Capítulo 32
Familia
Policías, abogados, banqueros, políticos, médicos, periodistas, notarios, empresarios e incluso una jueza.
Estaba orgulloso de lo que habían conseguido sus hijos e hijas, e incluso los hijos de estos, conforme habían pasado los años.
Para él era como haber dibujado el futuro del mundo a través de su extensa familia, que cada vez llegaba más y más lejos.
Ahora los observaba desde la lejanía, ajeno a sus vidas y a sus inquietudes, a sus problemas y a sus esperanzas, a sus deseos y a sus añoranzas.
Él solo buscaba una cosa: encontrar a los auténticos como él mismo allá donde estuviesen; así había encontrado a Gabriel.
Se dijo que lo había encontrado casi por casualidad.
La explicación le resultaba cómoda y le permitía relegar a la categoría de simples comprobaciones las revisiones de muchos años atrás.
El momento en que decidió presentarse llegó cuando Gabriel tendría unos treinta años, en una de esas lluviosas tardes de invierno en las que la noche cae poco después de media tarde.
Lo seguía desde unos diez metros mientras uno y otro sorteaban personas y paraguas a paso ligero.
Cuando se aproximaban a un paso de peatones, un coche patrulla de la Policía Nacional apareció frente a ellos, con los rotativos girando y destellando en silencio.
Un par de agentes uniformados bajaron del vehículo y comenzaron a escrutar la multitud, como si buscasen a alguien.
Gabriel, tirando de los cuellos de su gabardina hacia arriba, giró en redondo para caminar en dirección contraria a los agentes.
Justo cuando pasó a su lado, Álex reconoció al primer digno de entre sus hijos: precisamente el primero que había concebido, el único que nunca planeó tener.
Sin perder tiempo, él también giró sobre sus talones y aceleró el paso para alcanzarlo por la espalda y tocarle el hombro. Gabriel se detuvo de inmediato como petrificado y ni tan siquiera se giró.
—Perdone —le dijo él—, solo quería entregarle mi tarjeta — añadió entonces mientras le tendía una cartulina blanca del tamaño de una tarjeta de crédito.
El alivio apareció de inmediato en el tenso semblante de Gabriel, que aceptó la ofrenda por pura inercia.
—Tengo que hablarle de algo importante, como podrá comprobar —le dijo, sosteniendo la mirada del joven, que le prestaba toda su atención—.
Me encontrará en esa dirección, aunque no puedo precisarle cuándo; ya sabe cómo va esto —le aclaró, de tal forma que estuvo absolutamente seguro de que Gabriel lo habría comprendido—, así que le recomiendo que persevere.
—¿Por qué no ahora? —sugirió Gabriel muy interesado.
—Usted tiene prisa —respondió, volviendo la mirada en dirección a los policías— y yo ahora no dispongo de mucho tiempo; pero no se preocupe, ya nos hemos encontrado.
Dicho esto, él dio media vuelta y caminó hacia el paso de peatones donde se había apostado la pareja de agentes de policía, mientras Gabriel se quedó plantado bajo la lluvia, echando un breve vistazo a la tarjeta antes de guardársela en el bolsillo interior de su gabardina.
Pasaron quince días hasta que los astros se alinearon y por fin ambos coincidieron en la dirección que aparecía en la tarjeta.
No había números de teléfono, ni un nombre de empresa, ni un título, ni tan siquiera había un nombre; solo una dirección: la de un hotel con el número de una habitación.
Gabriel golpeó con los nudillos sobre la puerta, como había hecho otra media docena de veces, y aguardó unos segundos.
Enseguida escuchó movimiento en el interior y supo, con nerviosismo, que el día había llegado.
—¿Qué sabe de mí? —preguntó con hostilidad al desconocido que le parecía tan familiar y que le recibió con una sonrisa.
—Sabes que es algo importante porque esa mancha en tu cara es casi idéntica a esta —le dijo Álex, poniendo el índice izquierdo sobre la mancha rojiza de su pómulo—. Así que, ¿por qué no pasas y charlamos un rato? Tenemos mucho sobre lo que hablar.
Se apartó a un lado y le hizo un ademán para invitarle a entrar.
Gabriel entró manteniendo el nerviosismo que le acompañaba desde que aquel hombre le había entregado la extraña tarjeta de visita.
Al pasar junto a la puerta entreabierta del baño, Gabriel vio una toalla blanca con una mancha rojiza y, sobre el lavabo, un pequeño estuche negro idéntico al que él mismo llevaba en el bolsillo interior de la gabardina.
No era una coincidencia. Álex había localizado años atrás el foro en el que Gabriel compraba el pigmento y había encargado al mismo proveedor un estuche idéntico.
Le interesaba que, cuando por fin se encontraran, Gabriel interpretase como parentesco lo que en realidad era vigilancia.
La marca del pómulo podía parecer una herencia; el estuche debía convertir esa sospecha en certeza.
Cerró la puerta con el dorso de la mano, como si no hubiera nada allí que mereciera una explicación.
—La suya es más acusada que la mía, me refiero al tono del color —se explicó para no parecer descortés—. En cuanto a forma y tamaño, son casi idénticas. ¿Por qué no se deja barba para disimularla?
—No sé si será tu caso, pero a mí me gusta que se vea.
Me identifica y, lo más importante, me distingue.
La identidad de uno es lo más importante; es lo único que te pertenece de verdad.
Supongo que ya sabes a lo que me refiero.
Respecto a tu pregunta, supongo que sería una trampa, porque te he observado a conciencia y sé que eres un tipo inteligente, por lo que seguro que sabes que dejarme barba o no, no depende solo de mí —le informó, viendo de inmediato que la carga que Gabriel llevaba se había aligerado de inmediato al escuchar aquello.
—Lo que no entiendo es quién es usted y por qué ahora.
—¿De veras no sabes quién soy? Yo creo que sí, Gabriel.
Otra cosa es que no quieras creerlo, pero sí, soy tu padre —dijo Álex, abriendo los brazos para dotar de mayor peso al contenido de su voz—.
En cuanto a lo del ahora, digamos que tú eres muy escurridizo y difícil de encontrar, como lo soy yo mismo, y, por tanto, eres un digno hijo de tu padre.
El porqué de ahora es simplemente que el azar así lo ha querido o que antes simplemente no me fue posible encontrarte, a pesar de que te he seguido la pista durante todos estos años.
—¿Y qué quiere de mí?
—Ayudarte, por supuesto, y ya de paso compartir algo de tiempo juntos.
¿Qué mejor que dos personas lleguen a conocerse bien entre sí?
Además, ya sabes que tanto tú como yo no disponemos de todo el tiempo del que disponen otros.
Por ello debemos aprovechar cada minuto y cada segundo para sentirnos vivos; eso me atormentó durante años y me generó un ansia de destrucción que me llevó mucho tiempo poder controlar.
Supongo que habrás pasado por algo parecido y, si no lo has hecho, bien por ti.
Gabriel se abstuvo de contestar a aquel extraño que parecía conocer su secreto y no le daba la menor importancia. Pero necesitaba más.
—¿Ha conseguido controlarlo con el paso de los años? —le preguntó esperanzado.
—¿Me estás llamando viejo? —gruñó Álex.
—Disculpe, no era mi intención… —Álex le interrumpió con
una sonrisa.
—Te estaba tomando el pelo —le aclaró con una sutil mueca de humor—.
He estudiado mucho el asunto para tratar de entenderme y para intentar controlarlo, como seguramente habrás hecho tú también, dado que me lo has preguntado.
Pero la sorpresa que me llevé, y me sigo llevando hoy, es que nadie sabe casi nada sobre nosotros y nuestro problema.
Aunque te advierto que yo ya no lo veo como un problema, sino como una limitación, y no siempre, solo a veces.
—Para mí sí que es un problema —confesó Gabriel—. Me limita y me desorienta; esa falta de control me socava constantemente.
—Sí, sé cómo te sientes; es como si estuviese hablando con mi
joven yo. ¿A qué edad lo supiste? Ya me entiendes: ¿cuándo…?
—A los veinte años —le interrumpió Gabriel, conociendo el resto de la pregunta—. Pero los diez años que han pasado desde entonces han sido fugaces. Imagino que sabe a qué me refiero.
Álex asintió con un movimiento de su cabeza.
—En cambio, a pesar del poco tiempo del que he dispuesto, del poco del que he disfrutado, mis conocimientos han seguido creciendo y creciendo.
Además, tengo recuerdos de lugares y situaciones que sé que no he vivido; sin embargo, están ahí.
Por ejemplo, supe conducir a la perfección desde la primera vez, sin tan siquiera haber dado una sola clase de conducción.
—Se denominaba trastorno de personalidad múltiple en mis tiempos, pero ahora, como ya sabrás, se llama trastorno de identidad disociativo o TID.
—Lo sé —dijo Gabriel con pesar—. ¿Cuántas…? —Se detuvo
para tratar de formular la pregunta de forma correcta—. Me refiero a si sabes cuántas personalidades diferentes tienes.
—¿Cuántas? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Me tomas por un mono de feria? —se defendió Álex con agresividad.
—Yo creo que solo estoy yo, además de mi anfitrión, pero no estoy seguro de si habrá otros y, por lo que he leído, se pueden tener muchas, muchísimas.
—¡Anfitrión! Bonita forma de llamar a quien nos usurpa día tras día y año tras año.
—Es como se denomina en el mundillo —aclaró Gabriel.
—¿Mundillo? ¿Qué? ¿Hacéis reuniones como las de alcohólicos anónimos? ¿Me tomas el pelo? —Álex estaba cada vez más furioso.
—No. Me refiero a que hay comunidades…
—Te agradecería que me hablases en cristiano —le interrumpió Álex con sequedad.
—Hablo en todo momento de internet —subrayó Gabriel, que empezaba a notar que aquel hombre no le estaba entendiendo.
—El puto internet de los huevos —se quejó Álex, que se había negado a subirse a ese carro, a pesar de que su anfitrión, Toni, era un consumado usuario.
—Es la forma más sencilla de encontrar información sobre este tipo de cosas si no se quiere llamar la atención.