

—El mío no es débil, sé que no lo es.

—No sabes una mierda. Es mejor mantener el secreto, pero tú mismo.

—¿A qué te referías hace un momento con solucionarlo?

Álex le miró con dureza antes de volver a hablar:

—Empecé a tratar de mantener parte del control cuando el shift se producía, para saber qué hacía y rellenar esos vacíos que a veces ocupaban días completos.

—¿Y lo conseguiste?

—Chaval, no escuchas. Hablas y hablas y hablas, pero ¡lo realmente importante es escuchar!

—terminó gritándole—. ¿Sería una opción solucionarlo si no lo hubiera conseguido?

—le preguntó de forma bobalicona para avergonzarlo—.

Claro, pero no al principio y aún no lo domino.

Pero últimamente recuerdo cosas que ha hecho, dicho o vivido.

—¿Cómo sabes que son reales y no fruto de tu imaginación? Podrían ser alucinaciones.

—No dices más que sandeces, coño. Esas cosas se saben y punto, se sienten dentro.

—Pero entonces él, el otro, podría sentirte a ti también, supongo.